La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
La única que lo quería era Alice. Y ella era, como él, un engendro. Se movía convulsamente, farfullaba al hablar y no sabía hacer la mayoría de las cosas más sencillas. Tenía ocho años y no era capaz de atarse los zapatos siquiera. Siempre andaba tras él, siguiéndolo como una sombra. Por las mañanas, cuando salía camino del autobús de la escuela, ella se sentaba a mirarlo junto a la ventana, con las manos en el cristal y los ojos llenos de nostalgia. Él no lo comprendía, pero tampoco se lo impedía.
La escuela era un suplicio. Todas las mañanas, cuando subía al autobús, se sentía como si lo condujeran a una prisión. Las clases sí le interesaban, pero los recreos le infundían terror. Si los cursos intermedios habían sido espantosos, en los superiores todo era peor aún. Siempre andaban tras él, chinchándole y acosándolo, le destrozaban la taquilla y lo perseguían por el patio insultándolo. No era tonto y sabía que estaba predestinado a ser una víctima. Con aquel cuerpo suyo tan obeso cometía el peor de todos los pecados: destacar. Lo comprendía, pero eso no lo hacía más llevadero.
– ¿Te encuentras el pito cuando vas a mear o te estorba la barriga?
Erik. Sentado con actitud indolente a una de las mesas del patio, rodeado del grupo habitual de secuaces ansiosos. Él era el peor. El chico más popular de la escuela, guapo y seguro de sí mismo, descarado con los profesores y con acceso permanente a cigarrillos que él fumaba y que también compartía con sus adeptos. No sabía a quién despreciaba más, si a Erik, que parecía actuar por pura maldad, siempre buscando nuevos modos de herir a la gente, o a los imbéciles de sonrisa bobalicona que lo admiraban calentándose al resplandor de su brillo.
Al mismo tiempo, sabía que daría cualquier cosa por ser uno de ellos. Por poder sentarse a la mesa con Erik, aceptar sus cigarrillos, comentar el aspecto de las chicas que pasaran por delante y recibir el premio de las risitas de complacencia y el rubor de las mejillas.
– ¡Oye! ¡Que te estoy hablando a ti! Y cuando yo te hable, tú me respondes, ¿te enteras? -Erik se levantó de la mesa mientras los otros dos lo miraban expectantes. La mirada de Magnus, aquel chico tan deportista, se cruzó con la suya. A veces creía advertir en él un atisbo de compasión, pero, en tal caso, no era suficiente para que Magnus se atreviera a caer en desgracia con Erik. Kenneth era sencillamente un cobarde y siempre evitaba mirarlo a la cara. Ahora estaba concentrado en Erik, como esperando seguir sus instrucciones. Pero Erik no tenía hoy energía suficiente para meterse con él, porque se sentó otra vez y le gritó:
– Anda, lárgate, ¡pringoso repugnante! Hoy te libras de la paliza, si corres un poco.
Lo que más deseaba en el mundo era plantarle cara y decirle a Erik que se fuera a la mierda. Darle una buena tunda, con fuerza y precisión, mientras los demás, que habrían ido acudiendo a mirar, comprendían que su héroe estaba cayendo. Y Erik levantaría la cabeza del suelo con esfuerzo y, con la nariz chorreando sangre, lo miraría con un respeto nuevo. A partir de ahí, se habría ganado un puesto en la pandilla. Pertenecería al grupo.
En cambio, se dio media vuelta y echó a correr. Cruzó el patio tan rápido como pudo. Le dolía el pecho y le temblaba la grasa mientras corría. Los oyó reír mientras se alejaba.
Erica dejó atrás la rotonda de la carretera de Korsvägen con el corazón en un puño. El tráfico de Gotemburgo la ponía siempre muy nerviosa y justo aquel cruce le daba pánico. Pero salió ilesa y tomó la calle Eklandagatan mientras buscaba la calle adecuada por la que girar.
Rosenhillsgatan. El bloque de apartamentos se hallaba al final de la calle, con vistas a Korsvägen y a Liseberg. Comprobó el número y aparcó el coche delante del portal. Miró el reloj. El plan consistía en llamar a la puerta y confiar en que hubiera alguien en casa. Si no era así, había acordado con Göran que pasaría un par de horas en casa de su madre, y luego volvería a intentarlo. En ese caso, llegaría muy tarde a casa, así que cruzó los dedos deseando tener la gran suerte de que el inquilino estuviera en casa. Había memorizado el nombre cuando hizo las llamadas camino de Gotemburgo, y lo encontró enseguida en el portero automático. Janos Kovács.
El timbre sonó una vez. Nadie respondía. Volvió a llamar y entonces se oyó un ruidito seguido de una voz que hablaba sueco con mucho acento.
– ¿Quién es?
– Soy Erica Falck. Me gustaría hacerle unas preguntas sobre una persona que vivió antes en este apartamento, Christian Thydell -dijo expectante. Aquella explicación sonó sospechosa incluso a sus oídos, pero esperaba que el hombre sintiera curiosidad y la invitara a entrar. El zumbido de la puerta le demostró que había tenido suerte.
El ascensor se detuvo en la segunda planta y Erica salió al rellano. Vio entreabierta una de las tres puertas y un hombre de unos sesenta años, bajito y con algo de sobrepeso, la miraba maliciosamente por la rendija. Al ver la barriga gigantesca de Erica quitó la cadena y abrió la puerta de par en par.
– Entre, entre -dijo efusivo.
– Gracias -respondió Erica al entrar. Le llegó a la nariz un olor penetrante a muchos años de comidas muy especiadas y notó que se le revolvía el estómago. En realidad, no se trataba de un olor desagradable, pero el embarazo le había agudizado el sentido del olfato y se había vuelto sensible a los olores intensos.
– Tengo café, café del bueno, fuerte. -Señaló hacia una pequeña cocina que había enfrente, al final del pasillo. Erica lo siguió y echó un vistazo a la habitación que parecía ser la única del apartamento. Servía de sala de estar y dormitorio.
Así que allí había vivido Christian antes de mudarse a Fjällbacka. Erica notó que el corazón se le aceleraba de ansiedad.
– Siéntate. -Janos Kovács poco menos que la sentó en una silla antes de servirle el café. Con un grito triunfal, colocó una gran bandeja de galletas.
– Galletas de semilla de amapola. ¡Una especialidad húngara! Mi madre suele mandarme paquetes de estas galletas porque sabe que me encantan. Pruébelas. -La animó a coger una y Erica la probó. Un sabor nuevo, desde luego, pero muy rico. De repente cayó en la cuenta de que no había probado bocado desde el desayuno y las tripas le rugieron con gratitud cuando el primer bocado aterrizó en el estómago.
– Tiene que comer por dos, coja otra galleta, coja dos, ¡coja las que quiera! -Janos Kovács empujó la bandeja con ojos chispeantes-. Menudo niño, qué grande -dijo sonriendo y señalándole la barriga.
Erica le devolvió la sonrisa. No pudo evitar que se le contagiara su buen humor.
– Bueno, lo que ocurre es que hay dos.
– Ah, gemelos. -Dio una palmadita de entusiasmo-. Qué bendición.
– ¿Usted tiene hijos? -preguntó Erica con la boca llena de galleta.
Janos Kovács se irguió lleno de orgullo.
– Tengo dos hijos estupendos. Ya son mayores. Los dos con buen trabajo. En la casa Volvo. Y también tengo cinco nietos.
– ¿Y su mujer? -preguntó Erica tímidamente mirando a su alrededor. No parecía que allí viviese ninguna mujer. Janos Kovács seguía sonriendo, pero con menos alegría.
– Hará siete años más o menos que, un buen día, llegó a casa y me dijo «me voy». Y se marchó. -Hizo un gesto de impotencia-. Y entonces fue cuando me mudé aquí. Vivíamos en la casa, en el piso de abajo. -Señaló el suelo-. Pero cuando me jubilé anticipadamente y mi mujer me dejó, no podía seguir en la casa. Y, al mismo tiempo, Christian conoció a aquella chica y decidió mudarse, y yo me trasladé aquí. Al final todo se arregla de la mejor manera -exclamó como si de verdad pensara lo que acababa de decir.