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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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«Oh, Dios.»

El doctor levantó la cabeza y la soltó lentamente. Tras estudiarla durante varios segundos, dio un paso atrás y la observó, sorprendido.

– Bastante insípido, ¿no le parece?

Catherine sintió que le ardían las mejillas.

– Me temo que sí.

– Y bien, ¿ha quedado satisfecha su curiosidad?

Sentimientos de culpa llovieron sobre Catherine, llenándola de vergüenza por haberle utilizado de un modo tan poco gentil. Dios santo, ¿en qué clase de persona se había convertido? No estaba segura… aunque lo que sí sabía era que no se gustaba demasiado.

Se sintió presa de un calor nacido del remordimiento. El hecho de que él hubiera encontrado el beso tan falto de pasión como ella era un claro indicador de que no sentía por ella el menor deseo. Y ella se había echado en sus brazos. Como una vulgar ramera. Se habría reído de su propia vanidad de haber sido capaz de hacerlo. Por el contrario, rezó para que milagrosamente se abriera un agujero en la tierra que la tragara. «Retirada -gritó su mente-. ¡Retirada!»

– No sabe cuánto lo siento -dijo-. Yo…

– No tiene por qué disculparse. Lo entiendo perfectamente. Debo confesar que en una ocasión besé a una mujer a fin de comparar mi reacción con otra. Lo cierto es que creo que es una práctica de lo más común. Un poco como probar una muestra de mermelada de fresa y de mora para determinar cuál de las dos preferimos.

Su buen humor y su comprensión sólo lograron que Catherine se sintiera peor. De nuevo su mente le ordenó que se retirara, pero antes de que pudiera moverse, el doctor dijo:

– No se aflija, lady Catherine. Desde el momento en que llegué a Little Longstone, y de eso hace ya seis meses, usted me ofreció una amistad que yo tengo en gran estima. Me ha invitado a su casa a compartir con usted comida y risas y, salvo por este pequeño error, jamás me ha dado la menor esperanza de que pudiéramos ser nada más que amigos, error que valoro en la medida en que también ha satisfecho mi propia curiosidad. Estamos destinados a ser sólo amigos. -Se pasó la yema del pulgar por los labios y le guiñó el ojo-. Mejores amigos que muchos, pero, aun así, sólo amigos.

Eternamente agradecida al verle comportarse con tamaña elegancia, y al ver que no la había humillado aún más, Catherine forzó una sonrisa y dijo:

– Gracias. Me alegro de que seamos amigos.

– También yo. -Se dio una palmadita en la mandíbula-. Sólo espero que él no intente rompérmela.

– ¿A quién se refiere? ¿Romperle qué?

– A Andrew Stanton. Y mi mandíbula. No le haría nada feliz descubrir que la he besado -confesó con una sonrisa de oreja a oreja-. Aunque confío en que lograría convencerle para que no me golpeara hasta convertirme en polvo. Y si no, bueno… puede que él sea un hombre fuerte, pero también yo conozco unos cuantos trucos.

Si la temperatura que encendía las mejillas de Catherine aumentaba un poco más, muy pronto empezaría a echar vapor por los poros. Retrocedió lentamente hacia la puerta abierta al tiempo que todo su ser la conminaba a la retirada.

– Debo irme. Gracias por su amabilidad y por su comprensión.

– Ha sido un placer. -El doctor la acompañó a la puerta principal y Catherine se alejó apresuradamente por el sendero que llevaba a villa Bickley. En cuanto tuvo la certeza de estar fuera del campo de visión del doctor Oliver, se llevó las manos a las mejillas encendidas, rezando para no sufrir ninguna enfermedad en el futuro cercano porque tendría que pasar mucho tiempo antes de que se atreviera a mirar al médico de nuevo a la cara.

Antes de dirigirse a caballo a villa Bickley, Andrew se detuvo brevemente en el pueblo de Little Longstone para hacer algunas compras. Justo cuando estaba a punto de entrar en la herrería, le recorrió una extraña sensación. Se volvió, escudriñando la zona con atención. Filas de tiendas, varias docenas de peatones, un coche de dos caballos con un hombre y una joven sentados en el asiento, dos damas charlando debajo de un toldo de rayas azules y blancas. Nadie parecía prestarle ninguna atención especial y aun así tenía la intensa sensación de que alguien le observaba. Y era la segunda vez en lo que iba de día que experimentaba la misma sensación.

Aproximadamente una hora antes, mientras se dirigía allí desde Londres, había sentido el mismo hormigueo de advertencia. Había detenido a Afrodita, pero no había visto ni oído a nadie. Sin embargo, la inquietante sensación persistía ahora, incluso más fuerte que antes. Aunque ¿quién podía estar observándole? ¿Y por qué? ¿Serían acaso imaginaciones suyas? No podía negar que estaba cansado y que tenía en la cabeza muchas cosas. Sin duda era todo obra de sus preocupaciones, de pronto enloquecidas. Aun así, se aseguró de permanecer alerta.

Después de terminar sus asuntos con el herrero, se dirigió a lomos de su caballo a villa Bickley, donde estuvo unos minutos charlando con Fritzborne en los establos antes de cruzar apresuradamente los parterres de césped que llevaban a la casa, ansioso por ver a Catherine y a Spencer. Les había echado muchísimo de menos, víctima de un profundo y reverberante vacío que había hecho presa en él desde su partida de Little Longstone el día anterior. Volver a villa Bickley era como volver a casa, una cálida sensación que no experimentaba desde hacía más de una década.

El sol de última hora de la tarde doraba la casa, iluminándola como si un halo rodeara el edificio, y aceleró el paso. Había estado fuera apenas treinta y seis horas y tenía la sensación de que habían transcurrido años. Sin duda, pues de hecho habían pasado treinta y siete horas. Y veintidós minutos. Y no es que llevara la cuenta.

Milton abrió la puerta con un inhóspito ceño que se relajó de inmediato al ver a Andrew de pie en el umbral.

– Ah, es usted, señor.

Andrew arqueó las cejas y sonrió.

– Obviamente, esperaba usted a alguien más.

– De hecho, esperaba que no hubiera más visitas esta tarde. -Se aclaró la garganta-. Salvando la presente, por supuesto. Aunque usted no es una visita. Es un invitado. Pase, se lo ruego, señor Stanton. Verle en la puerta es un alivio que se agradece.

– Gracias. -Andrew entró en el vestíbulo. Se le tensaron los hombros cuando notó el tremendo nuevo arreglo floral-. Al parecer el duque de Kelby ha vuelto a vaciar su invernadero.

El fantasma de una sonrisa asomó a los finos labios de Milton.

– Sí. Qué afortunados somos. Lord Avenbury y lord Ferrymouth han enviado tributos más pequeños, benditos sean.

– ¿Están lady Catherine y Spencer en casa?

– Están dando un paseo por los jardines. -Dio un profundo suspiro-. Odio enormemente molestarles.

– No lo haga por mí.

– No me refiero a usted, señor. -Milton inclinó la cabeza hacia el pasillo y frunció el labio superior-. Sino a ellos.

– ¿Ellos?

– Al duque, a lord Avenbury y lord Ferrymouth. Las notas que han enviado esta mañana con sus flores indicaban que deseaban visitarnos, aunque ninguno de ellos ha escrito que pensara hacerlo hoy.

– ¿Y están todos en el salón?

– Eso me temo. Les he mantenido a raya, teniéndoles de pie un rato en el porche, pero los tres eran un grupo demasiado numeroso. Y muy ruidoso. Les he sugerido con firmeza que regresen en otro momento, pero se han negando en redondo a marcharse. Hace unos instantes han amenazado con irrumpir en los jardines en busca de lady Catherine. Para evitarlo, les he hecho entrar a mi pesar en el salón y desde entonces he estado estudiando una forma de librarme de ellos que no sea la de sacarlos de aquí a sartenazos.

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