Zapatos de caramelo
- Автор: Харрис Джоанн
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
En cuanto a Vianne, percibo su preocupación… y también su desilusión. No ha visitado la rue de la Croix. Anouk también ha recibido instrucciones estrictas de mantenerse al margen. Vianne insiste en que, si quiere verlas, Roux ya irá. En caso contrario…, bueno, es su decisión.
Thierry estaba más impaciente que nunca. Entró en el obrador, donde Vianne colocaba cuidadosamente los bizcochitos de harina de almendras en una hoja de papel de hornear. Creí percibir algo furtivo en la forma en la que el constructor entrecerró la puerta y reparé en que sus colores eran más vivos que de costumbre y estaban bordeados de rojos y púrpuras intermitentes.
– Esta semana apenas te he visto. -Su voz resuena y la oí claramente en el local. Vianne no se percibe con claridad, aunque me llegó un murmullo parecido a una protesta, los sonidos de una disputa y la risa descomunal de Thierry-. Venga ya, un beso. Yanne, te he echado mucho de menos.
De nuevo un murmullo y la voz de Vianne que sube de tono:
– Thierry, ten cuidado, los bombones…
Reprimí una sonrisa. El viejo cabrón se pone cachondo, ¿no? La verdad es que no me sorprende. Es posible que esa fachada de caballero haya engañado a Vianne pero, al igual que los perros, los hombres son previsibles… y Thierry le Tresset más que la mayoría. Bajo la aparente seguridad en sí mismo, Thierry se siente muy inseguro y la llegada de Roux ha agudizado esa sensación. Se ha vuelto territorial, tanto en la rue de la Croix, donde su autoridad sobre Roux le proporciona una emoción extraña y no reconocida, como aquí, en Le Rocher de Montmartre.
Oí débilmente la voz de Vianne al otro lado de la puerta:
– Por favor, Thierry, no es el momento.
Mientras tanto, Anouk estaba atenta a todo. Su cara no reveló la menor expresión, pero sus colores resplandecieron. Le sonreí y no respondió. Se limitó a mirar hacia la puerta e hizo una ligera señal con los dedos. Al resto de los mortales se les habría escapado. Tal vez ni siquiera se dio cuenta de lo que hacía pero, en ese mismo instante, una corriente de aire pareció afectar la puerta del obrador, que se abrió bruscamente y chocó con la pared pintada.
La interrupción fue discreta, pero suficiente. Detecté una llamarada de contrariedad en los colores de Thierry y una especie de alivio en Vianne. Es evidente que esa impaciencia le resulta nueva, pues está muy acostumbrada a considerar a Thierry una especie de tío mayor, fiable y seguro aunque un pelín aburrido. La posesividad del constructor le resulta abrumadora y por primera vez empieza a reparar en un sentimiento que no solo es de alarma, sino de desagrado.
Piensa que se debe a Roux y que las dudas la abandonarán cuando él se vaya. De momento, la incertidumbre la pone nerviosa y la vuelve irracional. Besa a Thierry en la boca (en el lenguaje de los colores, la culpa es verde mar) y le dedica una sonrisa forzadamente entusiasta.
– Te lo compensaré -asegura Vianne.
Anouk hace un diminuto gesto de rechazo con dos dedos de la mano derecha.
Frente a ella, en la sillita, Rosette la observa con la mirada encendida. Copia la señal, que significa «¡Fuera, fuera, lárgate!», y Thierry se palmea la nuca como si acabara de picarlo un insecto. Las campanillas tintinean…
– Tengo que irme.
¡Vaya si tiene que irse! Torpe a causa del abrigo grueso, está a punto de tropezar cuando abre la puerta. Anouk se ha metido la mano en el bolsillo, donde mantiene a salvo el muñeco de pinza. Lo saca, se dirige al escaparate y, con gran cuidado, lo coloca en el exterior de la casa.
– Adiós, Thierry -lo despide Anouk.
Adiós, indica Rosette con los dedos.
La puerta se cierra de un portazo. Las niñas sonríen.
Francamente, hoy soplan muchas corrientes de aire.
11
Sábado, 8 de diciembre
Bueno, para empezar no está mal. El equilibrio de fuerzas comienza a cambiar. Es posible que Nanou no lo vea, pero yo sí. Son cosillas, al principio benignas, que la volverán mía en un abrir y cerrar de ojos.
Hoy se quedó casi todo el día en el local, jugó con Rosette, ayudó… y aguardó la oportunidad de usar sus nuevos muñecos de pinza. Se presentó con madame Luzeron que, pese a que no era el día habitual, hizo acto de presencia a media mañana, con el perrillo peludo a rastras.
– ¿De nuevo por aquí? -pregunté y sonreí-. Por lo visto, estamos haciendo las cosas bien.
Vi que el rostro de madame estaba tenso y que vestía el abrigo de ir al cementerio, lo que significaba que seguramente lo había visitado. Supuse que se trataba de una fecha señalada, el nacimiento o el aniversario de la muerte; sea como fuere, parecía cansada y frágil y sus manos enguantadas temblaban de frío.
– Siéntese -propuse-. Le traeré una taza de chocolate caliente.
Madame titubeó y musitó:
– No debería.
Anouk me dirigió una mirada furtiva y la vi sacar el muñeco de pinza de madame, marcado con el signo seductor de la señora de la Luna de Sangre. Un trozo de arcilla de modelar sirve de base y en un santiamén madame Luzeron o mejor dicho, su doble, se encuentra en el interior de la casa de Adviento y contempla el lago, en el que están los patinadores y los patitos de chocolate.
Durante unos segundos madame no se percató de nada y enseguida desvió la mirada, tal vez hacia la niña de cara alegre y sonrosada, quizá hacia el objeto colocado en el escaparate, que brillaba con una luz peculiar.
Su boca desaprobadora se suavizó.
– Ahora que me acuerdo, de niña tuve una casa de muñecas -comentó, y estudió el escaparate.
– ¿De verdad? -pregunté y sonreí a Anouk.
Es muy poco habitual que madame ofrezca espontáneamente información.
Madame Luzeron bebió un sorbo de chocolate.
– Así es. Perteneció a mi abuela y, aunque supuestamente pasó a ser mía cuando murió, nunca me permitieron jugar con ella.
– ¿Por qué? -intervino Anouk, sujetando firmemente el perrillo de algodón al vestido del muñeco de pinza.
– Bueno, porque era demasiado valiosa… Cierta vez un anticuario me ofreció cien mil francos por la casa… Además, se trataba de una herencia, no era un juguete.
– De modo que nunca pudo jugar con esa casa. Me parece injusto -opinó Anouk y, con gran cuidado, depositó un ratón de azúcar verde bajo el árbol de papel de seda.
– Era pequeña -prosiguió madame Luzeron-. Podría haberla roto o… -Calló, levantó la cabeza y vi que estaba paralizada-. ¡Qué curioso! Hacía años que no pensaba en esa casa. Cuando Robert quiso jugar con ella… -Dejó la taza con un movimiento súbito, brusco y mecánico-. Claro que fue injusto, ¿no?
– Madame, ¿se encuentra bien? -pregunté.
Su rostro delgado había adquirido el color del azúcar en polvo y formaba arruguillas, como el glaseado de un pastel.
– Estoy bien, gracias por preguntar. -Su voz sonó fría.
– ¿Quiere un trozo de pastel de chocolate? -terció Anouk, con cara de preocupación y siempre dispuesta a ofrecer un regalo.
– Gracias, querida, encantada.
Anouk cortó un trozo generoso de pastel.
– ¿Robert era su hijo? -quiso saber. Madame asintió en silencio-. ¿Cuántos años tenía cuando falleció?
– Trece -respondió madame-. Seguramente era un poco mayor que tú. Nunca averiguaron qué ocurrió. Fue un niño tan sano…, nunca le permití comer golosinas… y de pronto falleció. Parece imposible, ¿no? -Anouk meneó la cabeza con los ojos desmesuradamente abiertos-. Perdió la vida tal día como hoy, el ocho de diciembre de 1979. Sucedió mucho antes de que nacieras. En aquellos tiempos todavía podías comprar una parcela en el cementerio grande, siempre y cuando estuvieses dispuesta a pagar lo que pedían. He vivido siempre aquí y mi familia tiene dinero. Si hubiese querido, lo habría dejado jugar con la casa de muñecas. Dime, ¿alguna vez has tenido una casa de muñecas? -Anouk volvió a negar con la cabeza-. Aún la conservo, está en el desván. Incluso tengo las muñecas originales y los pequeños muebles. Todo está hecho a mano con materiales auténticos: espejos venecianos en las paredes, realizados antes de la Revolución. Me gustaría saber si algún niño jugó alguna vez con la condenada casa. -Madame Luzeron se ruborizó ligeramente, como si el empleo de una palabra malsonante hubiese dotado su rostro exangüe de algo parecido a la animación-. ¿Te gustaría jugar con ella?