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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Tanis no cesaba de pensar en Laurana. Evocaba una y otra vez las palabras acusadoras de Gilthanas: «!Lo hizo por ti!», y aunque sin duda el Príncipe elfo lo había perdonado, él no era tan condescendiente a la hora de enjuiciar sus propias acciones. ¿Qué había sido de la muchacha en el Templo de la Reina de la Oscuridad? ¿Vivía aún? Se reprendió por planteárselo siquiera, ¡por supuesto que vivía! La perversa soberana no pretendía matarla, al menos mientras ignorase el paradero de Berem.

Centró su mirada en el hombre que caminaba delante de él, cerca de Caramon. «Haré lo que sea con tal de salvar a Laurana —se dijo para sus adentros, apretando el puño—. ¡Lo que sea! Aunque tenga que sacrificar mi vida o la de...»

Se interrumpió. ¿Realmente estaba dispuesto a entregar a Berem? ¿Aceptaría negociar un intercambio con la Reina Oscura, quizá para hundir al mundo en unas tinieblas tan vastas que nunca había de volver a ver la luz?

No, era incapaz de hacerlo. Laurana preferiría la muerte antes que formar parte de semejante confabulación. Mientras caminaba, sin embargo, cambió de actitud. No permitiría que ella opinase. El mundo debía correr su propia suerte. «Estamos condenados. No podemos vencer bajo ninguna circunstancia, y la vida de Laurana es lo único que importa... lo único», pensó entristecido. .

Tanis no estaba solo en sus lóbregas cavilaciones. Tika avanzaba junto al guerrero, con sus pelirrojos tirabuzones convertidos en un hálito de luz y calor bajo el tormentoso cielo; pero su luminosidad se terminaba en los vibrantes reflejos del cabello, sin alcanzar sus ojos. Aunque Caramon la colmaba de atenciones, no la había abrazado desde aquel breve y maravilloso momento en que, bajo el mar, su amor le había pertenecido por entero. El recuerdo de su efímera felicidad la atormentaba en las interminables noches, irritándola e incluso impulsándola a decidir que el hombretón la había utilizado para aliviar su propio sufrimiento. Se prometió a sí misma que una vez concluida la aventura correría en busca de un noble de Kalaman que, durante su estancia en la ciudad, la había mirado con insistencia... pero eran sólo elucubraciones nocturnas. Durante el día, siempre que observaba a Caramon y le veía arrastrarse cansino por el sendero se disolvía su máscara de indiferencia. No podía evitar acariciarle en la frente, a lo que él respondía alzando el rostro y sonriéndole. Tika entonces suspiraba, y se borraba de su pensamiento la imagen de todos los aristócratas que poblaban el universo.

Flint los seguía a trompicones, sin apenas despegar los labios ni proferir la menor queja. De no haber estado envuelto en su torbellino particular, Tanis habría comprendido que aquella actitud no auguraba nada bueno.

En cuanto a Berem, nadie sabía que ocurría en su interior ...si ocurría algo. Sus nervios y hosquedad aumentaban a cada hora que pasaba, y aquellos ojos azules que contrastaban por su brillo con sus ajadas facciones se asemejaban ahora a los de un animal enjaulado.

Fue en la segunda jornada de viaje por las montañas cuando el Hombre Eterno desapareció.

Aquella mañana había cundido la alegría al anunciar Fizban que pronto llegarían a la Morada de los Dioses. Sin embargo, una vez más la oscuridad reemplazó a la luz. La lluvia arreció. En tres ocasiones a lo largo de una hora los guió el mago por los enmarañados arbustos entre excitadas exclamaciones de «!Ahí está! ¡Lo conseguimos!», para detenerse en la orilla de un pantano, en el borde de un precipicio y frente a un impracticable muro de roca.

En este último escollo Tanis sintió que le arrancaban el alma del cuerpo, hasta tal punto que incluso Tasslehoff retrocedió lleno de espanto al ver su rostro desencajado. El semielfo hizo un denodado esfuerzo para recobrar la compostura, y fue entonces cuando advirtió lo ocurrido.

—¿Dónde está Berem? —preguntó con un escalofrío que borraba cualquier sentimiento que aún se agitara en su interior.

Caramon parpadeó, regresando al parecer de un mundo imaginario, y se apresuró a mirar a su alrededor antes de responder con un rubor purpúreo en los pómulos:

—N-no lo sé, Tanis. Creía que se hallaba junto a mí.

—Es nuestro salvoconducto para entrar en Neraka, la única razón por la que respetan la vida de Laurana. Si lo atrapan...

El semielfo se interrumpió, las lágrimas le impedían continuar. Trató de aclarar sus ideas pese a los pálpitos que retumbaban en su cerebro.

—No te preocupes, lo encontraremos —trató de calmarle Flint dándole unas palmadas en el brazo.

—Lo siento, Tanis —se disculpó Caramon—. Me he puesto a pensar en Raist y... No debí hacerlo.

—En nombre del Abismo, ¿cómo se las arregla ese endiablado hermano tuyo para perjudicarnos incluso no estando entre nosotros? —se quejó el semielfo. Tras unos instantes le reflexión, logró contenerse y añadir—: Lo lamento, Caramon. No es tuya la culpa, también era mi obligación vigilar a ese individuo. Todos deberíamos habernos ocupado le él. En cualquier caso hemos de retroceder, a menos que Fizban pueda hacemos atravesar esta sólida pared de piedra... ni se te ocurra considerarlo, anciano —apostilló al verle en actitud reflexiva—. Berem no andará lejos y habrá dejado un rastro visible, dada su escasa experiencia en viajar por las montañas.

La suposición de Tanis era cierta. Tras una hora de minuciosa búsqueda, descubrieron una estrecha senda de animales que ninguno de ellos había observado al pasar por primera vez. Fue Flint quien detectó las huellas del Hombre Eterno en el fango y, llamando muy excitado a los otros, se acuclilló entre los matorrales para determinar el rumbo de las aún frescas pisadas. Sin esperar a sus compañeros echó a correr, animado por un acceso de energía que a todos dejó boquiabiertos. Como un sabueso conocedor de que su presa está al alcance, el enano salvó las marañas de trepadores que entorpecían su marcha por el bosque. Tan veloces eran sus zancadas que no tardó en interponer distancia con el resto del grupo.

—¡Flint! —le gritó Tanis en diversas ocasiones—. ¡Espera!

Pero a cada minuto quedaban más y más rezagados del hombrecillo hasta que lo perdieron de vista por completo. Por fortuna, su rastro era tan ostensible como el de Berem y hallaron poca dificultad en seguir las improntas que dejaban en el barro sus pesadas botas, por no mencionar las ramas quebradas y arbustos arrancados que marcaban su paso.

De pronto se detuvieron.

Habían llegado a otro risco vertical, si bien esta vez existía un modo de franquear un agujero excavado en la roca que formaba una abertura similar a la boca de un túnel. El enano se había internado fácilmente a juzgar por sus recientes huellas, pero era tan angosto que Tanis lo contempló desalentado.

—Berem ha conseguido entrar —anunció Caramon señalando una mancha de sangre en la roca.

—Quizá —titubeó el semielfo—. Tas, comprueba qué hay al otro lado —ordenó, reticente ante la idea de aventurarse si tener la total certeza de que no caerían en una trampa.

Tasslehoff culebreó hacia el interior del supuesto pasadizo, y pronto oyeron sus confusas exclamaciones invitándoles a reunirse con él. Parecía sobrecogido, pero sus palabras resonaban de tal modo en la roca que no lograban entenderlas.

De súbito, el rostro de Fizban se iluminó.

—¡Claro! —profirió en la cumbre del regocijo—. ¡Hemos hallado la Morada de los Dioses! Ese túnel es la entrada a la antigua ciudad.

—¿No hay otro medio para acceder a ella? —preguntó Caramon sin apartar su inquieta mirada de la estrecha abertura.

—Creo recordar —empezó a decir Fizban reflexivo— que existía...

—¡Tanis, apresúrate! —Era el kender quien así interrumpía al mago.

—No me arriesgaré a tropezarme con otro punto muerto. Iremos por aquí, cueste lo que cueste —decidió el semielfo.

A gatas, apoyados sobre sus miembros, los compañeros se introdujeron en la angosta boca. La travesía no fue fácil, en algunos tramos tuvieron que acostarse en el suelo y reptar cual culebras por el barro. Los anchos hombros de Caramon quedaban atascados constantemente, y al advertir su penosa situación Tanis se dijo que quizá deberían haberle dejado en la entrada hasta cerciorarse de que valía la pena internarse en el túnel. Tasslehoff los esperaba al otro lado, sin cesar de espiar su avance presa de una gran ansiedad.

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