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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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– Responda a las cartas, Simon, invitando a los inversores a encontrarse aquí conmigo esta misma tarde a las cinco.

– ¿Cree acertado dejar que vean esto?

– Sí. Si no les invitamos, vendrán por iniciativa propia de todos modos y eso tendrá pésimas consecuencias para nosotros. Tienen que saber exactamente lo que ha ocurrido y los pasos que estamos dando para que no vuelva a ocurrir. No nos conviene que piensen que estamos ocultando algo. Los inversores que tienen la sensación de que no se les está diciendo toda la verdad pueden ponerse muy nerviosos, y unos inversores nerviosos no es algo que quiera añadir al desastre al que ya nos enfrentamos.

– Enviaré las notas enseguida, señor Stanton. -Simon dio media vuelta y se dirigió a la pequeña oficina enclavada en el extremo más alejado de la habitación.

Andrew soltó un largo suspiro, se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa. Había mucho trabajo que hacer y, por Dios, quería ver concluido parte de él cuando por fin se sentara a escribir a Philip para contarle todo lo ocurrido.

Catherine se paseaba delante de Genevieve mientras su vestido de muselina de color melocotón se arremolinaba en sus tobillos cada vez que daba media vuelta en los extremos del acogedor salón de su amiga.

– Me alegro de que se haya ido -dijo, orgullosa del timbre decidido que delataba su voz.

– Eso has dicho ya tres veces sólo en la última hora -murmuró Genevieve.

– Bueno, sólo para reiterar mi argumentación.

– ¿Cuál es exactamente?

– Que me alegra que se haya marchado.

– Si, eso es… ejem… evidente. Sin embargo, supongo que te das cuenta de que el señor Stanton vuelve a Little Longstone. Mañana.

Catherine desestimó el comentario con un florido ademán.

– Sí, pero para entonces ya volveré a tenerlo todo bajo control. Estoy segura de que mi charla contigo aclarará toda mi… confusión. Además, él estará aquí sólo unos días más, y ¡puf! -Catherine chasqueó los dedos-. Volverá a Londres.

– ¿Perspectiva que te hace feliz?

– Delirantemente feliz -concedió Catherine-. Luego Spencer y yo podremos retomar nuestra rutina sin más interrupciones.

Al ver que Genevieve no respondía, Catherine miró al sofá. Sus pasos se detuvieron al ver la expresión de absoluta incredulidad reflejada en el rostro de su amiga, y dejó de andar.

– ¿Qué?

– Catherine, ¿es que no se te ha ocurrido que la «interrupción» que el señor Stanton ha provocado en tu rutina es algo bueno? -Antes de que Catherine pudiera responder, Genevieve prosiguió-: A juzgar por todo lo que me has contado, se trata de un hombre sencillamente divino. Por supuesto que resulta irritante a veces, pero, como ya te he dicho, todos los hombres lo son. Aun así, no todos los hombres pueden jactarse de reunir todas las cualidades que reúne tu señor Stanton: ser guapo, fuerte, romántico, considerado. Un amante cumplido y generoso.

El calor hizo presa de las mejillas de Catherine y Genevieve se rió.

– Sí, lo sé sin necesidad de que me hagas partícipe de ningún detalle específico, querida. Llevas escrita la expresión de mujer bien amada de la cabeza a los pies.

– Yo nunca he dicho que no fuera todas esas cosas -dijo Catherine-. Aunque…

– Y la amistad que se ha tomado el tiempo de forjar con tu hijo está sin duda reforzando la confianza de Spencer en sí mismo. Supongo que eso te agrada.

– Por una parte sí, pero también representa una nueva fuente de preocupación. Temo que Spencer quede destrozado cuando Andrew regrese a Londres para siempre.

– ¿Y qué me dices de ti, Catherine? -preguntó amablemente Genevieve con sus ojos azules suavizados por la preocupación-. ¿También tú temes quedar destrozada?

– Por supuesto que no -respondió Catherine, aunque en cierto modo las palabras afectaron sus rodillas hasta tal punto que tuvo que buscar refugio en el sillón de orejas colocado delante de Genevieve. En cuanto estuvo sentada, prosiguió-: La mujer moderna actual no queda destrozada por el fin de una aventura.

– Querida, cualquier mujer quedaría destrozada por el fin de una aventura si albergara profundos sentimientos hacia su amante. Conozco de primera mano esa clase de espantoso dolor, y, créeme, no se lo deseo a nadie.

– Bueno, no corro ningún riesgo de ser víctima de semejante dolor puesto que no estoy «profundamente» encariñada de Andrew.

– ¿Enserio?

Catherine soltó una ligera risa.

– No quiero decir con eso que no sienta nada por él. Es sólo que apenas le conozco. No dudaría en reconocer que le deseo. Sin embargo, los sentimientos más profundos que podrían dejarme «destrozada» germinan sólo tras largos períodos de tiempo. Y, sobre todo, entre personas que comparten intereses y entornos comunes.

Genevieve asintió.

– Naturalmente, una dama de tu noble linaje no puede compartir demasiados intereses comunes con un hombre con una cuna semejante a la del señor Stanton. Por supuesto, ¡pero si no es más que un plebeyo! ¡Qué digo! Es mucho peor que eso. ¡Un plebeyo de las colonias!

– Tú lo has dicho -dijo Catherine, aunque la verdad y la sinceridad de las palabras de Genevieve la irritaron.

– Es una bendición que tu atracción hacia el señor Stanton sea simplemente física y que su marcha a Londres al final de la semana no tenga sobre ti el menor efecto adverso.

– Una bendición, sin duda.

Un sonido exasperado escapó de labios de Genevieve.

– Catherine, lo que voy a decirte te lo digo por el amor, la amistad y la lealtad que te tengo. -Inclinándose hacia delante, clavó en ella una mirada colmada de emoción-. Nunca en toda mi vida me he visto obligada a escuchar tantas tonterías, a cual más absurda, como las que acabo de oír. Estoy completamente asombrada después de haber oído tamañas estupideces, sobre todo viniendo de ti. Por no hablar de tus mentiras.

La consternación, teñida de una incrédula perplejidad, por no mencionar una buena dosis de dolor, embargaron a Catherine.

– Nunca te mentiría, Genevieve.

– No es a mí, sino a ti, a quien mientes, querida mía. Puedes decir «me alegra que se vaya» y «sólo estoy disfrutando de una aventura pasajera» todas las veces que quieras, pero aunque lo repitas un millón de veces, eso no hará que tus palabras sean verdad. Desde luego que no me estás convenciendo, y creo que, si te tomaras el tiempo para examinar tu propio corazón, te darías cuenta de que tampoco puedes convencerte a ti misma. Por mucho que nos empeñemos en acallar el deseo de nuestro corazón, es tarea imposible. Podemos elegir no actuar en consecuencia, pero nunca llegamos a acallarlo del todo.

Catherine abrió la boca, presta a responder, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Genevieve siguió presionándola.

– Incluso aunque supongamos durante un instante de locura que tus sentimientos por el señor Stanton pueden encuadrarse en la categoría de sentimientos tibios, ¿en algún momento has pensado en los sentimientos que él pueda tener por ti? Porque te aseguro que son todo menos tibios.

Las palabras de Genevieve amenazaban con dejar expuestas emociones que Catherine se negaba a someter a examen.

– Soy consciente de que le importo, pero también él está de acuerdo en que, en cuanto termine la semana, nuestra aventura finalizará.

La combinación de consternación y de fastidio que expresaban los ojos de Genevieve era inconfundible.

– Querida, decir que le importas es no hacerle justicia. Lo vi claramente en la velada en casa del duque. La forma en que te miraba cuando se sabía observado, y, lo que es aún más delatador: su forma de mirarte cuando creía que nadie le observaba… -Dio un largo y tembloroso suspiro-. Dios mío. La pasión, el deseo, la emoción que desvelaban sus ojos eran evidentes. Viéndole mirarte, bailar el vals contigo, me sentí como si hubiera interrumpido un íntimo tête a tête. Estás tristemente equivocada si crees que ese hombre simplemente se desvanecerá de tu vida dentro de una semana.

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