Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
– No, gracias.
– Es una pena -señaló el teniente Rascher.
– ¿Por qué no lo piensa mejor, capitán? -dijo Weltz-. Reflexione. Verá, para ser sincero con usted, Günther, es el primero de la lista en este campamento. Y, por razones obvias, no queremos permanecer aquí más tiempo del que sea necesario. Yo ya soy padre, pero el teniente no tiene ningún deseo de que sus probabilidades de tener hijos cuando se case queden afectadas. La radiación daña la capacidad de un hombre para procrear. También afecta la tiroides y la capacidad del cuerpo para utilizar la energía y fabricar proteínas. Al menos, eso es lo que creo que hace.
– La respuesta sigue siendo no -dije-. ¿Ahora puedo retirarme?
El comandante mostró una expresión triste.
– No lo entiendo. ¿Cómo es que usted, un socialdemócrata, se avino a trabajar para Heydrich y, sin embargo, no quiere trabajar para nosotros? ¿Puede explicármelo, por favor?
Fue entonces cuando comprendí a quien me recordaba el comandante. El uniforme era diferente, pero el pelo blanco rubio, los ojos azules, la frente despejada y su tono todavía más altanero me habían hecho pensar en Heydrich antes de que mencionase su nombre. Probablemente Weltz y Heydrich tenían más o menos la misma edad. Si no lo hubiesen asesinado, Heydrich tendría en la actualidad unos cuarenta y dos años. El joven teniente quizá tenía el pelo más gris, con un rostro tan ancho como largo era el del comandante. Se parecía a mí antes de la guerra y de pasar un año en un campo de prisioneros.
– ¿Y bien, Günther? ¿Qué tiene que decirnos de usted mismo? Quizá siempre fue un nazi salvo por el nombre. Un compañero de viaje del partido. ¿No es eso? ¿Tanto ha tardado en comprender quién es usted en realidad?
– Usted y Heydrich -le dije al comandante-. No son muy diferentes. Nunca quise trabajar para él, pero tenía miedo de negarme a hacerlo. Miedo de lo que podría hacerme. Usted, por otro lado, ha vaciado el cargador. Y ha hecho lo peor. Aparte de matarme, no hay mucho más que me pueda hacer. Algunas veces es un gran consuelo saber que por fin has tocado fondo.
– Podemos destruirlo -me recordó Weltz-. Podemos hacerlo.
– Yo mismo, en mis tiempos, he destruido a unos cuantos. Pero tiene que haber algún objetivo en ello. Conmigo no lo hay, porque si me destruyen sólo lo estarán haciendo por divertirse, y lo que es más, no les serviré de nada cuando terminen. Ahora mismo ya no le sirvo de nada, sólo que usted no lo sabe, comandante. Así que déjeme explicarle por qué. Yo era un poli demasiado tonto para actuar con astucia y mirar para otro lado o besarle el culo a alguien. Los nazis eran más listos que usted. Lo sabían. La única razón por la que Heydrich me metió de nuevo en la Kripo fue porque sabía que, incluso en un Estado policial, hay momentos en que necesitas un poli de verdad. Pero usted no quiere un poli de verdad, comandante Weltz, quiere un oficinista con una placa. Quiere que lea a Marx cuando me vaya a la cama y el correo de las personas durante el día. Un hombre ansioso por complacer y que quiera progresar en el Partido Comunista. -Sacudí la cabeza con cansancio-. La última vez que busqué progresar en alguna parte, una bonita muchacha me soltó un bofetón.
– Es una pena -dijo Weltz-. Por lo visto, va a pasar el resto de su vida muerto. Como todos los de su clase, Günther, es una víctima de la historia.
– Ambos lo somos, comandante. Ser alemán consiste en eso precisamente, en ser una víctima de la historia.
También me convertí en una víctima de mi entorno. Se aseguraron de que así fuese. Muy poco después de mi encuentro con los del K-5 me sacaron del equipo de clasificación y me enviaron a la mina.
Era un mundo sometido a un ruido atronador. Oía retumbar las explosiones subterráneas que partían la roca en trozos manejables, y el ruido de las puertas de los montacargas antes de descender por las guías hasta el túnel. También oía el estrépito de las rocas al partirlas con los picos y echar los fragmentos a las vagonetas; y el continuo movimiento de las vagonetas en sus idas y venidas por los raíles. Las detonaciones levantaban nubes de polvo que convertían mis mocos en una masa negra y mi sudor en una especie de aceite gris. Por la noche escupía grandes trozos de saliva y flema que parecían huevos fritos quemados. Parecía un precio muy alto por mantenerme fiel a mis principios. En cambio, había una camaradería en el fondo de la mina que no se encontraba en ninguna otra parte en Johanngeorgenstadt, y los otros plenis mostraban un respeto automático cuando nos oían toser y reconocían su buena fortuna en comparación con nosotros. Pospelov tenía razón. Siempre había alguien que estaba peor que uno. Esperaba tener la oportunidad de conocerlo antes de que aquel trabajo me matase.
Había un espejo en el baño. La mayoría lo evitábamos por miedo a ver en él a nuestros propios abuelos o, peor aún, sus cadáveres podridos devolviéndonos la mirada. Un día, sin darme cuenta, me vi a mí mismo y vi a un hombre con el rostro como una de las rocas de pechblenda que extraíamos: era de color negro y marrón, deforme y abultado, con dos opacos espacios donde una vez habían estado mis ojos y una hilera de excrecencias gris oscuro que una vez habían sido mis dientes. Había visto a muchos criminales en mi vida, pero ahora tenía todo el aspecto de ser el hermano crápula de Mister Hyde. También actuaba como él. Aquí abajo no había «azules» y arreglábamos nuestras diferencias con la máxima violencia. Una vez, Schaefer, otro pleni de Berlín al que no le gustaban mucho los polis, me dijo que había aplaudido cuando habían expulsado de Berlín a los líderes del SDP en 1933. Así que le di un puñetazo en la cara y cuando intentó golpearme con un pico, le golpeé con una pala. Pasó un tiempo antes de que se levantase, y la verdad es que nunca volvió a ser el mismo después de aquello: otra víctima de la historia. Karl Marx lo hubiese aprobado.
Al cabo de un tiempo dejé de preocuparme de cualquier cosa, incluido de mí mismo. Me metía en los espacios angostos, entre la piedra negra, para trabajar en solitario con mi pico. Eso era muy peligroso, porque los hundimientos eran frecuentes. Pero de esa manera se respiraba menos polvo que cuando se utilizaban explosivos.
Pasó otro mes. Un día volvieron a llamarme a la oficina, y me presenté, esperando encontrarme con los mismos oficiales del MVD para oírles preguntarme si el tiempo que había pasado en el fondo de la mina me había ayudado a cambiar de opinión sobre el K-5. Me había hecho cambiar de opinión sobre muchas cosas, pero no sobre los comunistas alemanes y su policía secreta. Iba a decirles que se fuesen al infierno, y quizá conseguiría que sonara como si lo dijese de verdad, a pesar de que ya estaba preparado para que alguien viniese y me cubriese el rostro con una capa de yeso. Así que me sentí un poco desilusionado al no encontrarme con aquellos dos oficiales. Era como si hubiera preparado un bonito discurso sobre un montón de cosas nobles que ya no revisten ninguna importancia una vez que te han metido en la morgue.
Sólo había un oficial en la habitación, un hombre fornido, con el pelo castaño ralo y una fuerte mandíbula. Como sus dos predecesores, vestía pantalones de montar azules y una gimnasterka marrón, pero llevaba más condecoraciones; además de la insignia de soldado veterano de la NKVD y la Orden del Estandarte Rojo había otras medallas que no reconocí. La insignia en el cuello y las estrellas en las mangas indicaban que era por lo menos un coronel, o quizás incluso un general. Su gorra azul de oficial con visera cuadrada estaba sobre la mesa, junto al revólver Nagant en su funda, que parecía un cubo.
– La respuesta sigue siendo no -afirmé, sin importarme quién fuera.
– Siéntate -dijo-, y no te comportes como un maldito imbécil.