El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Corrigan asintió. No parecía escucharla.
—¿Qué demonios es aquello? —preguntó señalando a través de la ventana.
Había una fila de personas, todas ellas vestidas con túnicas blancas y entonando himnos.
Parecían marcar el paso. Eileen miró más atentamente y vio la causa. Estaban encadenadas unas a otras. Se encogió de hombros. Los estudios Disney estaban a pocas manzanas de distancia, y la NBC no mucho más lejos. A menudo utilizaban Burbank para rodar exteriores urbanos.
—Puede que sean participantes en el programa «Hagamos un trato».
—Es demasiado pronto —dijo Corrigan.
—Entonces es algo de Disney. Una forma absurda de ganarse la vida.
—No veo ninguna cámara —opuso Corrigan. No parecía muy interesado. Miró unos momentos más—. ¿Ha tenido noticias de aquel rico amigo suyo? Este es su gran día.
Por un momento Eileen se sintió terriblemente sola.
—Últimamente no sé nada de él.
Empezó a sacar grandes fotos en color y las dispuso en el escaparate para mostrar atractivas combinaciones de muebles y accesorios: el baño con el que sueñan los clientes.
Por Alameda se podía pasar a bastante velocidad. Tim Hamner trató de recordar las conexiones con el norte de Pasadena. Ante él se alzaban altas colinas, las Verdugo Hills, que atravesaban el valle de San Fernando y separaban las ciudades de la ladera de Burbank. Tim sabía que en alguna parte había una nueva autopista, pero no sabía cómo encontrarla.
—¡Maldita sea! —gritó.
Meses de preparación, meses esperando su cometa, y ahora se acercaba a ochenta kilómetros por segundo y él pasaba en aquel momento ante los estudios Walt Disney. Una parte de su mente le decía que aquello tenía su gracia, pero Tim no apreciaba el humor de la situación. Pensó seguir por Alameda hasta Golden State. Si el tráfico era fluido, volvería por allí a la autopista de Ventura. En caso contrario, seguiría todo el trayecto por las calles normales y al diablo con las tarjetas de peaje... ¿Pero qué había allí adelante?
No sólo eran coches atascados en una intersección, inmóviles a pesar de que los semáforos estaban en verde, sino coches que buscaban espacio, que se abrían paso a duras penas entre los demás vehículos, tratando de llegar al callejón situado más allá. Más coches, detenidos, y peatones que se movían entre el enjambre. Apenas había tiempo para situarse en el carril de la derecha. Tim entró en una gran zona de aparcamiento, esperando seguir a los coches que avanzaban hasta un pasillo.
¡Callejón sin salida! Se encontraba en un gran aparcamiento y el camino estaba totalmente bloqueado por un camión de reparto. Tim frenó y puso el punto muerto. Cerró despaciosamente el contacto. Entonces aporreó el tablero y blasfemó, utilizando palabras que no había recordado durante años. No había lugar alguno a donde ir. Tras él se habían detenido más coches. Era imposible moverse.
Pensó que se encontraba en dificultades. Bajó del coche y se dirigió a Alameda. Tal vez encontraría una tienda de electrodomésticos. Si no tenían algún televisor en el escaparate que transmitiera las noticias sobre el cometa, compraría uno en el acto.
Alameda estaba atestada de coches. Los parachoques se tocaban, y ninguno de ellos se movía. Y había gritos allá arriba, en el cruce donde parecía estar el centro de atención. ¿Robo? ¿Un francotirador? Tim no quería estar presente si ocurría algo así. Pero no, aquellos gritos eran de rabia, no de miedo. Y el cruce estaba lleno de policías uniformados de azul. También había algo más. ¿Túnicas blancas? Alguien con una túnica blanca se aproximaba a él. Hamner trató de esquivarlo, pero el hombre se interpuso en su camino.
Probablemente aquella túnica era una sábana corriente, y desde luego el hombre vestía ropas convencionales bajo ella. Era un joven barbudo, con la sonrisa en los labios, pero insistente.
—¡Señor! ¡Rece! ¡Rece para que el martillo de Lucifer pase sin hacer daño! ¡Hay muy poco tiempo!
—Ya lo sé —dijo Tim. Intentó marcharse, pero el hombre avanzó con él.
—¡Rece! La ira de Dios cae sobre nosotros. Sí, la hora se aproxima y está a punto de llegar, pero Dios salvará la ciudad para diez hombres justos. Arrepiéntase y sálvese, y salve a nuestra ciudad.
—¿Cuántos de ustedes hay allí? —preguntó Tim.
—Hay un centenar de Guardianes —respondió el hombre.
—Eso es más que diez. Ahora déjeme marchar.
—Pero usted no comprende. Nosotros, los Guardianes, salvaremos la ciudad. Hemos rogado durante meses. Hemos prometido a Dios el arrepentimiento de millares. —Los intensos ojos pardos miraron fijo a Hamner. Entonces el joven le reconoció—. ¡Es él! ¡Usted es Timothy Hamner! Le vi en la televisión. Rece, hermano. ¡Únase a nosotros en plegaria, y el mundo lo sabrá!
—Desde luego. La NBC está al final de la calle.
Tim frunció el ceño. Dos policías de Burbank se acercaban por detrás al Guardián del Cometa, y no precisamente sonriendo.
—¿Le está molestando este hombre, señor? —preguntó el policía más alto.
—Sí —dijo Tim.
El policía sonrió.
—¡Te cogí! —dijo agarrando al hombre de la túnica por el brazo—. Tienes derecho a permanecer en silencio. Si te entregas...
—Ya sé todas esas chorradas —dijo el Guardián—. ¡Miradle! ¡Es el hombre que inventó el cometa!
—Nadie inventa un cometa, idiota —dijo Tim—. Oiga, oficial, ¿sabe dónde hay una tienda de televisores? Quiero ver las fotos del cometa desde el espacio.
—Siga recto y encontrará una. ¿Quiere darnos su nombre y dirección?
Tim sacó una tarjeta y se la entregó al policía. Luego echó a andar rápidamente hacia el cruce.
Eileen tenía una vista excelente a través del escaparate. Estaba sentada al lado de Joe Corrigan, tomando café. Era evidente que su arquitecto no iba a poder llegar debido al atasco de tráfico. Jefe y empleada habían acercado al escaparate grandes sillas cromadas y la mesita de centro, y se entretenían contemplando a toda aquella gente airada.
La causa de aquel lío estaba al otro lado de la calle, en diagonal. Veinte o treinta hombres y mujeres con túnicas blancas, no todas ellas sábanas de cama, se habían encadenado de un lado a otro de Alameda, a farolas o postes telefónicos, y entonaban himnos. La calidad de sus canciones había sido bastante buena durante un rato, pero la policía se llevó pronto a su líder de barbas blancas, y ahora sonaban discordantes.
A cada lado de la cadena humana una infinita variedad de automóviles estaban amontonados como sardinas en lata. Viejas rancheras Ford para cargar las compras; Mercedes con chofer que transportaban estrellas o ejecutivos de los estudios; camionetas y remolques para acampar, nuevos coches japoneses de importación, Chevrolets y Plymouths, todos juntos e inmóviles. Algunos conductores aún trataban de salir, pero la mayor parte se habían resignado. Una horda de predicadores con túnica andaba entre el enjambre de vehículos. Se detenían para hablar con cada conductor y rezaban. Algunos conductores les gritaban. Unos pocos escuchaban. Uno o dos incluso bajaron de sus coches y se arrodillaron para rezar.
—Es todo un espectáculo, ¿eh? —dijo Corrigan—. ¿Por qué diablos no eligieron algún otro lugar?
—¿Con la cadena de la NBC casi al lado? Si el cometa pasa de largo sin hacer ningún daño, se jactarán de haber salvado al mundo. ¿No ha visto a ninguno de esos locos que salen por la televisión desde hace años?
Corrigan asintió.
—Parece como si esta vez fuera su gran ocasión. Mira, ya llegan las cámaras de televisión.
Cuando vieron a los chicos de la tele, los predicadores redoblaron sus esfuerzos. El himno se detuvo un momento y empezó de nuevo: «Dios mío, estoy más cerca de Ti.» Los predicadores tenían que hablar rápido, y a veces se interrumpían a mitad de frase para evitar a la policía. Los uniformes azules iban a la caza de las túnicas blancas mientras sonaban las bocinas de los coches y se oían los gritos de los conductores.