Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
– Ya veo -contesta el herrero, imperturbable.
La tarde está cayendo rápidamente y las primeras sombras de la noche se amontonan en las esquinas de la habitación. León bosteza y se estira. Sus anchos puños chocan con las vigas del techo. Es joven, el herrero. Por lo menos seis o siete años más joven que yo.
– Es hora de retirarse -dice a todos y a nadie-. Buenas noches.
Pasa levemente su mano por el encrespado pelo del sordo, como para despedirse o para comunicarle que se marcha, y después coge una bujía y la enciende con el rescoldo del hogar. La llama ilumina su rotundo rostro desde abajo, ¿Qué palabra usa el cuento griego tatuado sobre el cuerpo de Filippo? Una estrella…, un astro. Sí: el rostro del herrero resplandece como un astro… Y así, nimbado de esa hermosa luz y de ese brillo, el poderoso León se va a su cuarto.
Fuego ha muerto.
Un cólico ha acabado con él en un par de días. Mi orgulloso bridón, mi fiero y fiel amigo. Estaba empezando a envejecer, pero todavía hubiera podido vivir bastantes años. A veces pienso que le consumía la inactividad de nuestra existencia ciudadana. Que echaba de menos el vértigo febril del campo de batalla. Era un caballo de guerra inigualable. Muerto mí hermoso Fuego, nunca volveré a tener un bridón. Mi vida de guerrero se ha acabado. Llevo casi medio año vistiendo de nuevo ropas de mujer; ya no soy un caballero y, por consiguiente, el destino, con cruel coherencia, me ha privado también de mi caballo. Siento un dolor seco, un desgarro de amputación. Algo ha terminado para siempre. Con Fuego se ha marchado mi juventud.
Llueve y hace frío. Triunfa el invierno sobre la Tie rra y en el interior de los corazones. Estoy sentada junto al hogar, en nuestra oscura casa, intentando calentarme con el fuego. Por el ventanuco entra una luz grisácea y pobre, aunque aún no hemos llegado a la hora sexta. Pero las nubes, hinchadas y muy bajas, imitan la sombría tristeza del crepúsculo. Me miro las manos, que reposan inertes sobre las sayas de lana. Mis sayas de mujer, mis manos de muchacho. Con las palmas encallecidas y los dos dedos rebanados por el hacha. Manos grandes, acostumbradas a agarrar fuerte y a luchar. Manos que han palmeado cuellos de caballos. De mi llorado Fuego. Pero que no saben acariciar niños.
– Hola.
Es León. Acaba de entrar. Viene empapado por la lluvia. Se quita la manta que lleva por encima; es de lana de oveja negra, impermeable. Sacude el tejido con energía y las gotas de agua llegan hasta mí. Me estremezco: están frías. A pesar de su aire desmañado y de la dimensión de sus puños, el herrero sí sabe acariciar. Le he visto rozar a la bella Alina con gesto dulcísimo,
– Leola…
– Qué.
León está junto a mí, grandón y titubeante. Hace girar entre sus dedos un pequeño atado envuelto en cuero flexible.
– ¿Qué quieres? -repito, mirándole a los ojos.
Tiene mala cara. Está pálido y su aspecto es tenso y fatigado.
– No, nada. Lo siento. Lo de Fuego. Ten, es para ti -dice abruptamente, dejando caer el paquete en mi regazo.
Es pesado, sorprendentemente pesado para su tamaño. Y también es duro. Cojo el bulto, desato las correas, abro el envoltorio.
Es un caballo.
Los ojos se me llenan de lágrimas. Ahora que soy mujer, ¿puedo permitirme llorar? ¿O tendré que pagar por ello un precio demasiado elevado? Contengo esta humedad, esta blandura, esta fragilidad. La garganta me duele y los ojos me escuecen, pero no se desbordan.
Es un hermoso caballo de hierro forjado. Un caballito inocente recortado en chapa, con el cuello arqueado, la grupa poderosa, las patas articuladas y asidas con clavos. Un vástago metálico le sujeta por la tripa a una peana. Es un trabajo primoroso.
– ¿Lo has hecho tú? -pregunto estúpidamente, luchando contra la ronquera de mis emociones.
– Sí. Claro.
Carraspeo, tomo aire, intento serenarme.
– Es precioso. Muchas gracias.
Con el rabillo del ojo veo que la mano del herrero se alza en el aire, como si fuera a tocarme. Pero a medio camino la deja caer. El hombre da media vuelta, dispuesto a irse.
– ¡León!
Se detiene y me mira con expresión sombría.
– Es…, es un trabajo tan delicado. Muy hermoso… León, a ti te gusta lo hermoso, ¿verdad?
Pero ¿qué le estoy diciendo? El herrero parece inquieto, tal vez desconcertado. Y yo no sé parar, no sé qué digo.
– Eres un buen artesano… Quiero decir que eres un artista… Por fuerza te tienen que gustar las cosas bellas. Las mujeres bellas como Alina…, cuerpos jóvenes, sin marcas…
León me mira con ojos desorbitados y se pasa la mano por la cara.
– Tengo que irme -dice bruscamente, dándome la espalda.
¿Qué he hecho? Estoy loca, soy necia, le he asustado, le he decepcionado con mis insensateces. Me levanto de un salto y salgo detrás de él.
– ¡Espera, por favor!
Pero el herrero aprieta el paso, corre, huye de mí.
– León, por favor, lo siento, estaba diciendo tonterías…
Le alcanzo en la escalera, le agarro del brazo.
– ¡Déjame en paz! ¡Suéltame! ¡Vete! -ruge el herrero con una violencia inusitada que me hiela la sangre.
Y me empuja, este energúmeno me empuja con toda su fuerza de coloso, me da un empellón que me tira de bruces, que casi me hace rodar escaleras abajo. Aún en el suelo, le veo entrar atropelladamente en su cuarto y entornar la puerta detrás de él. Escucho su berrear colérico, el retumbar de un golpe pesado, extraños y amedrentadores ruidos. No entiendo qué sucede. Me levanto y me acerco cautelosamente a la puerta entreabierta. Los incomprensibles ruidos continúan. Necesito saber qué está pasando y, al mismo tiempo, el misterio me aterra. Estiro la mano y rozo la hoja de madera. Siento miedo. Y una curiosidad punzante. Aguanto la respiración y empujo la puerta poco a poco. Y poco a poco voy viendo el horrible espectáculo. León está en el suelo con los ojos en blanco, el rostro amoratado, el cuerpo sacudido por convulsiones terribles. Sus piernas y brazos se retuercen, su espalda se arquea de manera penosa, de su boca espantosamente deformada sale una espuma amarillenta. Me recuerda a aquella mujer que quiso asesinar a Dhuoda y que murió al ponerse la capa emponzoñada. ¿Acaso se ha envenenado León? Pero no, él quería esconderse, él me ha empujado, él sabía lo que iba a suceder… y esto explícalos golpes y los ruidos de las otras veces… Esos ojos en blanco, esas babas repugnantes, esa expresión perversa y demoníaca… Está poseído por el Diablo, ¡es un juguete en manos de Satanás! Me persigno, caigo de rodillas, Dios Todopoderoso, sálvanos del Maligno…
– ¿Qué sucede? -dice Nyneve, apareciendo en la puerta.
– ¡Está endemoniado, está endemoniado, el herrero está endemoniado!
– ¡León!
Mi amiga se arroja sobre el cuerpo del herrero, intentando sujetar sus agitados miembros.
– ¡Tráeme unas ramas, Leola! ¡Pequeñas!
– Está endemoniado… -repito, sin demasiada convicción.
– ¡Idiota! Haz lo que te digo, ¡corre!
Corro. Traigo un puñado de ramas de la otra habitación.
– ¡Ayúdame! Hay que sacarle la lengua, para que no se la trague y no se ahogue… Y ahora le metemos esta rama entre los dientes… Así… ¡Procura cogerle las piernas! Que no se golpee… Yo intentaré protegerle el cuerpo y la cabeza…
Peleamos con él durante un rato: es un esfuerzo sobrehumano, porque León es un hombre muy vigoroso y su extraño ataque parece haber multiplicado su energía. Sudamos, jadeamos y recibimos algún que otro manotazo y rodillazo. Por fortuna, las convulsiones remiten pronto. Ahora el cuerpo de León está exangüe e inmóvil sobre el suelo.
– ¿Está muerto? -susurro.
– No… -resopla Nyneve-. No, sólo está exhausto. Como yo…
– ¿Qué… qué le ha sucedido?
Nyneve me mira frunciendo el ceño:
– ¿Qué era esa tontería que decías? El Diablo no tiene nada que ver con esto… Es una enfermedad del cuerpo. Una enfermedad muy extraña y muy antigua… Julio César, aquel caudillo de los romanos, también la tenía… Lo llaman el Gran Mal. Y no conozco para ello ninguna cura. No se puede hacer nada, salvo ayudarles para que no se dañen mientras sufren el ataque.
Pobre León. Un Gran Mal para su cuerpo grande.
– Y ahora, ¿qué hacemos? -pregunto.
– Nada. Dejémosle descansar.
Nyneve saca con cuidado la rama de la boca de León. Luego se levanta, coge la manta de borrego del camastro y la echa por encima del cuerpo inerte.
– Vamonos.
– No… Yo me quedo aquí un rato… por si nos necesita.
Nyneve se marcha y yo contemplo el pálido y desencajado rostro del herrero. Está tan indefenso y se le ve tan frágil, así, desmayado, con la huella del reciente sufrimiento marcada aún en la cara. De modo que era eso. Está enfermo. Me levanto, mojo el ruedo de mí falda con el agua del cántaro y limpio con cuidado las comisuras de su boca, manchadas de una telaraña de babas secas. Le lavo de la misma manera que él lavó el rostro de Alina, cuando le quitó la venda. Como quien lava a un niño. Siento que las lágrimas vuelven a asomarse al borde de mis párpados y esta vez no me contengo: él está inconsciente, yo estoy sola, nadie puede verme, nadie va a enterarse de esta debilidad. Lloro y las lágrimas, al caer, cosquillean sobre mis mejillas. Lloro y descubro que llorar es placentero.
Abro los ojos y, de primeras, no sé dónde estoy. Tumbada en el suelo. ¿Y qué hago durmiendo sobre un suelo de ásperos tablones, dónde me encuentro? Tengo sobre mí una piel de oveja, peluda y caliente. Saco el brazo por encima de la piel y asomo la cabeza. Y veo a León. Que me está mirando.
Ya me acuerdo de todo.
Me incorporo. El herrero sonríe. Un pequeño gesto cauteloso. Sé que me quedé al lado de León para cuidar sus sueños, después del ataque. Pero en algún momento debí de dormirme y los papeles se mudaron: el herrero despertó y se convirtió en el cuidador de su cuidadora. Incluso me cubrió con la misma piel con la que le habíamos cubierto. Miro hacia la ventana: a juzgar por la luz, debe de ser bastante temprano. Hemos pasado juntos toda la noche. León está sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Sus ojos grises reflejan el resplandor nublado del ventanuco y brillan como lajas de pizarra bajo la luna llena.
– ¿Estás bien? -musito.
– Sí… Viste lo que me pasó…
No es una pregunta, sino una constatación. Aun así, respondo:
– Sí.
– ¿Y qué crees que me pasó?