Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Lo mejor de la ciencia ficción rusa
Lo mejor de la ciencia ficción rusa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Lo mejor de la ciencia ficción rusa

Электронная книга - «Lo mejor de la ciencia ficción rusa». Краткое содержание книги:

Teniendo en cuenta que el libro es de la época de la Guerra Fría, resulta sumamente interesante ver lo que se escribía por allí en materia de ciencia-ficción. Los cuentos (como cabría esperar) no son todos del mismo nivel, pero aún así el libro no tiene desperdicio. Gran trabajo como compilador de Jacques Bergier (compañero de Louis Pauwels en «El retorno de los brujos» y «La rebelión de los brujos»). Recomendable.
1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 102
Перейти на страницу:

— Pero entonces, lija Andreevic — dijo Satrov tras un momento de silencio—, ¿qué le quedará a usted?

— Mi querido amigo, ya le he dicho que tengo la intención de seguir nuestra famosa cadena. Hace tiempo que estoy pensando en la influencia de las reacciones atómicas en los procesos geológicos. Ahora que nuestro extraordinario descubrimiento me ha hecho salir de la órbita de lo común, me ha empujado a un más alto nivel de pensamiento, me siento con valor para sacar conclusiones y ampliar el horizonte de la imaginación. Ahora intentaré demostrar la posibilidad de aprovechar las potentes fuentes de energía atómica que se esconden en las profundidades para convertirle en una ciencia de ejercicio práctico… Pero usted deberá estudiar la evolución de la vida y el porvenir del pensamiento, no ya dentro de los límites de nuestra Tierra, sino en todo el universo. Deberá demostrar este proceso, dar a los hombres una idea de las grandes posibilidades que se abren ante ellos. Con una clarísima victoria del pensamiento deberá derrotar a los escépticos pusilánimes y a los mezquinos fanáticos que aún pululan por las disciplinas científicas. Davydov se calló. Satrov miró a su amigo como si lo viese por primera vez.

— ¿Por qué estamos de pie? — preguntó por fin Davydov—. Sentémonos y descansemos. Estoy fatigado.

Ambos se sentaron en silencio, empezaron a fumar y, como obedeciendo a una orden, fijaron sus ojos pensativos sobre el cráneo, sobre las vacías órbitas del extraño ser.

Davydov observaba la frente saliente surcada por las pequeñas fositas e imaginaba cómo en tiempo inconmensurablemente lejano, tras aquella pared ósea trabajaba un gran cerebro humano. ¿Qué concepto del mundo, qué sentimientos, qué nociones contenía aquella extraña cabeza? ¿Qué cosas había imaginado la memoria del habitante de otro mundo, qué cosas de su planeta nativo trajo a nuestra Tierra? ¿Conocía la nostalgia de la patria? ¿Estaba ávido de grandes verdades, amaba lo bello? ¿Cuáles eran sus relaciones humanas, cuál el régimen social? ¿Habían alcanzado la fase más elevada? Había convertido su planeta en una única familia de trabajadores sin opresión ni explotación, sin el triste absurdo de la guerra que desperdician las fuerzas y las reservas de energía de la humanidad? ¿Cuál era el sexo de aquel pasajero de la «nave astral», que quedó para siempre en la Tierra extraña para él?

El cráneo miraba a Davydov, sin respuesta, como un símbolo del misterio y del silencio.

— Nunca sabremos nada de todo esto — se dijo el profesor—, pero nosotros, los hombres de la Tierra, también tenemos un gran cerebro y podemos formular muchas hipótesis. Cuando llegasteis, nuestra Tierra estaba poblada por terribles monstruos, encarnación de una fuerza sin pensamiento. En la obtusa maldad, en el inútil coraje del monstruo habéis visto un grave peligro y vosotros erais pocos. Un puñado de seres celestes errantes en un mundo desconocido a la búsqueda de una fuente de energía, tal vez de seres semejantes a vosotros… Satrov se movió, intentando de no estorbar a su amigo. Su naturaleza nerviosa protestaba contra la prolongada inacción. Lanzó una ojeada a Davydov, aun sumergido en sus pensamientos, tomó cuidadosamente de la mesa el pesado disco y empezó a examinarlo con el agudo espíritu de observación de un experto investigador. Colocando el disco en el luminoso cerco de luz de una especial lámpara microscópica, el profesor estudió los restos del desconocido instrumento desde todos los ángulos, intentando conectar detalles constructivos aún no conocidos. De repente, Satrov notó en el interior del círculo sobre la parte convexa del disco, algo que se traslucía bajo la película opaca. Conteniendo la respiración, el científico examinó más atentamente aquel punto, disponiendo el disco bajo la luz con distintas inclinaciones. Entonces a través del velo opaco depositado por el tiempo sobre la sustancia transparente del círculo, le pareció ver dos ojos que le miraban. Con un grito sofocado, el profesor dejó caer el pesado disco, que golpeó sobre la mesa con estrépito. Davydov se sobresaltó como empujado por un muelle, pero Satrov no se preocupó de él. Acababa de comprender, y el descubrimiento le dejó sin aliento.

— Ilja Andreevic — gritó—, ¿tiene algo que sirva para sacar brillo, piedra pómez y una gamuza?

— Naturalmente. Pero, ¿qué le ha agitado de esa manera, demonios?

— Démelo en seguida, lija Andreevic, en seguida… ¿Dónde están…?

La agitación de Satrov se contagió también a Davydov. Se levantó y tras tropezar con la alfombra, a la que pegó una furiosa patada, desapareció por una puerta. Satrov se cogió el disco e intentó raspar con la uña la superficie convexa del pequeño círculo…

Davydov colocó sobre la mesa un vasito lleno de polvo, una taza con agua, una botellita de alcohol y una gamuza.

Rápida y hábilmente, Satrov preparó una pasta, la extendió sobre la gamuza y empezó a frotar la superficie del círculo con medidos movimientos giratorios. Davydov seguía con interés el trabajo de su amigo.

— Este compuesto transparente desconocido para nosotros es extraordinariamente estable — explicó Satrov sin interrumpir su trabajo—. Y sin duda debe ser transparente como el cristal y en consecuencia tener una superficie pulida. Aquí, vea, la superficie se ha hecho opaca, ha sido corroída por la arena durante los millones de años de permanencia entre las rocas. Hasta esta sustancia durísima ha cedido… Pero si conseguimos pulirla, se hará de nuevo transparente…

— ¿Transparente? ¿Y luego? — preguntó Davydov con una nota de duda en su voz—. Al otro lado del disco la transparencia se ha mantenido. Sólo se ve una capa de indio…

— ¡Pero aquí hay una imagen! — exclamó Satrov, excitado—. ¡He visto unos ojos! Estoy seguro de que aquí está escondido el retrato del ser celeste. Quizá sea el mismo propietario del cráneo. ¿Por qué estará aquí? Tal vez sea un signo distintivo del arma, tal vez esta era su costumbre. Además, ¿qué importa? ¡Hemos logrado tener la imagen de un ser celeste!… Observe la forma de la superficie: es una lente… Y se pule bien — añadió palpando el círculo con los dedos.

Davydov, inclinado sobre el hombro de Satrov, miraba con impaciencia el disco, cuyo círculo central iba adquiriendo un esplendor vítreo cada vez más marcado.

Al fin, Satrov lanzó un suspiro de satisfacción, quitó el detergente, lavó el disquito con alcohol y lo secó con la gamuza.

— ¡Ya está! —levantó el disco hasta la luz, dándole la posición adecuada para que el reflejo incidiese directamente sobre el observador.

Involuntariamente ambos profesores se estremecieron. Bajo la capa ahora completamente transparente, amplificado por un desconocido efecto óptico hasta su tamaño natural, un rostro extraño, pero sin duda humano, fijaba los ojos sobre ellos. La imagen aparecía en relieve, pero lo más sorprendente era su extraordinaria, increíble naturalidad. Era un rostro vivo, parecía que un ser viviente estuviese mirando a los dos profesores, separado de ellos sólo por la lente transparente. Y los enormes ojos salientes eran capaces por sí solos de borrar cualquier otra impresión. Eran como dos lagos que encerrasen el eterno misterio del sistema del universo, espejos de una mente y de una voluntad férrea, eran dos poderosos rayos que surgían a través de la barrera de cristal lanzados a las infinitas lejanías del espacio. Sí, el hecho mismo de la existencia de la vida es garantía del desarrollo en diversos puntos del espacio universal del gran proceso de la evolución, de la aparición de la forma más elevada de la materia, del trabajo creador, del conocimiento…

1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 102
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)