Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
El instrumento topográfico apuntaba hacia el lejano Cronolito. Sue había abierto un mapa y lo había dejado a sus pies, sujetándolo por las esquinas con rocas. Un fuerte viento desordenaba su cabello rizado. Llevaba la ropa sucia y sus enormes gafas embadurnadas de polvo pero, por increíble que parezca, esbozó una sonrisa al verme.
—Buenos días, Scotty —saludó.
El Cronolito era un pilar de hielo cuya silueta se perfilaba contra la neblina azulada del horizonte. Llamaba la atención como cualquier otro objeto incongruente o sobrecogedor, pero además, el Kuin de Wyoming, que miraba hacia el este desde su pedestal, parecía estar observándonos.
Está apuntando hacia nosotros, pensé, como una saeta.
—¿Has descubierto algo? —intenté que mi pregunta no pareciera irónica.
—Mucho —Sue me miró. Su sonrisa era peculiar, feliz y triste a la vez. Tenía los ojos húmedos y abiertos de par en par—. Demasiado. Creo que demasiado.
—Sue…
—No, no digas nada. ¿Puedo hacerte una pregunta?
Me encogí de hombros.
—Si estuvieras haciendo la maleta para viajar al futuro, Scotty, ¿qué llevarías en ella?
—¿Qué llevaría? No sé… ¿Y tú?
—Yo me llevaría… un secreto. ¿Puedes guardar un secreto?
Esa pregunta me inquietó, pues era la que solía hacerme mi madre cuando empezaba a ser arrastrada hacia la locura. Revoloteaba a mi alrededor como una sombra maligna y me decía: “¿Puedes guardarme un secreto, Scotty?”.
Sus secretos siempre eran afirmaciones paranoicas: que los gatos podían leer en su mente; que mi padre era un impostor; que el gobierno intentaba envenenarla.
—Vamos, Scotty —dijo Sue—, no me mires así.
—Si me lo cuentas, dejará de ser un secreto —respondí.
—Bueno, eso es cierto, pero es necesario que lo comparta con alguien. No puedo contárselo a Ray porque está enamorado de mí. Y tampoco puedo compartirlo con Hitch porque él no quiere a nadie.
—Eso es críptico.
—Lo sé, pero no puedo evitarlo —miró hacia el lejano pilar azul—. Puede que no nos quede demasiado tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—El Cronolito. No va a durar demasiado porque no es estable. Es demasiado grande. Míralo, Scotty. ¿Puedes ver cómo tiembla?
—No tiembla. Es una ilusión óptica creada por el calor de la pradera.
—En parte sí, pero no todo. He realizado los cálculos una y mil veces, con esas cifras tan elevadas del bunker. Esos números —cogió su cuaderno—. He triangulado su peso y su radio, al menos a grandes rasgos… y por muy tacaña que sea con las estimaciones, siempre rebasa con creces el límite.
—¿El límite?
—¿No lo recuerdas? Si un Cronolito es demasiado grande, se hace inestable. Supongo que si me hubieran dejado publicar el artículo, lo habrían llamado “el límite Chopra” —su extraña sonrisa se desvaneció y apartó la mirada—. Puede que sea demasiado arrogante para el trabajo que tengo que hacer, pero no debo dejar que eso suceda. Tengo que ser humilde, Scotty, porque Dios sabe que seré humillada.
—¿Estás diciendo que, en tu opinión, el Cronolito se derrumbará?
—Sí, durante el día de hoy.
—Pero eso no será ningún secreto.
—No, por supuesto que no, pero la causa sí que lo será. El Límite Chopra es mi trabajo. No lo he compartido con nadie y dudo que haya alguien más realizando triangulaciones. Además, ese Kuin no durará demasiado para poder hacer cálculos precisos.
Todo esto me estaba poniendo muy nervioso.
—Sue, aunque todo esto sea cierto, la gente sabrá…
—¿Qué va a saber la gente? Lo único que sabrá el mundo entero es que el Cronolito fue destruido y que nosotros estábamos aquí con ese propósito. Entonces, llegarán a la conclusión más obvia: que tuvimos éxito, aunque con un poco de retraso. Nuestro secreto será la verdad.
—¿Y por qué tiene que ser un secreto?
—Porque no debo contarlo, y tú tampoco. Es necesario que lo guardemos durante veinte años y tres meses. Si no, no funcionará.
—Joder, Sue… ¿Qué es lo que no funcionará?
Parpadeó.
—Pobre Scotty. Estás confundido. Deja que te lo explique.
Fui incapaz de comprender todos los detalles de su explicación, pero lo que entendí fue lo siguiente:
No habíamos sido derrotados.
Sin duda alguna, en el lugar de la llegada seguía habiendo montones de periodistas que presenciarían (en cuestión de horas o minutos), el espectacular derrumbamiento del Cronolito. Según Sue, cuando esa imagen hiera retransmitida al mundo entero, el bucle de retroalimentación se interrumpiría y el aura de invulnerabilidad de Kuin se rompería en pedazos. Ganara o perdiera, Kuin dejaría de ser el destino y se convertiría en nuestro enemigo.
Sin embargo, el mundo debía creer que habíamos tenido éxito y, por lo tanto, debíamos guardar bien el secreto del Límite Chopra…
Porque Sue consideraba que no se trataba de ninguna coincidencia que este Cronolito hubiera superado el límite físico de la estabilidad.
Según ella, era obvio que se trataba de un acto de sabotaje.
De un acto de sabotaje deliberado contra un Cronolito. ¿Quién pod la realizar un acto así? Evidentemente, una persona de confianza; alguien que no sólo comprendiera la física de los Cronolitos, sino también todos y cada uno de sus detalles. Alguien que conociera los límites físicos y supiera cómo forzarlos.
—Esa saeta —dijo Sue, casi con timidez, turbada por la temeridad de sus palabras y bastante asustada—. Esa saeta está apuntando hacia mí.
Por supuesto, era locura.
Era megalomanía, auto-engrandecimiento y auto-negación, todo al mismo tiempo. Sue se había elevado hasta el rango de Shiva, el creador y el destructor.
Sin embargo, una parte de mí quería que fuera cierto.
Supongo que deseaba que el largo y destructivo drama de los Cronolitos tuviera un final… por el bien de Ashlee, por el de Kaitlin, por el mío.
Y quería confiar en Sue. Después de toda una vida de dudas, creo que necesitaba confiar en ella.
Necesitaba que su locura fuera milagrosamente divina.
Hitch seguía trabajando en la furgoneta cuando aparecieron doce motoristas en el camino, envueltos en una oleada de polvo gris.
Sue y yo corrimos hacia el cobertizo nada más verlos. Cuando llegamos, Hitch, que había sido alertado por Ray, había salido de debajo del motor y estaba cargando cuatro pistolas de mano.
Cogí una con gratitud, pero en cuanto la tuve en mis manos me repugnó su contacto: era fría y ligeramente grasienta. Me intimidaba más el contacto de aquella pistola que los extraños que se estaban aproximando, a pesar de que tenía la certeza de que eran kuinistas. En teoría, un arma ayuda a reforzar la confianza, pero a mí sólo me ayudó a ser consciente de nuestra vulnerabilidad, de lo desesperadamente solos que estábamos.
Ray Mosely se guardó su arma debajo del cinturón y empezó a pulsar frenéticamente las teclas de su teléfono de bolsillo. Hacía días que éramos incapaces de conseguir línea y tampoco ahora estaba teniendo suerte. Sus intentos parecían casi instintivos y, de alguna forma, lamentables.
Hitch le tendió un arma a Sue, pero se negó a cogerla.
—No, gracias —dijo.
—No seas estúpida.
Ahora ya oíamos el sonido de las motocicletas que se aproximaban, el canto de las cigarras, la plaga que se cernía sobre nosotros.
—Quédatela tú —dijo Sue—. Yo no sabría qué hacer con ella. Probablemente, dispararía a la persona equivocada.
Mientras decía esto me miró y, sin saber por qué, pensé en la joven de Jerusalén que le había dado las gracias poco antes de morir. Supongo que tanto sus ojos como su voz transmitían aquel mismo apremio críptico.