Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
—No tenemos tiempo para discusiones.
Hitch se había puesto al mando. Estaba alerta y centrado, frunciendo el ceño como un jugador de ajedrez que se enfrenta aun duro contrincante. El refugio de hormigón sólo tenía una puerta y tres ventanas estrechas. Era un lugar relativamente sencillo de defender, pero una trampa mortal si nos vencían… pero estábamos más seguros que en la furgoneta.
—Puede que no sepan que estamos aquí —comentó Ray—. Puede que pasen de largo.
—Quizá —respondió Hitch—, pero yo no me haría demasiadas ilusiones.
Ray acercó la mano a la culata de su pistola. Sus ojos iban de la puerta a Hitch y de nuevo a la puerta, como si estuviera intentando resolver alguna cuestión matemática compleja.
—Scotty —dijo Sue—, dependo de ti.
No supe a qué se refería.
—Están reduciendo la velocidad —dijo Hitch.
—Puede que no sean kuinistas —comentó Ray.
—Sí, puede que sean monjas que están haciendo una excursión por la zona, pero yo no me confiaría demasiado.
La desventaja de los motoristas era que no tenían dónde ponerse a cubierto.
El terreno en el que nos encontrábamos era llano y en él sólo crecían hierbajos. Al darse cuenta de su vulnerabilidad, las motos se detuvieron a cierta distancia del refugio, lejos del alcance de nuestras armas.
Mientras observaba a través del agujero que había en el lado oeste de la pared, que hacía las veces de ventana, me sorprendió la incongruencia de la situación. El día era fresco y agradable, y cielo estaba tan despejado que parecía de cristal. El suave canto de los gorriones y los grillos se demoraba en el aire, e incluso el Cronolito, supuestamente inestable, parecía alzarse firme y plácido en el horizonte. Sin embargo, había una docena de hombres armados en medio del camino, sentados a horcajadas sobre sus motos, y no había nadie que pudiera ayudarnos en varios kilómetros a la redonda.
Uno de aquellos tipos se quitó el casco, sacudió su mata de sucio cabello rubio y empezó a avanzar lentamente por el camino, dirigiéndose hacia nosotros.
Y:
—¡Que me jodan si ése no es Adam Mills! —exclamó Hitch.
Supongo que Sue habría dicho que estábamos sumergidos en la turbulencia tau, justo en el punto en el que la saeta del tiempo gira sobre sí misma y vuelve a girar de nuevo… justo en el punto en el que no existen las coincidencias.
—Sólo queremos a la mujer —gritó Adam Mills desde el camino.
Su voz era áspera y chillona. En cierto modo, era casi una parodia de la voz de Ashlee, aunque carecía de toda su calidez y sutileza.
(“Ambos tenemos una historia extraña a nuestras espaldas”, me dijo una vez Ash. “Tú, una madre trastornada y yo, un hijo trastornado”.)
—¿De que mujer estás hablando? —preguntó Hitch.
—De Sulamith Chopra.
—No hay nadie conmigo.
—Creo que reconozco esa voz. Usted es el señor Paley, ¿verdad? He oído antes esa voz. Creo que la última vez estaba chillando.
Hitch se negó a responder, pero vi que apretaba con fuerza los dedos (los que le quedaban) de su mano izquierda.
—Sólo tiene que decirle que salga y nos iremos de aquí. ¿Puede oírme, señora Chopra? No tenemos intenciones de hacerle daño.
—Dispárale —susurró Ray—. Dispara a ese cabrón.
—Ray, si le disparo, lanzarán una granada por la ventana. Aunque puede que lo hagan de todas formas.
—Está bien —dijo Sue de repente, con voz calmada—. Nada de esto es necesario. Iré.
Sus palabras sorprendieron a Hitch y a Ray, pero no a mí. Había empezado a entender sus intenciones.
—Esto es ridículo. No tienes ni idea, Sue —dijo Hitch—. Esos tipos son mercenarios. Peor aún, tienen una tubería que conecta directamente con Asia. Seguro que te dejarán en manos de un posible Kuin. Para ellos, no eres más que mercancía.
—Lo sé, Hitch.
—Una mercancía muy valiosa, y por una buena razón. ¿De verdad quieres entregar todos tus conocimientos a un jefe militar chino? Te dispararé yo mismo si es eso lo que pretendes hacer.
Sue transmitía la misma placidez (al menos, de forma superficial) que un mártir de un cuadro medieval.
—Pero eso es exactamente lo que tengo que hacer.
El contorno de la cabeza de Hitch se perfilaba contra la ventana. Si Adam Mills hubiese querido, podría haberse desecho de él de un simple disparo.
—Sue, no… —dijo Hitch horrorizado.
La escena quedó congelada durante unos instantes: Hitch boquiabierto y Ray a punto de sufrir un ataque de pánico. Sue me dedicó una mirada muy rápida y significativa.
Nuestro secreto, Scotty. Guarda nuestro secreto.
—¿Lo dices en serio? —preguntó Hitch.
—Sí.
Apartó el arma de la ventana.
El edificio en el que estábamos atrapados debía de haberse construido durante alguno de los periodos cíclicos de auge petrolífero del estado, probablemente para proteger el equipo de la lluvia (aunque en esta zona no parecía llover demasiado). El suelo de hormigón estaba cubierto por todo aquello que había ido entrando por el marco de la puerta a lo largo de cincuenta o setenta y cinco años: polvo, arena, materia vegetal y restos resecos de serpientes y pájaros.
Hitch se había situado en la pared del oeste, cuyos ladrillos estaban erosionados y repletos de manchas de humedad. Sue y Ray se encontraban en el rincón del noroeste y yo estaba enfrente de Hitch, en el muro oriental.
A pesar de lo brillante que era el día, nos envolvía una luz tenue y un aire un poco más fresco que el que soplaba en la pradera, aunque esto cambiaría en cuanto el sol empezara a cocer el tejado de estaño. Las ráfagas cruzadas removían la tierra y traían consigo el aroma de antigua decadencia.
Recuerdo todo esto con claridad. Y también las combadas vigas de madera del techo, y la luz del sol que entraba en ángulo por la ventana vacía, y los hierbajos secos que se agrupaban justo debajo del umbral, y los destellos de sudor de la frente de Hitch Paley cuando apuntó, con indecisión, a Sue con su arma.
Sue estaba pálida. Una vena palpitaba en su garganta, pero prefirió guardar silencio.
—Aparta tu maldita pistola de ella —dijo Ray.
Ray, con su enredada barba y una camiseta manchada de sudor, parecía un académico de mediana edad trastornado. Sus ojos miraban con fiereza, pero había algo admirable en su tensa declaración de desafío, una feroz aunque frágil valentía.
—Hablo en serio —dijo Hitch—. No va a salir por esa puerta.
—Tengo que hacerlo —respondió Sue—. Lo siento, Ray, pero…
Sólo había dado un paso cuando Ray la empujó de nuevo hacia la esquina y cubrió con su cuerpo para impedir que se moviera.
—¡Nadie va a ir a ninguna parte!
—¿Acaso vas a esconderla hasta el día del juicio final? —preguntó Hitch.
—¡Baja el arma!
—No puedo hacerlo, Ray. Sabes que no puedo hacerlo.
Pero entonces, fue Ray quien levantó su arma.
—Deja de amenazarla o te…
Pero a Hitch Paley se le había terminado la paciencia.
Permitidme decir, en defensa de Hitch, que él conocía perfectamente a Adam Mills y sabía qué nos aguardaba bajo la despiadada luz del sol. No tenía intenciones de entregar a Sue… y creo que habría preferido la muerte antes que rendirse.
Disparó a Ray en el hombro derecho… pero desde aquella distancia, el tiro resultó mortal.
Creo que oí cómo la bala atravesaba el cuerpo de Ray y chocaba contra la pared de piedra que tenía detrás. Fue como un golpe seco de martillo sobre granito. O quizá, lo que oí sólo fue la reverberación del disparo, ensordeciéndonos en este espacio enclaustrado. A nuestro alrededor se levantó una nube de polvo. Me quedé paralizado por la incredulidad.