Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Me acuclillé en el suelo junto a Sue.
—El núcleo está bien protegido…
—El núcleo sí, pero los cables y conectares son vulnerables… ¡Los instrumentos, Scotty!
Se levantóy corrió hacia el bunker. No tenía más opción que seguirla, pero antes llamé por señas a Hitch, que acababa de llegar y había confundido el tiroteo del risco con la escaramuza que se estaba desarrollando en el sur… aunque cuando vio la torpe y apresurada carrera de Sue, se dio cuenta de lo que estaba pasando.
De repente, el aire era mucho más frío. Desde la pradera llegaban fuertes ráfagas de viento, remolinos de polvo que desfilaban como peregrinos hacia el corazón del acontecimiento tau.
El choque térmico estaba siendo tan severo que, incluso en este bunker revestido de hormigón y repleto de estufas, hacía más frío del que Sue había previsto. Aquel frío nos entumecía las extremidades, nos helaba la sangre e imponía una extraña y lánguida lentitud a una secuencia de eventos aterradores. Todos nos apresuramos a ponernos las chaquetas y los gorros termo-adaptables mientras Hitch sellaba la puerta tras él.
El núcleo tau se activó con la precisión de un reloj. Los técnicos, que ya no podían intervenir en el proceso, se sentaron delante de sus monitores con los puños cerrados. Ahora, no podían hacer nada más que rezar para que ninguna bala interrumpiera el flujo de datos.
A pesar de los temores de Sue, a mí me parecía bastante improbable que unas balas que estaban siendo disparadas desde tanta distancia representaran algún peligro para los conectores y los cables del núcleo, pues éstos llevaban una capa aislante de Teflón, estaban revestidos de Kevlar y eran tan gruesos como las mangueras de bomberos.
Sin embargo, los kuinistas habían traído algo más que rifles.
Cuando el reloj de la cuenta atrás ya había rebasado el punto de los cinco minutos, sentimos el temblor de una detonación distante. Al instante, las luces del bunker se apaga ron y empezó a caer polvo sobre el tejado de madera.
—Conectad un generador —oí que decía Hitch.
—¡Estamos jodidos! —gritó alguien.
No podía ver a Sue… la verdad es que no podía ver nada de nada. La oscuridad era absoluta. En aquel bunker estábamos encerradas casi cuarenta personas.
El generador de reserva estaba estropeado. Aunque las baterías auxiliares activaron los pilotos del equipo electrónico, la luz que emitían era mínima. Había cuarenta personas atrapadas en un lugar oscuro y cerrado. Imaginé en mi mente la entrada, la puerta de acero que se abría sobre un escalón de hormigón a un metro del lugar en el que me encontraba.
Y entonces… la llegada.
El Cronolito se hundió en lo más profundo del lecho de roca.
Durante su llegada, un Cronolito absorbe la materia pero no la desplaza; sin embargo, el choque térmico resquebraja las vetas causadas por la humedad, creando una ola expansiva que viaja por la tierra. El suelo que pisábamos pareció alzarse y desplomarse de nuevo. Aquellos que no nos habíamos sujetado a ningún asidero caímos de bruces al suelo. Creo que todos gritamos. Fue un sonido terrible, mucho peor que los daños físicos que se produjeron.
El frío se intensificó. Sentí que las yemas de mis dedos perdían sensibilidad.
Uno de nuestros ingenieros sufrió un ataque de pánico y se precipitó a la escotilla de salida. Supongo que lo único que quería era ver la luz del día… deseaba tanto verla que la necesidad se impuso a la razón. Yo me encontraba bastante cerca de él y pude verle bajo la tenue luz de los paneles de control. Buscó a tientas los escalones, los subió a gatas y tocó el pomo de la puerta. La palanca debía de estar terriblemente fría, porque gritó mientras impulsaba su cuerpo contra ella. El mango se rompió en pedazos y la puerta se abrió hacia fuera.
El cielo azul había desaparecido y había sido reemplazado por estridentes cortinas de polvo.
El ingeniero salió tambaleándose mientras el viento, la arena y los granulos de hielo se abrían paso por el bunker. ¿Sue habría anticipado una llegada tan violenta como esta? Puede que no. Estaba seguro de que en estos momentos, la zona del este en la que se habían instalado los periodistas debía de estar repleta de cadáveres… y dudaba que en el risco quedara alguien capaz de seguir gritando.
Aunque el choque térmico ya había alcanzado su apogeo, nuestra temperatura corporal continuaba descendiendo. Era una sensación extraña. El frío era indescriptible, pero además me sentía apático, engañado, narcotizado. A pesar de la ropa de protección que llevaba, me di cuenta de que estaba tiritando… y aquel temblor era como una invitación al sueño.
—¡Permaneced en el bunker! —gritó Sue desde algún lugar situado al fondo de la trinchera—. ¡Estaréis más seguros en el bunker! ¡Scotty, cierra esa puerta!
Haciendo caso omiso de su consejo, algunos ingenieros y técnicos se abalanzaron hacia la salida, hacia el chirriante viento, y se alejaron corriendo (en la medida que el frío lo permitía, pues parecían bailar con torpeza una especie de vals) hacia el lugar en el que estaban aparcados nuestros vehículos.
Algunos de ellos incluso consiguieron montarse y poner en marcha los motores. A pesar de que los camiones estaban preparados para e) choque térmico, rugieron como animales heridos y sus pistones rechinaron contra los cilindros. Aprovechando que los vientos provocados por la llegada habían derribado el cerco de protección, el grupo civil de nuestro convoy empezó a desvanecerse entre los dientes de la tormenta.
Al oeste, allí donde debería haber estado el Cronolito, no podía ver nada más que un muro de niebla y polvo.
Me precipité hacia los escalones y cerré la trampilla. El ingeniero había dejado algo de piel en la frígida palanca. Yo también dejé un poco.
Sue buscó algunas linternas y empezó a encenderlas. En cuanto volvimos a tener luz, advertí que en el bunker apenas quedábamos una docena de personas.
Al ver que Sue se dejaba caer sobre uno de los inertes aparatos de telemetría, crucé la sala para hacerle compañía. Mi cuerpo temblaba tanto que estuve a punto de caerme encima de ella. Cuando nuestros brazos se tocaron, advertí que su piel estaba sorprendentemente fría (supongo que también lo estaba lamía). Ray ocupaba una silla cercana, pero había cerrado los ojos y sólo parecía estar parcialmente consciente. Hitch se había acuclillado junto a la puerta para montar guardia.
—No ha funcionado, Scotty —susurró Sue, apoyando su cabeza contra mi hombro.
—Ya pensaremos en eso más adelante.
—Pero no ha funcionado. Y si no ha funcionado…
—Silencio.
El Cronolito había aterrizado. Era la primera piedra de Kuin que pisaba el suelo norteamericano… y, a juzgar por sus efectos secundarios, no era uno de los más pequeños. Sue tenía razón. Habíamos fracasado.
—Pero, Scotty —dijo, con una voz infinitamente cansada y consternada—. Si no ha funcionado… ¿qué estoy haciendo aquí? ¿Para qué estoy aquí?
Creí que se trataba de una pregunta retórica. Sin embargo, Sue nunca había hablado tan en serio.
Veinticinco
Supongo que cuando la historia proporcione cierto nivel de objetividad, alguien escribirá elogios estéticos sobre los Cronolitos.
Por inmoral que pueda parecer esta idea, los monumentos son muestras de arte individuales, puesto que no hay dos que guarden demasiado parecido.
Algunos son toscos y parecen la obra de un principiante, como el Kuin de Chumphon, que es relativamente pequeño y carece de detalles, como una joya hecha con arena mojada. Otros han sido esculpidos con más precisión (aunque son tan genéricos corno las tristes obras del Realismo Soviético) y analizados con más cautela, como, por ejemplo, los monumentos de Islamabad o Ciudad del Cabo, que representan a Kuin como un gigante bondadoso y masculino.