Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
No tiene la menor importancia. Sé dónde está: trabaja para Thierry en la rue de la Croix. Desconozco por qué no ha vuelto, las razones por las cuales mamá no quiere verlo o los motivos por los que Thierry lo detesta tanto.
Cuando subí a su cuarto, hablé del tema con Zozie. Rosette estaba allí y habíamos jugado a un juego ruidoso y absurdo. Rosette estaba muy entusiasmada y reía como loca; Zozie hacía de caballo salvaje, Rosette cabalgaba sobre ella y de repente, sin motivo, se me erizó el pelo de la nuca y cuando levanté la cabeza vi un mono amarillo sentado en la repisa de la chimenea, lo vi tan claramente como a veces a Pantoufle.
– Zozie -murmuré.
Zozie alzó la mirada. No se mostró nada sorprendida porque ya había visto a Bam.
– Tienes una hermana pequeña muy inteligente -afirmó, y sonrió a Rosette, que se había apeado de su espalda y jugaba con las lentejuelas de un almohadón-. No os parecéis, pero supongo que las semejanzas físicas no lo son todo.
Abracé a Rosette y la besé. Es tan tierna que en ocasiones me recuerda una muñeca de trapo o un conejo con las orejas caídas.
– Verás, no tenemos el mismo padre -expliqué.
Zozie sonrió y reconoció:
– Me lo figuraba.
– Claro que no tiene la menor importancia. Mamá dice que elegimos a nuestra familia.
– ¿Eso dice?
Moví afirmativamente la cabeza.
– De esa forma es mejor. Cualquiera puede formar parte de nuestra familia. Según mamá, no tiene que ver con el nacimiento, sino con lo que sientes por los demás.
– Entonces…, ¿entonces yo también podría ser de la familia?
Sonreí a Zozie.
– Ya lo eres.
Se desternilló de risa.
– Soy tu tía perversa y te corrompo con la magia y los zapatos.
Ese comentario me disparó. Rosette se sumó a la juerga. Por encima de nosotras, el mono amarillo se puso a bailar y logró que danzase todo lo que había sobre la repisares decir, los zapatos de Zozie, alineados como adornos pero mucho más interesantes que las figurillas de cerámica. Me pareció muy natural que las tres estuviéramos allí, pero de pronto experimenté remordimientos porque mamá seguía abajo y cuando estamos en ese cuarto a veces resulta muy fácil olvidar que existe.
– ¿Nunca te preguntaste quién es su padre? -preguntó Zozie de sopetón y me miró. Me encogí de hombros. Ese tema nunca me ha preocupado. Siempre nos hemos tenido a nosotras mismas y no necesitamos a nadie…-. Lo más probable es que lo conozcas. Cuando nació tenías seis o siete años y me pregunté si… -Observó su pulsera, jugueteó con los dijes y tuve la sensación de que intentaba transmitir algo que no quería expresar con palabras.
– ¿A qué te refieres?
– Bueno… Mírale el pelo. -Apoyó la mano en la cabeza de Rosette, que tiene los cabellos del color de las rodajas de mango, muy rizado y sedoso-. Mírale los ojos. -Son de un tono gris verdoso muy pálido, como los de los gatos, y redondos como monedas-. ¿No te recuerda a alguien? -Me devané los sesos durante varios segundos-. Piensa, Nanou: pelo rojo, ojos verdes, a veces es una lata…
– ¿Te refieres a Roux? -inquirí y me eché a reír, pero de pronto me sentí interiormente nerviosa y deseé que Zozie callase.
– ¿Por qué no? -insistió.
– Me habría dado cuenta.
Si he de ser sincera, nunca he pensado demasiado en el padre de Rosette. Supongo que en el fondo sigo creyendo que nunca tuvo padre y que la trajeron las hadas, tal como siempre sostuvo la anciana.
Un bebé mágico, un bebé especial…
A lo que me refiero es a que no es justo lo que opina la gente: que es estúpida, retardada o tonta. Solíamos considerarla un bebé especial, especial en el sentido de diferente. Mamá no quiere que seamos diferentes, pero Rosette lo es y me gustaría saber qué tiene de malo.
Thierry insiste en que hay que buscar ayuda para ella, ya sea terapia, logopedia o todo tipo de especialistas, como si existiese una cura por ser especial que un especialista está obligado a conocer.
No existe cura del hecho de ser diferente. Zozie ya me lo ha enseñado. Es imposible que Roux sea el padre de Rosette. Me refiero a que hasta ahora nunca la había visto, ni siquiera conocía su nombre.
– No puede ser el padre de Rosette -declaré, aunque para entonces ya no estaba tan segura.
– En ese caso, ¿quién es el padre de tu hermana?
– No lo sé, pero es imposible que Roux lo sea.
– ¿Por qué?
– Porque en ese caso se habría quedado con nosotras, por ese motivo. No habría permitido que nos fuéramos.
– Quizá no lo sabe. Tal vez tu madre nunca se lo dijo. Al fin y al cabo, jamás te contó que…
Me puse a llorar. Reconozco que es una estupidez. Detesto ponerme a llorar y, por alguna razón, no podía parar. Fue como una explosión interior y no supe si odiaba a Roux o si lo quería más que antes…
– Cálmate, Nanou. -Zozie me abrazó-. No pasa nada.
Apoyé la cara en su hombro. Llevaba un jersey grueso, grande y viejo y las trenzas se hundieron lo bastante en mi mejilla como para dejar huella. Me habría gustado decirle que sí pasaba algo, que decir que no pasa nada es la frase a la que apelan los adultos cuando no quieren que los niños sepan la verdad y que la mayoría de las veces encubre una mentira.
Tengo la impresión de que los adultos siempre mienten.
Dejé escapar un hondo y estremecido sollozo. ¿Es posible que Roux sea el papá de Rosette? Rosette ni siquiera lo conoce; no sabe que le gusta el chocolate caliente negro, con ron y azúcar moreno; no lo ha visto crear una nasa con ramas de sauce o una flauta con un trozo de bambú; tampoco está al tanto de que Roux oye el reclamo de los pájaros del río y los imita tan bien que las aves no notan la diferencia…
Es su padre y Rosette ni siquiera lo sabe.
Me parece injusto. Tendría que haber sido yo…
En ese momento evoqué algo más: un recuerdo, un sonido conocido, el aroma de algo lejano. Se aproximaba y entraba como la estrella puntiaguda del belén. Casi casi lo recordé, pero no quería. Cerré los ojos. Permanecí casi inmóvil. De pronto tuve la certeza de que, por muy poco que me moviese, todo saldría disparado, como la gaseosa cuando alguien agita la botella y que, cuando se abre, ya no hay vuelta atrás…
Me puse a temblar.
– ¿Qué te pasa? -quiso saber Zozie. No pude moverme ni articular palabra-. Nanou, ¿de qué tienes miedo?
Oí el tintineo de los dijes de su pulsera y el sonido fue casi igual al de las campanillas que cuelgan encima de la puerta.
– De las Benévolas -susurré.
– ¿De qué hablas? ¿Qué son las Benévolas? -Percibí apremio en su tono. Apoyó las manos en mis hombros y sentí lo mucho que ansiaba saberlo, estremeció todo su cuerpo como un rayo en una vasija-. Nanou, no tengas miedo -insistió-. Solo quiero que me digas lo que significa, ¿vale?
Las Benévolas.
Los Reyes Magos.
Los sabios que portan regalos.
Emití la clase de ruido que haces cuando intentas despertar de un sueño y no puedes. En mí se apiñaron demasiados recuerdos y me presionaron, pues todos querían ser vistos a la vez.
La casita a orillas del Loira.
Parecían tan amables, tan interesados.
Incluso habían llevado regalos.
En ese instante abrí los ojos súbita y desaforadamente. Dejé de sentir miedo. Por fin recordé y comprendí. Sabía qué había ocurrido y nos había cambiado, nos había obligado a huir, incluso de Roux; nos había obligado a fingir que éramos seres corrientes cuando en el fondo sabíamos que jamás lo seríamos.