El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Pero antes de hacerlo recordé la advertencia de Aruk. Sin darme un respiro froté mi anillo y abrí la puerta. Sorprendí a la osa que, extrañada por mi actitud, se quedó inmóvil. Simultáneamente, a la vez casi, Aruk se corporeizó ante mis ojos. Aproveché mi ventaja y, con toda la sangre fría de que fui capaz, levanté lentamente la pistola y apunté entre los ojos de la enorme y aterradora osa. Sin embargo, no pude disparar.
Aruk y los ojos de la osa me lo impidieron. Y Lea se interpuso.
– No, no lo hagas -gritó Aruk.
– ¡Atrás, atrás, no la toques! -le ladró Lea a la osa, enseñándole los caninos con ferocidad, dispuesta a dejar que la despedazaran antes de que la intrusa me pusiese una sola zarpa encima.
Aruk volvió a intervenir y dijo algo sorprendente:
– No dispares, es tu amiga; quiere protegerte.
Se me paralizó el dedo índice. La osa me miraba y en sus ojos leía lo que Aruk me estaba diciendo. Para Lea, por el contrario, era un animal peligroso y aprovechó el desconcierto general para lanzarse a sus patas y morderla.
La osa gruñó de dolor y de un manotazo lanzó a la perra lejos.
– No quiero hacerte daño -gruñó la osa.
Inmediatamente detuve el siguiente ataque de la perra enfurecida por la sangre y el dolor de la herida que le había causado la osa.
– ¡Lea, quieta, Lea!
Y, temerariamente, me abracé a la osa para salvarla de los dientes de Lea. Si lo hubiese pensado por un instante no lo hubiese hecho, pero como siempre, mis impulsos me salvaban. La osa no me aplastó con su abrazo mortal; al revés, me calentó con su piel y me miró a los ojos con inteligencia.
– Te protegeré -gruñó.
Aruk me hizo salir de mi estado de perplejidad.
– Deméter pidió ayuda al clan de la osa y ellas enviaron a su gran madre para protegerte.
Mi corazón fundió el hielo que se había formado a su alrededor en los últimos tiempos. Mi madre no había desistido. Afortunadamente, aún se acordaba de mí.
Aruk señaló a la osa.
– Ella es tu única esperanza para huir de aquí. Te puede alimentar, guiar y proteger.
– Huiré con ella entonces -decidí en un rapto de locura buscando mis manoplas.
Por suerte Aruk era un experto expedicionario.
– ¿Estás loca? Morirías inmediatamente. Tienes que esperar a que pase lo más crudo del invierno. Tienes que esperar a la primavera.
– Es que en primavera será demasiado tarde. Nacerá mi hija.
Aruk era sensato.
– Tendrás que esperar a que nazca.
– Será demasiado tarde -repetí-. Gunnar se ha comprometido a llevar a Diana a la dama de hielo. Tú la conoces. Debe de ser cruel y caprichosa.
Aruk se rascó la cabeza.
– Convencerás a Gunnar de que te encuentras mal, muy mal, y que sin tu leche la niña moriría. Gunnar esperará y hará esperar a su madre.
Callé expectante.
– ¿Y después qué?
Aruk era un hombre de acción y un experto conocedor del Polo.
– En cuanto empiece el deshielo y tú y la niña tengáis fuerzas para el viaje de regreso, la osa atacará a Gunnar y te guiará hasta Sarmik, la matriarca del clan de la osa. Una vez allí no estarás segura, pero sí más protegida.
Me sentí abrumada por el favor que me había hecho Aruk. Por poco no mato a la osa y cometo una gran equivocación.
– ¿Cómo sabrá la osa que es el momento?
Aruk no se amedrentó.
– Frotas tu anillo y me pides ayuda. Yo te la enviaré.
Recordé otro peligro que durante las últimas semanas había obviado.
– ¿Y Baalat? ¿Por qué la dama oscura ya no me persigue?
Aruk rió.
– Estás bajo la protección de la dama de hielo. Éste es su territorio y no permite que se acerque. Naturalmente en cuanto te alejes volverá a intentarlo.
Así pues, me encontraba prisionera entre las dos Odish y mi hija era el cebo de ambas.
Apacigüé el ronco gruñido de Lea palmeando cariñosamente su cuello. No aceptaba que yo simpatizase con su vieja enemiga, la osa; pero así era, y la invité a olfatearla para que no ladrase en su presencia. Luego, pasé mi mano por la suave piel de la osa, esa piel oscura y cubierta de pelo blanco, casi albino, que además de ser muy aislante, le permitía absorber todo el calor de los rayos solares.
– Te llamaré Camilla -le dije-, como el amor imposible de Kristian Mo.
La osa aceptó el nombre. Estaba ya a punto de cavar su madriguera para preparar el refugio donde daría a luz. Su parto sería dos meses antes que el mío y durante ese tiempo permanecería en ayunas y amamantando a su cachorro. La despedí y, mientras se alejaba saltando con agilidad a pesar de los ciento veinte kilos añadidos de su embarazo, le deseé suerte. Ella lo tendría infinitamente más fácil que yo. Con sus casi cuatrocientos kilos y su inmensa pelvis, pariría unos ridículos oseznos de medio kilo. En cambio yo, con mis cincuenta kilos y mi estrecha cadera, pariría un bebé de tres kilos y enorme cabeza. Las hembras de la especie humana éramos las que siempre nos habíamos llevado la peor parte en la historia de la evolución. La próxima vez que nos viéramos, iríamos acompañadas por nuestras crías, pero la osa tenía cien veces más posibilidades que yo de sobrevivir a un parto.
Cuando desapareció en el horizonte hice un ruego a Aruk:
– No te manifiestes mientras esté aquí Gunnar.
– No lo haré -me aseguró Aruk.
– ¿Seguro que el explorador Shaeldder no hablará de mí a Gunnar ni a su madre? -pregunté inquieta.
– Sabe que tienes poder sobre él y puedes destruir su apariencia.
Respiré más tranquila. Lo tenía todo controlado. Pero estaba en un gran error.
Gunnar regresó antes de lo previsto y yo, que había urdido un plan para el plazo de tres meses, había sido tan ingenua que no había contemplado la posibilidad de que Gunnar se adelantase a mi jugada.
Cuando desperté me dolía mucho la cabeza y no me acordaba de nada. ¿Cuándo me había dormido? Abrí los ojos y ahí estaba Gunnar sentado junto a mí, con una taza de un brebaje caliente en sus manos y con los ojos acerados, de un azul intenso, taladrándome la conciencia, hurgando en mis pensamientos recónditos. Eran exactamente iguales que los ojos de la dama del retrato cuando me vigilaban inquisitivos. No logró penetrar en lo más hondo de mi conciencia, puesto que yo había formulado un conjuro de protección y me había preservado, pero no hacía falta. Sin hacer ninguna pregunta, supe que él conocía mi plan.
– Bebe -me dijo.
– No, gracias.
– Bebe, te aliviará el dolor. No me ha quedado otro remedio que anular tu voluntad desde la distancia.
Me quedé anonadada. Gunnar me estaba diciendo que había hecho magia, que había formulado un conjuro para bloquearme. Y no supe reaccionar. Tenía que controlar mi carácter impulsivo y no mostrar mis cartas demasiado pronto. ¿Hasta qué punto Gunnar conocía mis intenciones?
– Fuiste muy ingenua si pensaste que Shaeldder no hablaría conmigo -añadió para clarificar las cosas.
Así que fue Shaeldder.
Callé y apreté los dientes muy fuerte. Estaba asustada y a pesar de ello era incapaz de llorar porque sentía mucha rabia. Y la rabia me hizo despertar de mi letargo y me dio fuerzas para enfrentarme a él.
No le contesté, no le miré a los ojos. Me senté en el camastro, palpé con mi mano bajo la almohada y noté el hueco vacío allí donde antes dejaba mi vara y mi atame.
– No busques tu vara ni tu atame -me aconsejó Gunnar sin que su voz delatase ningún nerviosismo.
– ¿Los has escondido otra vez?