En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Se parece a mi padre! -confirmaba Helen-. Se llama como él. Pero Howard está firmemente decidido a que sea granjero y no quiere ni oír hablar de que sea reverendo.
Gwyneira se rio.
– En eso hay otros que ya se han equivocado. Acuérdate del señor Gerald y mi Lucas.
Gwyn recordó de nuevo esta conversación mientras repartía las invitaciones por Haldon. Para ser exactos, la idea de la fiesta de Año Nuevo no era de Gerald, sino de Lucas y había nacido además con objeto de tener a Gerald ocupado y contento. Se percibía en el ambiente que en Kiward Station los ánimos andaban por los suelos y cada mes que pasaba sin que Gwyn quedara embarazada la cosa iba a peor. Gerald reaccionaba de forma francamente agresiva ante la falta de descendencia, incluso si ignoraba, claro está, a cuál de los elementos de la pareja debía hacer responsable de ello. Gwyneira se mantenía la mayoría de las veces a distancia, entretanto había más o menos aprendido a llevar el control de la casa y en estos temas ofrecía a Gerald pocos puntos de ataque. Tenía además una fina intuición para sus humores. Cuando ya por la mañana criticaba las magdalenas recién hechas y se las tomaba con un whisky en lugar de con un té, que era lo más frecuente, ella desaparecía de inmediato en los establos y prefería pasar el día con los perros y las ovejas en lugar de hacer de pararrayos de las iras de Gerald. Sobre Lucas, sin embargo, casi siempre recaía de pleno e inesperadamente la cólera de su padre. Como siempre, el joven vivía en su propio mundo, pero Gerald lo arrancaba de ese mundo constantemente y sin la menor consideración y lo forzaba a hacer algo útil en la granja. Había llegado al extremo de despedazarle un libro con el que lo había encontrado leyendo en su habitación, cuando debería haber estado vigilando el esquileo de las ovejas.
– ¡Sólo tienes que limitarte a contar, maldita sea! -dijo furioso Gerald-. ¡Si no los esquiladores hacen trampas! En el cobertizo número tres acaban de pelearse dos tipos porque los dos exigen el pago del esquileo de cien ovejas y nadie puede mediar porque nadie puede comparar las cantidades. ¡Tú eras el responsable del cobertizo tres, Lucas! A ver cómo te las apañas ahora para arreglar este asunto.
Gwyneira se habría encargado con agrado del cobertizo número tres, pero a ella, como ama de casa, no le incumbía la tarea de controlar a los temporeros que se habían contratado para trasquilar las ovejas. Por eso el abastecimiento de los hombres era estupendo: Gwyneira aparecía una y otra vez con refrescos porque no se cansaba de ver el trabajo de los esquiladores. En Silkham, el esquileo había sido una actividad bastante tranquila: los mismos pastores se encargaban de los pocos cientos de ovejas y acababan en pocos días. Ahí, sin embargo, se trataba de miles de ovejas que eran recogidas en prados lejanos y que juntaban en corrales. El esquileo mismo se realizaba por especialistas a destajo. Los mejores equipos de trabajo conseguían esquilar ochocientos animales al día. En empresas tan grandes como Kiward Station siempre se hacía una apuesta…, y ese año James McKenzie estaba en camino de ganarla. Estaba en estrecha pugna con un esquilador del cobertizo uno, y esto aunque no sólo participaba en la esquila, sino que además controlaba a los esquiladores del cobertizo dos. Cuando Gwyneira pasaba por allí, lo relevaba y le cubría las espaldas. La presencia de la mujer parecía infundirle ánimos: las tijeras planeaban tan veloces por encima de los cuerpos de las ovejas que los animales apenas si conseguían protestar con sus balidos por ese rudo trato.
Lucas encontraba que la forma de tratar las ovejas era bárbara. Sufría al ver que se cogía a los animales, se los arrojaba al suelo boca arriba y los esquilaban a la velocidad de un rayo, con lo que a veces, si el esquilador no era experimentado o si el animal se movía demasiado, le cortaban también la carne. Por añadidura, Lucas no podía soportar el penetrante olor de lanolina que reinaba en los cobertizos de esquileo y dejaba que las ovejas se escaparan en lugar de darles un baño para limpiarles las pequeñas heridas y matar los parásitos.
– Los perros no me hacen caso -se defendía ante un nuevo ataque de ira de su padre-. Obedecen a McKenzie, pero cuando los llamo…
– A esos perros no se los llama, Lucas, ¡se les da un silbido! -explotó Gerald-. Son sólo tres o cuatro silbidos. Ya deberías de haberlo aprendido en lo que llevas de tiempo. ¡Con lo que cultivas tu musicalidad!
Lucas se encogió de hombros, ofendido.
– Padre, un gentleman…
– ¡No me vengas con el cuento de que un gentleman no silba! Estas ovejas financian tu pintura, tu piano y tus así llamados estudios…
Gwyneira, que había escuchado esta conversación por casualidad, escapó al siguiente cobertizo. Odiaba que Gerald pusiera de vuelta y media a su marido delante de ella, y, todavía peor, cuando James McKenzie y otros trabajadores de la granja eran testigos del enfrentamiento. Todo en su conjunto le resultaba lamentable a la joven y parecía además tener un efecto negativo en Lucas y sus «intentos» nocturnos, que cada vez fracasaban con mayor evidencia. Gwyneira, entretanto, intentaba considerar sus esfuerzos conjuntos desde el aspecto de la procreación, pues, a fin de cuentas, el asunto no se diferenciaba de lo que sucedía entre una yegua y un semental. Pero no se hacía ilusiones: el azar debía ponerse muy de su lado. Empezaba a reflexionar sobre alternativas, y una y otra vez recordaba el viejo carnero de su padre al que éste había eliminado por su falta de rendimiento como semental.
«Inténtalo con otro hombre», había dicho Matahorua. Pero en cuanto estas palabras acudían a su mente, Gwyn sentía remordimientos de conciencia. Era totalmente impensable que una Silkham engañara a su esposo.
Y ahora la fiesta en el jardín. Lucas estaba absorto en los preparativos. Sólo planificar los fuegos de artificio exigía días, que él pasaba consultando los catálogos correspondientes para luego hacer el pedido en Christchurch. También él se hizo cargo de la disposición del jardín y de la distribución de las mesas y asientos. En esta ocasión se renunció a un gran banquete; en su lugar se cocieron a fuego lento corderos y carneros, y se prepararon verduras, carne de ave y setas a la piedra, siguiendo la tradición maorí. Las ensaladas y otras guarniciones se hallaban preparadas en largas mesas y se servían al gusto de los invitados. Kiri y Moana habían llegado a dominar esta tarea. Volverían a llevar los bonitos uniformes que les habían confeccionado para la boda. Gwyneira les suplicó que se pusieran zapatos.
Por lo demás se mantenía al margen de los preparativos. Tomar decisiones por encima del padre y el hijo era como andar por la cuerda floja. Lucas disfrutaba planificando la fiesta y ansiaba reconocimiento. Gerald, por el contrario, encontraba los esfuerzos de su hijo «poco varoniles» y hubiera preferido dejarlo todo en manos de Gwyn. Tampoco los trabajadores sabían valorar las tareas domésticas de Lucas, lo que no pasó inadvertido ni a Gwyneira ni a Gerald.
– El blando está plegando servilletas -contestó Poker cuando McKenzie le preguntó dónde había vuelto a meterse Lucas.
Gwyneira fingió no haber oído nada. Entretanto tenía una idea bastante exacta de lo que la palabra «blando» significaba, aunque no podía explicarse cómo deducían los mozos de cuadra el fracaso de Lucas en la cama.
El día de la fiesta, el jardín de Kiward Station brillaba en todo su esplendor. Lucas había encargado farolillos y los maoríes habían colocado antorchas. Durante la recepción de los invitados todavía había, no obstante, luz suficiente para poder admirar los arriates de rosas, los setos recién cortados y los senderos y parcelas de césped entrelazados según el modelo del paisajismo inglés. Gerald había organizado una nueva demostración de perros, pero esta vez no sólo para presumir de la fabulosa capacidad de los animales, sino también como una especie de espectáculo publicitario. Los primeros descendientes de Daimon y Dancer estaban a la venta y los criadores de ovejas de los contornos pagaban sumas elevadas por los Border collies de pura raza. Incluso los cruzados con los anteriores perros pastores de Gerald eran muy apreciados. Los hombres de Gerald no necesitaron en esa ocasión la ayuda de Gwyneira y Cleo para ofrecer un espectáculo perfecto. Los perros jóvenes conducían sin dificultades las ovejas por la pista a las órdenes de los silbidos de McKenzie. Gracias a ello, el elegante vestido de Gwyneira, un sueño de seda azul cielo con trabajos de calado en color dorado, se mantuvo impoluto, y también Cleo siguió los acontecimientos desde el borde de la pista, por lo que gimoteaba ofendida. Ya se había separado de los cachorros y la perrita ansiaba asumir nuevas tareas. De todos modos, ese día también se vería desterrada a los establos. Lucas no quería que los perros anduvieran alborotando por la fiesta y Gwyneira ya estaba lo suficientemente ocupada con atender a los invitados. No obstante, el tener que pasear entre la muchedumbre y conversar amablemente con las damas de Christchurch cada vez se parecía más a una carrera de baquetas. Sentía que la observaban y que los invitados contemplaban su cada vez más delgada cintura con una mezcla de curiosidad y compasión. Al principio sólo se trató de algún comentario, pero luego los caballeros (sobre todo) empezaron a beber whisky a conciencia y se les desató la lengua.