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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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—¿Así que le debemos el beneficio de la duda?

—No —respondió Ray—. Le debemos mucho más que eso. Le debemos nuestra lealtad.

Orgulloso como siempre de haber dicho la última palabra, Ray decidió que era el momento perfecto para dar media vuelta y regresar al campamento.

Yo me quedé de pie, en silencio, éntrela Luna y los reflectores. Desde aquí, el núcleo tau parecía muy pequeño. Era un objeto minúsculo con el que teníamos que conseguir grandes resultados.

Cuando conseguí conciliar el sueño, dormí larga y profundamente. Me desperté a mediodía bajo el tejado traslúcido de la cabaña hinchable, donde ahora descansaban algunos miembros del personal de seguridad y el agotado equipo nocturno.

Nadie se había acordado de despertarme. Todos estaban demasiado ocupados.

Salí de la penumbra del cobertizo para enfrentarme a un sol abrasador. El cielo era depravadamente brillante, una fina capa azul entre la pradera y el Sol. Lo primero que me llamó la atención fue el ruido. Si alguna vez habéis estado cerca de un estadio mientras se está disputando un partido, sabréis a qué tipo de sonido me refiero: al fragor de una gran concentración de voces humanas.

Encontré a Hitch Paley cerca de la tienda de la comida.

—Han venido más periodistas de los que esperábamos, Scotty — dijo—. Hay toda una multitud bloqueando la carretera y la Patrulla de Carreteras está intentando despejarla. ¿Sabes que ya nos han denunciado en el Congreso? Se están cubriendo las espaldas por si no lo logramos.

—¿Crees que tenemos alguna posibilidad?

—Quizá. Si nos dan un poco de tiempo.

Pero nadie quería darnos un poco de tiempo. Estaban llegando tantos militantes kuinistas que, a la mañana siguiente, los disparos empezaron en serio.

Veinticuatro

Sé cómo huele el futuro.

Es decir, el futuro que se impone sobre el pasado; el pasado y el futuro que se entremezclan entre sí como dos sustancias inocuas que, al combinarse, producen una toxina. El futuro huele como el polvo alcalino y el aire ionizado, como el metal canden te y el hielo glaciar. Y como la cordita.

A pesar de que la noche había sido relativamente tranquila, hoy, el día de la llegada, el sonido de unos disparos esporádicos me había despertado de un sueño agotador. No sonaban tan cerca como para que sintiera un pánico inmediato, pero sí para que decidiera vestirme sin perder ni un segundo.

Hítch había regresado a la tienda de provisiones y estaba comiendo con gran satisfacción un cuenco de papel repleto de judías cocidas frías.

—Siéntate —dijo—. Todo está bajo control.

—Pues no lo parece.

Se estiró dando un gran bostezo.

—Lo que oyes es un grupo de kuinistas que hay al sur, en la carretera, intercambiando opiniones con el personal de seguridad. Algunos de ellos van armados, pero lo máximo que hacen es disparar al aire y mover los puños. Sólo son simples espectadores. También hay una cantidad similar de periodistas que pretenden acercarse más de lo que permite el cerco de seguridad, pero los soldados de las Unifuerzas ya lo están solucionando. Sue quiere que estén cerca del punto de llegada… pero ya sabes, no demasiado cerca.

—¿Y cuánto es demasiado cerca?

—Es una pregunta interesante, ¿verdad? Los ingenieros y trabajadores nos apiñaremos en el bunker. Los de la prensa se situarán un poco más al este.

El denominado bunker era un puesto atrincherado, con tejado de madera, situado a un kilómetro y medio del núcleo. Sue había dispuesto en su interior el equipo necesario para controlar e iniciar el acontecimiento tau, además de diversas estufas para protegernos un poco del choque térmico. En el peor de los casos, el bunker también nos protegería de las armas de fuego.

La verdad es que el núcleo era ilógicamente vulnerable, pero las tropas de las Unifuerzas se habían comprometido a protegerlo, siempre y cuando el perímetro cercado permaneciera intacto. Hitch me dijo que la buena noticia era que la chusma de kuinistas que había en la carretera no representaba una fuerza superior a la nuestra.

—Lo conseguiremos, Scotty —dijo—. Con un poco de suerte lo lograremos.

—¿Cómo está Sue?

—No la he visto desde el amanecer, pero… yo diría que está nerviosa, muy nerviosa. Es más, no me sorprendería que le reventara una artería —me miró de un modo extraño—. ¿La conoces bien?

—Desde que estudiaba en la universidad.

—Sí, eso ya lo sé… ¿pero cuánto la conoces? Yo llevo varios años trabajando con ella, pero para ser honesto, no puedo decir que la conozca. Suele hablar de trabajo… al menos, conmigo, eso es de lo único que habla. ¿Sabes si alguna vez se ha sentido sola, asustada, enfadada?

Con el sonido de los disparos que llegaban desde la carretera, tenía la impresión de que esa conversación era totalmente incongruente.

—¿Adonde quieres ir a parar?

—No sabemos nada sobre ella y, sin embargo, aquí estamos, haciendo lo que ella nos dice. Es algo que me sorprende cada vez que lo pienso.

A mí también me sorprendía, por lo menos ahora. ¿Qué estaba haciendo aquí? La verdad es que nada, aparte de poner en peligro mi vida. De todas formas, estaba seguro de que Sue no diría eso. Estás esperando tu momento, me diría ella. Esperando la turbulencia.

Entonces pensé en la conversación que tuve en Miniápolis con Hitch, cuando me dijo que tenía las manos manchadas de sangre.

—¿Y cuánto nos conocemos nosotros?

—Esta mañana hace más frío —comentó Hitch, ignorando la pregunta—. Incluso al sol. ¿Te has dado cuenta?

Unos días antes, Adam Mills había llegado a casa de su madre, acompañado por cinco compinches y un surtido de armas encubiertas.

No entraré en detalles.

Por supuesto, Adam era un psicópata, en el sentido literal de la palabra. Tenía todos los síntomas: era antisocial, bravucón y, en cierto modo, perverso; un líder natural. Su universo mental era un ático desordenado de ideologías de segunda mano y fantasías, todas ellas centradas en Kuin o en la imagen que se había formado de él. Además, nunca había desarrollado unos vínculos naturales hacia la familia o los amigos. En todos los aspectos, era una persona carente de conciencia moral.

Ashlee, cuando su estado de ánimo era sombrío, solía culparse de que su hijo fuera así… pero Adam era un producto de su química cerebral, no de su educación. Con el perfil de su genoma y algunos análisis de sangre podrían haber detectado el problema durante su infancia. Quizá, incluso podrían haberlo tratado; sin embargo, Ash nunca tuvo el dinero suficiente para una intervención médica de ese tipo.

No me imagino, ni deseo hacerlo, todo lo que tuvo que soportar Ashlee durante aquellas horas que pasó con su hijo. Lo único que sé es que acabó revelándole dónde se suponía que aterrizaría el monumento de Wyoming y también le dio la información clave: que yo estaba allí con Hitch Paley y Sue Chopra porque teníamos la esperanza de neutralizar el Cronolito.

Pero no puedo culparla.

Por lo tanto, cuarenta y ocho horas antes de que la noticia fuera difundida por la prensa, Adam tenía información fidedigna sobre la piedra de Kuin y nuestros esfuerzos por destruirla.

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