Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
Bajo la cabeza, avergonzada. Y dispuesta a callar.
– Nyneve dice que es una dolencia muy antigua… Que también la padecía Julio César. Se llama el Gran Mal.
El herrero suspira aliviado:
– Bendito sea Dios… Entonces, no creéis que esté poseído por el Demonio…
Enrojezco:
– No, claro que no.
– ¿No os asusto? ¿No vais a denunciarme? ¿No me obligaréis a marcharme?
– ¡No, no! Por supuesto que no, León…
El herrero se tapa la cara con las manos durante unos instantes:
– Dios es misericordioso… -musita al fin.
– ¿Te lo han hecho muchas veces? ¿Denunciarte? ¿Echarte de donde estabas?
León se frota las manazas, como si no supiera muy bien qué hacer con ellas.
– Verás, Leola…, siempre he sido así. He tenido estos ataques desde que me recuerdo como persona. Mis padres me enseñaron a ocultarlos; y luego mis padres murieron y yo seguí mi vida, disimulando y escondiéndome. Sin embargo, no siempre puedes encubrir los temblores. Tenía diecisiete años cuando padecí un ataque en plena calle, y por desgracia coincidió con el paso del obispo. Dijeron que estaba endemoniado; un vecino que quería quedarse con la fragua que heredé de mi padre se prestó a servir de testigo, declarando contra mí fabulosas mentiras. Todo esto sucedió en Piacenza, lugar en el que nací, en una época en la que los obispos y la Comuna de la ciudad competían por adueñarse del poder. Yo quedé en manos de la Iglesia y fui arrojado a la picota… La picota de Piacenza es una estrecha jaula aérea, unos cuantos barrotes de hierro clavados en la fachada de la torre de la catedral… Está colgada allá arriba, en el exterior, en lo alto de la torre… Sin piso y sin techo, aparte del enrejado metálico. Me dejaron allí, a pan y agua, durante todo un año… A la intemperie, en la lluvia y el granizo, en el sol achicharrante, en la despiadada soledad del vértigo, del viento y de los cuervos. En la indefensión de mi enfermedad. Nadie aguanta en esa picota mucho tiempo: todos mueren a las pocas semanas. Pero pasaban los meses y yo seguía vivo… Al cabo, el podestá de la Comuna consiguió que me bajaran y me dejaran libre… En cuanto me recuperé lo suficiente como para poder andar, me marché de la Lombardía para siempre… Llegué hasta aquí atraído por la fama de tolerancia de los nobles occitanos, y es cierto que este mundo provenzal es más culto y más abierto. Pero, aun así, siempre escondo mi mal. Sé que asusto a los demás y temo dar miedo.
He escuchado todo su relato sin moverme, sin apartar los ojos de su cara, casi sin respirar, agudamente consciente del privilegio de estar oyendo sus revelaciones. Confía en mí. El reservado y siempre oculto León confía en mí y me está franqueando su intimidad. Me siento orgullosa y emocionada. Me siento tan cerca de él como jamás lo he estado de ningún otro hombre. Oh, sí: mi Jacques y yo estuvimos muy cerca, pero era otra cosa. En realidad con él no era una cuestión de cercanía, sino de mismidad. Éramos como hermanos, éramos un solo cuerpo dividido en dos. El herrero, en cambio, es alguien distinto. Muy distinto a mí. Pero, por encima de esa enorme diferencia que nos separa, creo que le entiendo. Le adivino. Cae mi alma hacia él, como caen del árbol las manzanas maduras. Siento un extraño sofoco, una languidez que me ablanda los huesos.
– León… -farfullo.
Quiero decirle que lamento su historia, que me parece terrible, que yo nunca le tendré miedo, que, sí me deja, le cuidaré cuando tenga un ataque. Pero temo que mis palabras le molesten, que le parezcan conmiserativas, que se rompa el delicado vínculo de afecto que nos une, que se enfríe esta cálida complicidad recién establecida; así es que sólo repito una vez más su nombre, ese vocablo que me acaricia la lengua y que da vueltas en mi boca como un dulce:
– León…
El no dice nada. Me mira oscuramente bajo su denso ceño, me mira como si quisiera tocarme con los ojos. Pero ¿tocarme para qué? ¿Para atraerme hacia él o para apartarme? Su mirada duele, su mirada arde sobre mi piel y va dejando un rastro de quemaduras.
– Siempre supe que eras una mujer -dice en voz muy baja, en voz muy ronca-. Desde que te traje en brazos, cuando te hirieron.
– Y ¿por qué… por qué no dijiste nada, por qué me dejaste seguir con el engaño?
– Todos tenemos cosas que ocultar… Y, como puedes imaginar, yo sé respetar esos secretos.
Estamos los dos sentados en el suelo, el uno enfrente del otro. Demasiado lejos. Aunque me estire hacia delante, si no me levanto y cambio de posición, no puedo rozarle. Y quisiera hacerlo. ¡Necesito tocarle! Todo mi cuerpo tiende hacia él, toda mi piel me empuja, como si yo fuera uno de esos hierros temblorosos atraídos por las emanaciones de la piedra imán. Pero no me muevo. Me quedo totalmente quieta, entregada, una mosca atrapada en una tela de araña.
León, sin levantarse, se impulsa con los brazos y se desplaza sobre el suelo, salvando la pequeña distancia que nos separa. Ahora está muy cerca. Noto el calor de su aliento, el rico olor a potro de su cuerpo. Sus manos se posan en mis hombros y sé que va a besarme: el pecho me estalla de ansiedad y del más gozoso deseo de aniquilación. Siento que me deshago, lloran mis entrañas lágrimas viscosas, quiero que me devore y que me rompa, quiero dejar de ser yo y meterme debajo de su piel.
Entonces caen sus labios sobre mí y me abren, las lenguas entrechocan, las salivas se mezclan, las ropas se desgarran y los cuerpos se embisten con una necesidad desesperada. Nos frotamos y apretamos hasta alcanzar los pliegues más recónditos, aún más cerca, aún más dentro, hasta llegar a tocarnos el corazón. Me tumba sobre el suelo, separa mis piernas con sus piernas, me cubre por entero, llena hasta mi último resquicio con la enardecida entrega de su carne, somos una sola criatura con dos cabezas y yo siento que me muero y soy feliz.
Pero sigo viva. Abro los ojos, maravillada de encontrarme entre los brazos de León. Ahora, después de la cegadora explosión de los sentidos, puedo empezar a apreciar los detalles de su cuerpo. Este pecho denso, amplio, mullido, este cuello rotundo clavado entre los hombros. No sé si es verdaderamente bello, pero hoy me parece tan hermoso que casi me duele contemplarlo. Me miro a mí misma: los senos pequeños, la complexión delgada y huesuda, las cicatrices de distintos tonos, dependiendo de los años transcurridos desde la herida: rosada en el hombro, tostada en la cadera, anaranjada en el tórax. Retorcidas cuerdas de carne que me afean. ¿Cómo puedo gustarle? Me estremezco y tiro de la piel de borrego para taparnos. No quiero que me vea.
– ¿Tienes frío? -susurra León junto a mi oreja.
Y me aprieta contra él mientras me acaricia con ternura. Olemos intensamente a mar, a brezo, a monte mojado por la lluvia. Nuestros cuerpos duelen, manchan, resbalan en la dulce humedad del sudor compartido. Aquí estamos, bajo el cobijo de la manta de piel, en una intimidad de animales distintos refugiados en la misma madriguera. Es un milagro.
Hace tres semanas que llueve sin parar. Es el llanto de los cielos por el fin del mundo. Todo se estropea, todo se derrumba, todo acaba. Ricardo Corazón de León ha muerto. Fue herido en el hombro con una flecha mientras sitiaba el castillo de un conde francés. El noble y valiente Ricardo, el guerrero impecable, ha sido abatido a traición por un tiro de ballesta. La herida se emponzoñó y la podredumbre acabó invadiendo su cuerpo. Mandó llamar a su madre, que acudió a toda prisa. A los cuarenta y un años y sin hijos, el gran Ricardo falleció en los brazos de Leonor. La corona de Inglaterra ha pasado a su hermano Juan Sin Tierra, un individuo enloquecido, cruel y sanguinario. Dicen que la Reina, enferma de dolor, quiere recluirse en la abadía de Fausse-Fontevrauít.
Ahora mismo, desde la ventana de nuestra casa, estoy viendo el repugnante espectáculo de los flagelantes. Que es otro de los síntomas de la época en que vivimos, otro de los signos de nuestro pequeño Apocalipsis. Ahí abajo están, cubriendo la calle: un tropel de enfebrecidos fanáticos. Son unos doscientos, todos varones. Se enrolan por treinta y tres días, en alusión a los años de Cristo. Durante ese tiempo no pueden bañarse, ni afeitarse, ni cambiarse de ropa, ni dormir en un lecho, ni yacer con mujer. Tres veces al día se ponen en círculo, se desnudan hasta la cintura y se azotan salvajemente las espaldas con látigos de cuero rematados en puntas de hierro. Como ahora. Escucho el sonido seco de los zurriagazos, los gemidos involuntarios que algunos emiten, los alaridos de sus invocaciones mientras se flagelan:
– ¡Sálvanos, Señor!
SÍ una mujer o un cura atraviesan el círculo, la ceremonia del dolor tiene que volver a recomenzar. Los flagelantes van recorriendo los pueblos con sus modos feroces, y entran en las iglesias, saquean altares, interrumpen misas; dicen que incluso han lapidado a unos cuantos clérigos que intentaron oponerse a su avance depredador. Dan asco y dan miedo: desde aquí arriba veo sus espaldas sanguinolentas y la ciega furia con la que se golpean. Espero que se marchen pronto de la ciudad.
La guerra marcha mal. Muy mal. A decir verdad, la hemos perdido. El joven Trencavel ha huido y se ha exiliado en la corte del Rey de Navarra, que sigue apoyando a los cátaros y las formas de vida provenzales. Y el también joven conde de Tolosa, Raimundo VII, se ha sometido al Rey de Francia. Ha tenido que humillarse públicamente en la nueva catedral de Notre-Dame, en París. Tumbado en el frío suelo ante el altar, ha sido obligado a pedir perdón a la Iglesia y ha recibido unos cuantos azotes penitenciales. Ya no queda nadie que nos defienda. Las ciudades se van entregando sin lucha a los ejércitos cruzados, a medida que éstos avanzan. Acabamos de saber que el enemigo ya está cerca de aquí, de modo que nosotros tendremos que volver a marcharnos. Buscaremos algún escondite donde cobijarnos… Un lugar perdido al que no llegue el largo brazo de la represión eclesial, si es que tal sitio existe.
– ¡Perdónanos, Señor!
Los flagelantes prosiguen con su rítmico golpear y su griterío. Me producen náuseas. Son la avanzadilla del oscuro mundo que nos espera. Un mundo quizá mucho más tenebroso de lo que jamás hemos llegado a imaginar, ni aun en la peor de nuestras pesadillas. Hoy Nyneve regresó a casa tan temblorosa y pálida que por un momento creí que había enfermado con las fiebres. Pero no. Venía descompuesta por las últimas noticias:
– El Papa ha creado el Santo Tribunal de la In quisición… Ahora que ya ha vencido militarmente a sus enemigos, el Sumo Pontífice quiere acabar con ellos también civil y socialmente, persiguiéndolos y arrancándolos de sus hogares, quemándolos de uno en uno… -dijo con amargura.