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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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– El bebé gato -tarareaba y movía la mecedora-. Mece al bebé gato en la copa del árbol.

Dio la sensación de que Rosette reaccionaba. El llanto cesó, al menos a ratos. Ganó peso. Por la noche dormía de tres a cuatro horas. Anouk insistió en que se debía al aire de Les Laveuses y dejó platillos con leche y azúcar para las hadas, por si venían a ver cómo estaba el bebé gato.

No volví a la consulta del médico de Angers. Los análisis no mejorarían el estado de Rosette. Anouk y yo la vigilamos, la bañamos con hierbas, le cantamos, masajeamos sus extremidades delgadas como tubos con lavanda y bálsamo del tigre y le dimos leche con un gotero porque no quiso saber nada de la tetina del biberón.

Un bebé de las hadas, decretó Anouk. A decir verdad, era muy bonita y delicada, con la cabeza pequeña pero bien formada, los ojos muy separados y la barbilla puntiaguda.

– Incluso parece un gato -continuó Anouk-. Es lo que dice Pantoufle. ¿No es cierto, Pantoufle?

Ah, sí, Pantoufle. Al principio supuse que Pantoufle desaparecería en cuanto Anouk tuviese una hermana pequeña de la que ocuparse. El viento todavía soplaba sobre el Loira y el solsticio de invierno, lo mismo que el de verano, es una época de cambio, un período incómodo para los viajeros.

Con la llegada de Rosette dio la sensación de que, en todo caso, Pantoufle se fortalecía. Me di cuenta de que lo veía cada vez con más claridad: sentado junto a la cuna de la pequeña, la contemplaba con sus ojos de botones negros mientras Anouk la acunaba, le hablaba y cantaba para tranquilizarla.

V'là l'bon vent, v'là l'joli vent…

– ¡Pobre Rosette, no tiene un animal! -se lamentó Anouk mientras permanecíamos junto a la estufa-. Tal vez por eso llora sin cesar. Quizá deberíamos pedir a alguno que venga a cuidarla del mismo modo que Pantoufle se ocupa de mí.

Sonreí al oír ese comentario, pero Anouk hablaba en serio y tendría que haber sabido que, si no me ocupaba de resolver el problema, ella lo solventaría. Por eso le prometí intentarlo. Por una vez le seguiría el juego. Nos habían ido muy bien los últimos seis meses sin barajas, hechizos y rituales, pero los añoraba, lo mismo que Anouk. ¿Qué daños podía causar un sencillo juego?

Hacía casi una semana que vivíamos en Les Laveuses y nuestra situación mejoraba. Habíamos hecho varios amigos en el pueblo y me había encariñado con Framboise y Paul. Estábamos cómodas en el piso de arriba de la crepería. A causa del nacimiento de Rosette nos habíamos saltado la Navidad, pero se acercaba el Año Nuevo, cargado con la promesa de nuevos inicios. El aire era frío, pero despejado y escarchado, y el cielo había adquirido un vibrante e intenso tono azul. Aunque Rosette no dejó de preocuparme, lentamente aprendimos sus hábitos y, con la ayuda de un gotero, le proporcionamos el alimento que necesitaba.

Fue entonces cuando nos pilló el padre Leblanc. Se presentó con una mujer que, según dijo, era enfermera, si bien sus preguntas, que Anouk me repitió, me llevaron a suponer que se trataba de una trabajadora social. No estaba en casa cuando vinieron, ya que Paul me había llevado a Angers en coche para comprar pañales y leche para Rosette, pero Anouk sí que estaba y Rosette se encontraba en su cuna, en el primer piso. Se presentaron con una cesta de alimentos y se mostraron tan bondadosos e interesados (preguntaron por mí y dieron a entender que éramos amigos) que, en su inocencia, mi confiada Anouk reveló mucho más de lo que era aconsejable.

Les habló de Lansquenet-sous-Tannes y de nuestros viajes por el Carona con los gitanos del río. Les habló de la chocolatería y de la fiesta que habíamos organizado. Les habló de Yule, de los saturnales, de las divinidades neopaganas de los solsticios de invierno y de verano (el rey del acebo y el del roble) y de los dos grandes vientos que dividen el año. Cuando mostraron interés por las bolsitas rojas de la buena suerte que colgaban de la puerta y los platillos con pan y sal del umbral, Anouk mencionó las hadas, las divinidades menores, los tótems animales, los rituales a la luz de las velas, la salida la luna, el canto al viento, la baraja del tarot, los bebés gato…

¿Los bebés gato?

– Claro que sí -respondió mi hija del estío-. Rosette es un bebé gato, razón por la cual le gusta la leche. También por eso maúlla toda la noche como un gato. No pasa nada. Solo necesita un tótem. Todavía esperamos que llegue.

Me imagino cómo interpretaron esas palabras: secretos, ritos, bebés sin bautizar, niños que quedan a cargo de desconocidos y cosas aún peores…

El cura le preguntó si le apetecía acompañarlo. Está claro que no tenía autoridad para proponérselo. Le dijo que con él estaría a salvo, que la mantendría a salvo mientras durase la investigación. Hasta es posible que se la hubiese llevado si Framboise no hubiera ido a ver cómo estaba Rosette y los hubiese encontrado en el obrador, Anouk al borde de las lágrimas y el sacerdote y la mujer hablando severamente, diciendo que sabían que estaba asustada pero no estaba sola, que cientos de niños se encontraban en su misma situación y que se salvaría si confiaba en ellos…

Framboise los mandó con la música a otra parte y preparó té para Anouk y leche para Rosette. Seguía allí cuando Paul y yo regresamos y me refirió la visita de la mujer y el cura.

– Esa gente no sabe ocuparse de sus asuntos -comentó desdeñosamente mientras bebía una taza de té-. Buscan demonios hasta debajo de la cama. Les dije que bastaba mirar el rostro de la niña… -Ladeó la cabeza hacia Anouk, que jugaba con Pantoufle-. «¿Es el rostro de una menor en peligro? ¿Les parece que tiene miedo?»

Está claro que se lo agradecí, pero en el fondo supe que regresarían, quizá con una autorización legal, una especie de orden de registro o para interrogarme. Sabía que el padre Leblanc no cejaría en su empeño y que, si se le presentaba la oportunidad, ese hombre bondadoso, bienintencionado y peligroso (u otro como él, alguien de su calaña) me perseguiría hasta los confines de la tierra.

– Mañana nos vamos -decidí finalmente.

Anouk lanzó un chillido de protesta:

– ¡No! ¡No, otra vez no!

– Nanou, tenemos que irnos. Esa gente…

– ¿Por qué nosotras? ¿Por qué siempre nos toca? ¿Por qué, para variar, no se los lleva el viento?

Miré a Rosette, que dormía en la cuna; a Framboise, con su cara arrugada como una vieja manzana de invierno, y a Paul, que había escuchado en medio de un silencio que expresaba más que todo lo que podría haber dicho con palabras. En ese momento un brillo llamó mi atención, algo que podría haber sido un juego de luces, una chispa de electricidad estática o un ascua que escapó de la chimenea.

– El viento arrecia -aseguró Paul, y escuchó por el cañón de la chimenea-. No me sorprendería que estallase una tormenta.

Ciertamente, en ese momento oí el último ataque del viento de diciembre. Diciembre, desesperación. Su voz quejumbrosa, gimiente y riente me llegó a lo largo de la noche, que Rosette pasó inquieta, por lo que permanecí junto a su cuna y dormí a trancas y barrancas mientras el viento berreaba y sacudía las tejas y los marcos de las ventanas.

A las cuatro percibí que algo se movía en la habitación de Anouk. Rosette estaba despierta. Fui a ver qué pasaba. La encontré sentada en el suelo, en medio de un círculo irregularmente trazado con tiza amarilla. Junto a su cama había una vela encendida, así como otra sobre la cuna de Rosette, y en medio de esa cálida luz amarilla estaba sonrosada y encendida.

– Mamá, lo hemos solucionado -me comunicó con los ojos brillantes-. Lo hemos arreglado para quedarnos.

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