Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Se puso en marcha de inmediato, pero decidió dejar en casa de su madre a dos de sus compañeros para evitar que hiciera alguna llamada inconveniente. Podría haberse limitado a matarla, pero prefirió dejarla en reserva, probablemente como rehén.
A pesar de lo malo que era esto, lo peor estaba por llegar.
Lo peor fue que Kaitlin llegó al apartamento poco después de que se hubiera ido Adam, sin saber aún qué le había sucedido a Jardee y con la idea de comer con Ashlee y, quizá, ir a ver una película por la tarde.
Con el paso de los años, los cálculos estadísticos de radiación ambiental de bajo nivel se habían ido perfeccionando y, ahora, el equipo de Sue era capaz de establecer una cuenta atrás mucho más precisa para el aterrizaje. Sin embargo, no necesitábamos ningún instrumento para sentir en el aire que ese momento estaba a punto de llegar.
Así estaban las cosas cuando salí del bunker para respirar por ultima vez aire fresco, unos veinte minutos antes de que el núcleo estuviera listo para ser activado.
Se habían producido nuevos disparos al sur, a lo largo de la carretera y en diversos puntos del cerco de protección. De momento, la policía local y estatal había logrado contener a los kuinistas (desde que el Parlamento fue asaltado, existía un fuerte sentimiento antikuinista en Wyoming, y no sólo entre los funcionarios y la policía). Un miembro de las milicias Omega había herido a un soldado de las Unífuerzas mientras intentaba derribar el cerco con un vehículo todo terreno y, a primera hora de la tarde, cuatro kuinistas de afiliación desconocida habían sido disparados y derribados cuando intentaban asaltar el punto de control septentrional. Desde entonces, sólo se habían producido movimientos aislados y algún arresto… aunque la multitud seguía creciendo.
Sue había accedido a que un grupo de periodistas instalara sus equipos de grabación un poco más allá del bunker. Desde el lugar en el que me encontraba, podía ver la hilera de camiones y trípodes que se encontraban al este, a una distancia aproximada al tamaño de un campo de fútbol. Allí había docenas de periodistas, en su mayoría procedentes de Cheyenne, que trabajaban para las principales agencias de información y para los servicios informativos independientes más respetables. Tal y como estaban situados, parecían perdidos en la polvorienta inmensidad del terreno. Un segundo contingente de periodistas independientes había instalado su equipo en el risco que se alzaba sobre el emplazamiento, un poco más cerca de lo que le hubiera gustado a Sue. Nuestro coordinador de prensa no había podido hacer nada por evitarlo porque, según dijo, esos tipos “eran muy entregados e insistentes” (es decir, tercos y estúpidos). Podía ver sus cámaras, asomando sobre el borde de roca.
Muchos de nuestros peones y operarios de maquinaria habían abandonado la zona. Los científicos e ingenieros civiles que permanecían en el área se habían apiñado en el bunker o se habían retirado más allá de la línea de periodistas para observar los acontecimientos.
El núcleo tau, suspendido en su armazón de acero sobre la base de hormigón, parecía un enorme huevo negro. La mancha de polvo que había cerca de éste era Hitch Paley, que estaba llevando la última furgoneta de nuestro convoy hacia la carretera de acceso para aparcarla cerca del bunker. Todos nuestros vehículos estaban preparados para someterse al choque térmico de la ¡legada.
Ya se sentía el frío tau, el enfriamiento premonitorio que había experimentado el aire… y no sólo el aire, sino todo: la tierra y la carne, la sangre y los huesos. En estos momentos, la temperatura sólo había descendido una fracción de grado centígrado; el choque térmico sólo estaba empezando, pero ya podíamos percibirlo, como un suave picor en la piel.
Cogí el teléfono e intenté llamar a Ashlee una vez más, pero tal y como me había sucedido durante casi toda la semana, tampoco conseguí establecer conexión. En ocasiones, el sistema emitía un mensaje de fallo general, pero en otras (como ahora) sólo conseguía ver una pantalla en negro y oír un sonido distorsionado. Guardé el teléfono.
Me sorprendí al ver que Sue Chopra abría la puerta de acero del bunker y se acercaba a mí. Tenía el rostro demacrado y estaba temblando. Se cubrió los ojos para protegerlos del sol.
—¿No deberías estar allí abajo? —pregunté.
—Ahora ya todo es automático —respondió—. Como el mecanismo de un reloj.
Tropezó con una roca y la cogí del brazo para que no cayera al suelo. Su brazo estaba helado.
—Scotty —parecía que acababa de reconocerme.
—Respira hondo. ¿Te encuentras bien?
—Estoy cansada. Y no he comido —sacudió la cabeza desconcertada—. Hay una pregunta que soy incapaz de quitarme de la cabeza: ¿He venido hasta aquí por mí misma o hay algo que me haya traído? Esto es lo más extraño de la turbulencia tau. Nos proporciona un destino, pero es un destino en el que no hay ningún dios; un destino donde no hay nadie al mando.
—A no ser que sea Kuin.
Frunció el ceño.
—Oh, no, Scotty. No digas eso.
—Ya no falta mucho. ¿Qué tal va todo por allí abajo?
—Como ya te he dicho, todo es automático. Bueno, los números son consistentes. Tienes razón. Tengo que regresar pero… ¿podrías acompañarme?
—¿Por qué?
—Porque aquí fuera hay unos niveles muy elevados de radiación iónica. Es como si te estuvieran haciendo una radiografía de tórax cada veinte minutos —entonces sonrió—. Pero sobre todo, porque tu presencia me reconforta.
Era una razón suficientemente buena y la habría acompañado si, en aquel mismo instante, no hubiéramos percibido el temblor de una explosión lejana. Segundos después se reanudaron los disparos… pero en esta ocasión sonaron demasiado cerca.
Por instinto, Sue cayó sobre sus rodillas, pero yo me quedé de pie, como un estúpido. El ritmo de los disparos fue incrementándose hasta convertirse en un tiroteo continuo. El cerco de protección (y la enorme entrada) se encontraba a varios metros de nosotros. Miré hacía allí y vi que los soldados de las Unifuerzas se ponían a cubierto y levantaban sus armas, pero no pude descubrir de dónde procedía el ataque.
Sue tenía los ojos fijos en el risco. Seguí su mirada.
Salía humo del puesto de observación que tenía el ejército en la cima.
—Los periodistas —susurró.
Por supuesto, no habían sido los periodistas, sino los kuinistas: un grupo de militantes bastante astutos que habían secuestrado un camión de los servicios informativos en las afueras de Modesty Creek para poder acceder al risco (más tarde, a treinta y cinco kilómetros de distancia, se encontraron los cadáveres, apaleados y estrangulados, de las cinco personas que viajaban en ese camión). Otros doce radicales, que se habían hecho pasar por técnicos, habían accedido a la zona ocultando sus armas entre las lentes, aparatos de transmisión y equipos similares que transportaban en sus vehículos.
Todas estas personas se habían instalado en el risco que se alzaba sobre el núcleo tau, cerca del puesto de observación de los soldados de las Unifuerzas. Cuando vieron que Hitch llevaba el último camión hacia el bunker, consideraron que la llegada del Cronolito era inminente y decidieron pasar a la acción. Destruyeron el puesto del ejército con un artefacto explosivo, mataron a los pocos supervivientes y, a continuación, centraron sus esfuerzos en el núcleo tau.
Podía ver cómo el humo de sus rifles se desvanecía contra el cielo azul. Se encontraban demasiado lejos del núcleo para poder disparar con precisión, pero saltaban chispas allí donde sus balas alcanzaban el armazón de acero. Detrás de nosotros, los soldados que protegían la entrada empezaron a devolver los disparos y pidieron refuerzos por radio. Por desgracia, el contingente más importante de reclutas se había concentrado en la entrada sur, donde los kuinistas habían iniciado un furioso ataque.