El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– Los he destruido. Es lo mejor para todos; así evitará malos entendidos y no tendré que vigilarte a todas horas.
La dureza de su voz fue como un bofetón.
– Entonces soy tu prisionera -le escupí.
– No, no lo eres.
Su cinismo me ofendía más aún.
– ¿Puedo salir y entrar a mi aire? ¿Puedo regresar con mi madre acaso?
– No puedes porque estás en el Ártico a cincuenta grados bajo cero, no porque yo te lo impida.
Gunnar se puso en pie con parsimonia y abrió unos centímetros la puerta.
– Anda, sal, ya puedes irte si es lo que quieres.
Yo rechacé su ofrecimiento y Gunnar cerró la puerta y señaló la cerradura.
– Estará siempre abierta. No quiero retenerte contra tu voluntad.
No sabía a qué atenerme. Era mucho peor ese trato ambiguo de camaradería paternalista que unas cadenas en mis pies.
– ¿Y qué pasará cuando nazca mi hija?
– Nuestra hija.
Me quedé de piedra. Evidentemente su rectificación no era casual. ¿Reivindicaba sus derechos paternos?
– De acuerdo, nuestra hija.
Gunnar no escondió sus propósitos lo más mínimo.
– Se la mostraremos a mi madre.
Un escalofrío me recorrió el espinazo.
– ¿Para qué?
– Quiere conocerla.
– ¿Por qué?
Gunnar suspiró, pero respondió a mi pregunta:
– Ya lo sabes, Selene, te lo profetizó la oráculo ciega. Hay muchas certezas de que nuestra hija sea la del cabello de fuego, la elegida de la que hablan las profecías.
No pude contenerme:
– ¿Y qué hará con ella?
– No le hará daño.
¿Cómo podía decirme que no le haría daño? Las Odish persiguen a las Omar recién nacidas para alimentarse de su sangre. ¿Cómo iba yo a dejar que una Odish pusiera sus zarpas sobre mi niña?
– ¿Cuántas hijas Omar elegidas de la profecía has llevado a tu madre? ¿Cómo sabes lo que hará con ella? ¿Y si la mata?
Gunnar negó con contundencia.
– Ten en cuenta que la niña será de su propia carne.
No pude soportarlo.
– ¡Tu madre es una bruja!
– Como tú.
Era demagógico, Gunnar pretendía equiparar Omar y Odish y meternos en un mismo saco.
– ¿Y tú qué eres? ¿Acaso no eres un brujo inmortal?
Gunnar me contempló con sus ojos acerados que parecían ser adalides de la verdad.
– ¿Me has visto alguna vez utilizar mi magia?
Ciertamente no, pero eso no significaba nada.
– ¡Vosotros sois Odish!
– Y nuestra hija también llevará sangre Odish.
Me dominó la indignación y me lancé sobre él airada, rabiosa, impotente.
– Me utilizaste, te has servido de mí…
Pero Gunnar me asió por las muñecas fuertemente y me respondió con fuego:
– ¡No digas eso nunca más! ¿Me oyes? Nunca más. ¡Fuiste tú quien te interferiste en mi destino!
Estaba dolido y me hacía daño. Bajé la cabeza fingiendo arrepentimiento para que me soltara. Pero ya conocía su juego, el juego de engatusarme y enamorarme para conseguir su propósito. Mi tozudez sería mi atame, mi rabia sería mi vara y mi astucia debería ser mi escudo protector.
Simulé arrepentimiento y fingí sollozar, así di la oportunidad a Gunnar de representar su propio papel.
– ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué? -sollocé abrazada a mi enemigo.
Gunnar me acarició el pelo y me consoló como lo había hecho otras veces. Parecía tierno, cariñoso y hasta le temblaba la voz al soltar sus mentiras.
– No podía decirte nada, Selene, no sabía que te interferirías. Creía que tú no tenías nada que ver con la profecía, que simplemente eras un accidente. Pero resultaste ser mucho más que eso.
– Entonces, ¿me quieres? -pregunté con voz templada y adolescente, procurando acompañar mi ingenua y adorable pregunta con un temblor.
Gunnar me tomó por idiota.
– Te quiero con locura.
Y me besó largamente y con tanta pasión mentirosa, que mi único recurso para detenerlo fue simular un sollozo de alegría. Y cuando me llevé la mano a la mejilla para recoger mi lágrima inexistente, me di cuenta de que no llevaba el anillo de esmeralda. Gunnar también me lo había quitado. ¿Lo había destruido o simplemente lo había escondido?
Tenía tres meses, antes de que naciera Diana, para hacer mis averiguaciones. Hasta entonces la rabia me ayudaría a sobrevivir y gracias a mi astucia de loba conviviría con mi carcelero en una aparente concordia de amor dolido. Le haría creer que lo amaba y que confiaba en él. Le haría confiarse tanto que, cuando se diese cuenta de su error, sería demasiado tarde.
Sin embargo, tengo que reconocer que a veces, cuando me besaba, aún conseguía que me temblasen las rodillas.
14
Durante el tiempo que estuve esperando a que naciese Diana, me entretuve dibujando. Aprendí a coger el lápiz y a soñar con él en la mano. Ese carboncillo, al principio rebelde, se fue amoldando poco a poco a mis deseos y complaciendo mi ansia de libertad. Dibujar mundos vividos, mundos imposibles, mundos fantásticos compensaba mi largo enclaustramiento, la agotadora vigilancia a la que me sometía Gunnar y el miedo por lo que ocurriría con mi hijita. Necesitaba escapar de esas cuatro paredes y de mi mano surgieron paisajes estremecedores poblados de volcanes, elfos y glaciares. Balleneros rojos de sangre hundidos por el coletazo de una minke encolerizada. Trineos conducidos por osas blancas volando hacia la luna en cuarto menguante. Yeguas relinchando a la luz pálida del sol de medianoche con las crines al viento.
Y poco a poco fui transformando las imágenes en situaciones, y fui inventando y dibujando una historia protagonizada por una joven colegiala con poderes, llamada Luna, que se encaprichaba de un corzo escurridizo con una marca peculiar en su pata y lo seguía hasta los confines de la tierra. Luna era una niña que comía caramelos y dormía abrazada a su oso de peluche, y con ella viajé por otros mundos y viví otras vidas, hasta que las aventuras de Luna acabaron convirtiéndose en un cómic.
Dediqué mi primera obra a la memoria de Meritxell y lo guardé en mi bolsa. Si alguna vez regresaba a la civilización, ésa sería mi profesión. Intentaría ganarme la vida escribiendo, dibujando viñetas de cómic y creando personajes que, como Luna, se inspirasen en mi propia vida y me permitiesen escapar de mis problemas.
Gunnar se hacía el bueno conmigo y a mí eso me fastidiaba un montón. Cuando mi vientre abultaba tanto que no podía tocarme los pies, se arrodillaba solícito y él mismo se ocupaba de ponerme los calcetines y atar los cordones de mis botas. Tenía que agradecerle su gesto con un gracias y una sonrisa, igual que cuando me servía la sopa y me regañaba para que me la acabase toda, o al auscultar con atención los latidos de Diana. Gunnar intentaba crear la convención de que aún éramos una pareja bien avenida y no sabía que yo lo odiaba con toda mi alma.
Temía y ansiaba el momento del nacimiento de la niña. Diana marcaría un antes y un después.
Nunca creí que un embarazo pudiera hacerse tan largo. Nunca conté con tanta obsesión las horas, los minutos y los segundos que faltaban para que se cumpliese mi plazo. Yo había ido fortaleciendo mis músculos con la gimnasia que Deméter enseñaba a sus pacientes. Había ensayado una y mil veces la expulsión y sabía cómo respirar durante las contracciones. Me sentía, por fin, físicamente fuerte, pero mentiría si dijera que estaba tranquila. A medida que el momento se acercaba, pensaba con más frecuencia en Deméter. Hubiera querido tenerla cerca, notar su mano segura palpando la posición de mi niña, su veredicto al medir mi pelvis, sus consejos sobre la alimentación que me convenía.
Por fin, mi vientre bajó y las patadas se hicieron más dolorosas y contundentes. Eso indicaba que el bebé se había encajado y que estaba dispuesto a emprender su viaje en cualquier momento. No quería que ningún mal pensamiento se cruzase por mi cabeza y procuré relajar mi mente y mi cuerpo para poder enfrentarme al gran momento con todas mis energías intactas.