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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Esa noche, en la calle, se encontró con el viejo que sacaba a pasear al perro, al cual había visto en infinidad de ocasiones -dueño y perro eran llamativamente semejantes, los dos bajos, los dos rechonchos, los dos con un idéntico pelaje gris- y con una pareja que caminaba, cogidos del brazo, en dirección al Green; la chica le sonreía al hombre, enseñando los dientes superiores hasta las encías. Un chico encorvado sobre una bicicleta de carreras pasó de largo, los neumáticos siseando en la carretera asfaltada, reblandecida aún por el calor del día. Se detuvo un autobús pero no bajó nadie. Salió al ocaso. Una vaharada fragante le llegó desde los arriates de flores del parque. ¿Por qué sería que las flores difundían tan intensamente su aroma al anochecer?, se preguntó. ¿Era ésa la hora a la que salían los insectos? Cuántas cosas desconocía, cuántas cosas.

Subió a un autobús en Cuffe Street, y por muy poco no vio el deportivo de silueta baja, verde manzana, que cruzó en ese momento y aceleró en dirección hacia la calle por la que ella acababa de llegar.

Capítulo 2

Desde hacía mucho tiempo Maggie, la criada, había ocultado un hecho irreversible, y era que se estaba quedando ciega. Estaba convencida de que el señor Griffin se libraría de ella tan pronto como se enterase, pues ¿de qué podía servirle una criada ciega? Esa era una de las razones por las que fingía no oír el timbre de la puerta, pues le daba miedo que al abrir no fuera capaz de distinguir quién era, y caso de que fuese alguien cuyo deber era conocer de vista se le notaría la ceguera. Así pues, esa noche se escondió en la despensa del sótano y dejó que fuera el señor Griffin quien atendiera la puerta, y no salió hasta que contó la llegada de los tres invitados. Eran el señor Quirke y Phoebe, además de esa mujer de Estados Unidos, la vieja bruja que trataba de hacerse pasar por una mujer todavía joven, Rose… como se llamase. Iba a ser una ocasión más bien nada festiva. Nada que ver con las cenas que se celebraban cuando la señora aún estaba viva y ella se ocupaba de todo con suma atención. No es que la señora fuese la vitalidad en persona, pero al menos se encargaba de comprar viandas decentes, y bebidas, y se vestía con buen gusto y con animación cuando recibía invitados en su casa.

Estaba deseosa de ver al señor Quirke. Le tenía afecto, siempre se lo había tenido, incluso cuando bebía como un descosido. Ahora había dejado la bebida, o eso decía al menos. Una lástima, porque cuando estaba medio beodo le tomaba el pelo y bromeaba con ella y le hacía reír. De un tiempo a esta parte se habían acabado las risas en la casa.

Poco le faltó para tropezar con el perro cuando subía cargada con la bandeja de los sandwiches. Atinó a propinar una patada al animal, que se alejó veloz y gimoteando. Un día de éstos tenía la intención de comprar una lata de veneno para ratas en la farmacia de Rathgar Road y así poner fin a las desdichas del perro. Allí no lo quería nadie, ni siquiera el señor Griffin, quien supuestamente era su dueño. La joven Phoebe se lo había regalado para que le hiciera compañía cuando él regresó de Estados Unidos, después de que falleciera la señora. ¡Compañía, qué ocurrencia! Aquel bicho era más un incordio que otra cosa. Esta familia tenía propensión a dar acogida a los descarriados del mundo. Primero, muchos años antes, había sido aquella Dolly Moran a la que después asesinaron, y luego aquella otra, Christine no sé qué, aquella fresca que era pura desfachatez y que también había muerto. Y el mismo señor Quirke había sido un huérfano al que el viejo juez Griffin había rescatado del orfanato para llevárselo a vivir a la casa como si fuera de su propia familia. Maggie, arrastrando los pies por el pasillo en penumbra, con la bandeja en las manos, rió por lo bajo. «Pues sí -pensó-, como si fuera de su propia familia».

En el salón, Quirke tomó la bandeja de manos de Maggie y le dio las gracias y le preguntó qué tal estaba. Las puertaventanas se hallaban abiertas al jardín, donde una luz meditabunda, teñida por los tilos, encharcaba la hierba bajo los árboles de ramas encorvadas. Rose Crawford, con la copa de vino en la mano, estaba en la puerta, vuelta de espaldas a la sala, mirando al exterior. Mal, con un traje gris oscuro, fúnebre, y una corbata de lazo azul oscura, se encontraba con ella. No estaban hablando, nunca habían tenido gran cosa que decirse el uno al otro. Phoebe estaba sentada en un sillón frente a la chimenea vacía,

pasando perezosamente las páginas de un álbum de fotografías encuadernado en cuero. Quirke depositó la bandeja en la gran mesa de caoba, donde había botellas y vasos y cuencos de frutos secos y fuentes con rodajas de pepino y tallos de apio y zanahorias partidas en cuatro. Era el segundo aniversario de la muerte de Sarah.

Llevó su vaso de agua con gas al otro extremo de la sala y se sentó en el brazo del sillón que ocupaba Phoebe, a la que miró mientras ella pasaba las páginas del álbum.

– Qué triste -murmuró ella sin levantar los ojos-. Qué rápido pasa todo.

Él no dijo nada. Se había detenido ella en una página que contenía fotografías de Sarah en el día de su boda, fotografías formales, envaradas, que había tomado un profesional. En una aparecía con su vestido blanco, de cola, y su velo de novia, junto a una columna dórica en miniatura, sujetando un ramillete de rosas en la mano y mirando a la cámara con una sonrisa levemente dolorida. A pesar de la evidente falsedad del decorado, el fotógrafo había logrado dar una impresión muy real de antigüedad. Phoebe tenía razón, pensó Quirke, en lo rápido que, desde luego, había pasado todo. Recordó el día en que se tomó aquella fotografía, lo cual fue motivo de asombro, teniendo en cuenta hasta qué profundidades había ahogado sus penas aquel día, al ver desbaratadas definitivamente todas las posibilidades que le pudieran quedar con ella.

Rose Crawford se dio la vuelta y caminó hacia la mesa para servirse otra copa. Llevaba un vestido ceñido, de seda azul noche, que rebrillaba en formas angulosas como el metal con cada uno de sus movimientos. Llevaba el cabello negro y reluciente -se lo debía de teñir, pensó Quirke- muy corto y retirado de la cara en dos alas onduladas, que subrayaban la belleza clásica de su perfil y le daban a la vez un aire de ferocidad, de halcón. Dejó su sitio en el brazo del sillón y se acercó a ella. Había dado un mordisco a una esquina de un sandwich triangular, sin corteza, y en el momento en que él se aproximaba dejó de masticar y dejó la copa en la mesa y con los dedos se extrajo de la boca un pelo largo y gris.

– Oh, ay -gimió de un modo apenas audible-. Es de la criada, lo sé.

– ¿De Maggie? -dijo Quirke-. Está medio ciega la pobre.

Rose suspiró, dejó el sandwich mordido y tomó la copa.

– No os entiendo -dijo-. Aceptáis las cosas como si no hubiera nada que hacer y nada tuviese remedio.

– ¿Te refieres a mí o a nosotros en general?

– Me refiero a esta sociedad, a este país. No he dejado de asombrarme desde que estoy aquí.

– ¿Qué es lo que te asombra en concreto?

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