Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Historia Del Rey Transparente
Historia Del Rey Transparente - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 ... 78
Перейти на страницу:

También colaboramos en el acopio de víveres, en la reparación de las defensas y en la puesta a punto de las armas, Nyneve y yo nos hemos presentado al señor de Pereille; le hemos hablado de nuestro pasado; le he explicado que soy, que he sido, Mercader de Sangre y señor de Zarco; le hemos ofrecido nuestros brazos y nuestras espadas. Como es natural, dada su escasez de recursos, las ha aceptado con alegría y sin aspavientos. Asimismo, hemos ayudado a seleccionar a los mozos más capaces y decididos de entre los plebeyos, y les hemos armado como hemos podido. León ha martilleado muchos hierros al rojo y les ha extraído su filo más mortífero. Y hemos fabricado innumerables flechas. Los arcos son esenciales para defender una plaza sitiada.

Hace un par de días llegó a Montségur un buhonero… Venía con noticias que pensaba que podrían interesarnos y por las que esperaba recibir una recompensa y, en efecto, Pereille le pagó bien. Nos dijo que el ejército del senescal estaba como mucho a una semana de distancia; y él fue quien nos informó de que eran varios miles de soldados. Yo luego le ofrecí una cerveza; nos sentamos delante de nuestra casa, en los poyos de piedra de la calle, y charlamos un rato; me habló de lo que le ha sucedido a la Dama Negra, y de las piras que llenan de columnas de humo el horizonte, y de lo mucho que el mundo está cambiando. En un momento determinado, su sobrino, un joven esmirriado y con antiguas marcas de viruela, empezó a contar la historia del Rey Transparente. Y yo no le hice callar. No sé qué me pasó; tal vez fuera el deseo de terminar de una vez, de saber qué ocurría en esa historia. Quizá preferí enfrentarme directamente a la desgracia, en lugar de seguir esperándola agónicamente. El caso es que el tipo comenzó a narrar, y yo aguanté la respiración y escuché atentamente:

– La historia del Rey Transparente sucedió hace muchos, muchos años, en un reino ni grande ni pequeño, ni rico ni pobre, ni del todo feliz ni completamente desgraciado. El monarca del lugar estaba envejeciendo y no conseguía tener hijos. Había repudiado a diez esposas porque ninguna le paría un descendiente y empezaba a estar desesperado. Entonces decidió secuestrar a Margot, la Da ma de la Noche, que era el hada más poderosa de su Reino, y obligarla a cumplir sus deseos. Para ello ideó un ingenioso truco…

Éstas fueron las últimas palabras que le oí. Una piedra llegó volando de la nada y se estrelló en la mitad de su frente, derribándole por tierra; y detrás de la piedra apareció a todo correr uno de los mozos a quienes estamos entrenando, consternado y pidiendo perdón por su mala puntería con la honda. El joven alfeñique no parecía estar gravemente herido; recuperó pronto la conciencia, pero se le veía desorientado. El buhonero lo montó en una muía y se lo llevó, junto con las demás palabras no dichas de la historia maldita. Luego pensé que habíamos salido todos bastante bien librados, como si la desgracia nos estuviera guardando para un dolor mayor.

Melancolía: aguda conciencia del latir de la vida en su carrera veloz hada la muerte, turbadora emoción ante la belleza que se nos acaba. Si el buhonero está en lo cierro, apenas nos deben de quedar cuatro días hasta la llegada de los cruzados. Contemplo ahora las montañas impasibles desde el punto más alto del adarve. Qué absoluta quietud, qué aire tan transparente. Vuelan los buitres en lo alto, con sus grandes alas doradas, vibrantes y extendidas. Me pregunto si ellos podrán ver, desde allá arriba, el oscuro y refulgente avance del ejército. Me pregunto si se relamerán anticipando la sangre. Pero mientras tanto, mientras llega el final y el miedo y el sufrimiento, este hermoso mundo roza lo perfecto.

Cuentan que, envejecida y consumida por la amargura y el odio, y temiendo fallecer antes de haber podido cumplir su juramento de venganza, la Dama Negra retó a su hermano Pierre a un combate singular que pusiera fin a su larga historia de aborrecimiento mutuo. Y cuentan que el Barón, bastante mayor que Dhuoda e instalado ya en los primeros años de su ancianidad, aceptó sin embargo el reto, exasperado por la feroz persecución de la Du quesa y preocupado por pacificar y ordenar el feudo antes de transmitírselo a su primogénito. Además, Pierre había sido un notable guerrero y aún se mantenía, o creía mantenerse, en buena forma. Sus espías le habían informado de la decadencia mental y física de su hermana, y de todos modos nunca creyó que una mujer pudiera ser un contrincante peligroso.

Las negociaciones para la celebración del combate se prolongaron durante cerca de dos meses. Tenían que designar padrinos y jueces, escoger un terreno neutral, acordar armas, fecha, normas de lucha e incluso el número de guerreros y soldados que conformarían la comitiva de cada contendiente. Después de mucho discutir, los delegados de la Duquesa y el Barón convinieron que el encuentro sería en Beauville, antigua ciudad del feudo de Puño de Hierro pero ahora villa libre, justamente el lugar en el que Pierre intentó asesinar a su hermana, muchos años antes, por medio de una capa emponzoñada. Se enviaron emisarios a Beauville, se acordó un sustancioso pago a la ciudad por los inconvenientes y se fijó la fecha. Y luego sólo hubo que esperar a que llegara el día, mientras se bruñían los escudos, se engrasaban las cotas, se ajustaban los yelmos y se afilaban los odios y las armas.

El combate debía comenzar al despuntar el sol; era una lucha a muerte, por supuesto, y se celebraba en la intimidad. Los regidores de Beauvílle habían levantado un cercado de madera en la Plaza Nueva para evitar miradas indiscretas. Dhuoda y Pierre llegaron a la ciudad la tarde anterior, pero se las arreglaron para no verse. En la madrugada del día señalado, cuando el último soplo de la noche todavía inundaba el aire de negrura, los dos hermanos y sus acompañantes se dirigieron a la plaza. Cuentan que el silencio era opresivo, cuentan que sólo se escuchaba el restallar de la tierra escarchada bajo sus duros pasos. Llegaron al rectángulo de madera, donde ya les estaba esperando la corporación municipal. Dentro del vallado sólo pasaron los combatientes y sus padrinos, junto con el juez de la liza y los regidores de Beauville, que actuaban como notarios del enfrentamiento. Dhuoda y Pierre se situaron en sus posiciones, en el centro del cercado, y esperaron, porque la noche aún no había rendido su oscuridad al asedio del sol. La agitada luz de un par de hachones ponía reflejos de fuego sobre las armaduras, sobre el negro metal de la extraña coraza de la Duquesa, sobre el bruñido acero del Barón. Eran dos guerreros muy poco comunes, empezando por las lúgubres faldas de Dhuoda, que pendían por encima de sus calzas metálicas, y siguiendo por la escasa estatura de ambos, pues Pierre siempre había sido un hombre bajo y ahora la edad le había ido encorvando y menguando. Pero sus espadones desnudos tenían la medida justa de la muerte y eran tan grandes y temibles como el mandoble del caballero más fiero.

De pronto, un alboroto estalló en el aire helado: era el griterío de los pájaros, su frenética alabanza cotidiana al renacer del día. Cuentan que los hermanos se estremecieron, golpeados por la tensión y la inminencia del combate. Las sombras se retiraban rápidamente, como agua vertida que la tierra absorbe, y la luz se iba fortaleciendo por momentos. Unos instantes después, un resplandor rosado iluminó las casas de la plaza, cuyos pisos superiores asomaban por encima del cercado. Los padrinos apagaron los hachones. Y el juez ordenó que la justa empezara.

Se embistieron como carneros ciegos, tajando, amagando, golpeando, hendiendo. Eran buenos guerreros o lo habían sido, y durante largo rato pelearon con potencia y bravura, llenando el aire de un estruendo de golpes, de chasquidos de hierro y roncos bramidos de coraje y esfuerzo. A ratos la suerte parecía acompañar a Pierre, a ratos ¡a victoria coqueteaba con Dhuoda, pero ni uno ni otra conseguían rematar sus rabiosos ataques. El tiempo pasaba, el sol avanzaba por el gélido cielo y los combatientes se cansaban. Empezó a costarles levantar la pesada espada y sus movimientos se fueron haciendo cada vez más lentos, cada vez más torpes. Sin embargo, siguieron peleando. Cuentan que al empezar la tarde estaban ya tan agotados y tan debilitados por las heridas que no podían ocultar lo que eran: un caballero anciano y una mujer madura y enferma. Tropezaban, caían de rodillas con tintineo de lata, se ponían de pie con agónico esfuerzo apoyándose en la cruz de sus espadas. La sangre rezumaba de sus muchos cortes, formando un sucio barrillo bajo sus pies, y angustiaba escuchar el sonido acezante de sus respiraciones. Por encima del vallado, desde las ventanas de las casas de la plaza, racimos de vecinos atisbaban el enfrentamiento. Tal vez Brodel, el rebelde regidor Brodel, siga ocupando un puesto de responsabilidad en Beauville; tal vez fue él quien convenció a los demás para que el combate se celebrara en la ciudad. Tal vez quiso ofrecer a sus convecinos ese espectáculo ejemplar por lo absurdo y patético, dos viejos nobles envenenados de odio y matándose mutuamente poco a poco, sin elegancia ni épica, con toscos y extenuados mandobles.

Llegó un momento en el que ambos contendientes estaban tan exhaustos y respiraban con tantas dificultades que parecían a punto de colapsarse. Se detuvieron, una vez más, clavando la punta de sus espadas en la arena y apoyándose, tambaleantes, en las empuñaduras. Se contemplaron en silencio durante largo rato; y después, al unísono, arrojaron las armas al suelo y se aproximaron con andares lentos y precarios.

Cuentan que ambos combatientes, Dhuoda y el Barón, vestían armaduras hechas a la manera bretona, con el ristre afilado hasta convertirlo en un temible punzón, un aguijón de alacrán que les salía del pecho, por encima de la tetilla derecha. Y cuentan que, cuando arrojaron las espadas al suelo y se acercaron renqueando, Fierre se inclinó un poco, para que la altura de su ristre coincidiera con el busto de la Duquesa. Entonces se tomaron de los brazos y se estrecharon fraternalmente, quizá como nunca lo habían hecho. Y apretaron y apretaron, cada vez más juntos, cada vez más cerca, mientras los duros pinchos agujereaban las corazas, y traspasaban los coseletes de cuero, y rasgaban las camisas y después las carnes blandas y marchitas, los dos hermanos aferrados con desesperada ansia el uno al otro, los dos empujando, los dos resoplando, los dos partiéndose mutuamente el corazón en el definitivo abrazo de la muerte.

Ya están aquí. Primero llegaron los conejos y las liebres de patas ligeras, los zorros silenciosos, las bulliciosas aves, las torpes perdices de pesado cuerpo, todas las criaturas salvajes que huían del asolador avance de las tropas. Después vimos el polvo, como una nube baja de color parduzco pegada a la línea del horizonte. Luego oímos el ruido, un creciente rumor de mar o de tormenta, un sordo retumbar que acabó convirtiéndose en fragor. Y al cabo, cuando nuestros ojos ya lloraban y ardían de tanto contemplar el paisaje con ansiosa fijeza, el ejército enemigo apareció, como una lengua oscura, por encima del lomo de los montes, y se desparramó frente a nosotros, y eran en verdad millares, una masa negra y pavorosa iluminada por las manchas carmesíes de los estandartes y el chisporroteo de las armas al sol. Tomaron las alturas y se detuvieron, y comenzaron a redoblar tambores, a tocar las trompetas, a golpear los escudos con el puño de sus innumerables espadas, a gritar con toda la fuerza de sus pulmones, para amedrentarnos con el ruido. Y el estruendo resultaba ensordecedor. Pero cuando callaron de repente, y entre ellos y nosotros sólo quedó el tenue y afilado silbido del viento, el silencio fue mucho más amenazador y más angustioso.

1 ... 63 64 65 66 67 68 69 70 71 ... 78
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)