Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
El calor hizo presa del cuerpo de Catherine. Una sensación terriblemente desagradable le recorrió la piel al pensar en otra mujer tocando a Andrew. Entrecerró los ojos sin dejar de mirar a Genevieve, quien la observaba con la inocencia de un ángel.
– Sé perfectamente lo que estás haciendo, Genevieve.
Su amiga sonrió.
– ¿Y funciona?
«Sí.»
– ¡No! -Se levantó de un salto, impulsada por una miríada de emociones. Confusión. Frustración. Angustia. Miedo. Celos. Y rabia. Apretó las manos con fuerza al tiempo que intentaba decidir si estaba más enfadada con Genevieve por aguijonearla, con Andrew por despertar esas inquietantes emociones en su vida, o consigo misma por permitir que la situación hubiera llegado hasta allí.
– No me importa quién pueda ser su próxima amante -bufó de cólera al tiempo que la rabia la convencía de que estaba diciendo la verdad-. Como tampoco sé quién será el mío. Pero estoy segura de que encontraré a alguien. ¿Por qué iba a quedarme sola?
– Cierto, ¿por qué?
La complacencia demostrada por Genevieve sólo sirvió para avivar la ira de Catherine. La determinación le tensó la columna.
– Exactamente. No tengo por qué estar sola, y tampoco es mi intención estarlo. -Y bajando la mano, cogió su retícula-. Gracias, Genevieve, por esta charla. Ha resultado de lo más… iluminadora.
– Siempre encantada de poder ayudar, querida mía.
– Y ahora, si por favor me disculpas, hay alguien a quien debo visitar.
Algo semejante a la preocupación parpadeó en los ojos de Genevieve, aunque quedó instantáneamente reemplazado por su habitual despreocupación.
– Por supuesto. ¿Te acompaño a la puerta?
– No, gracias. Conozco el camino.
«Y sé exactamente adonde voy.»
Andrew estaba un poco apartado del señor Carmichael, de lord Borthrasher, de lord Kingsly y de la señora Warrenfield, a la espera de que fueran testigos visuales de los daños que había sufrido el museo. Por fin, regresaron a su lado, todos ellos con expresión taciturna.
– Esto es terrible -murmuró la señora Warrenfield con su voz grave y rasposa al tiempo que sus palabras quedaban parcialmente amortiguadas por su velo negro.
– Un espantoso desastre -concedió lord Borthrasher arrugando el labio de pura contrariedad y paseando su fría mirada de buitre por la estancia.
Los ojos pequeños y brillantes de lord Kingsly se entrecerraron y cruzó los brazos sobre su prominente barriga.
– No había visto nada semejante.
– Diría que quizá se tarde más de los dos meses que ha calculado usted para enderezar todo esto -dijo el señor Carmichael, acariciándose despacio la barbilla y centrando la atención de Andrew en su intrincado anillo de oro en el que lucía un diamante cuadrado rodeado de ónice. Carmichael se cogió las manos tras la espalda y dirigió a Andrew una mirada glacial-. ¿No tiene nada que decir, señor Stanton?
La mirada de Andrew abarcó al grupo por entero.
– Confío en que dos meses serán tiempo suficiente. He hablado con el cristalero sobre los marcos de las ventanas y hemos contratado a obreros adicionales para recolocar el suelo. Si no surgen imprevistos, recuperaremos el tiempo perdido en un plazo de dos meses.
– Querrá decir si no surgen más desastres imprevistos -dijo lord Kingsly-. ¿Han sido apresados los rufianes que han hecho esto?
– Todavía no.
– Y lo más probable es que no lo sean -añadió el señor Carmichael frunciendo el entrecejo-. Estoy horrorizado ante la abundancia de crímenes que he presenciado desde que llegué a Londres hace apenas una semana. Los rateros y los ladrones abundan por doquier, incluso en las mejores zonas de la ciudad. Pero si sólo hace unos días que dispararon a lady Catherine… en la zona supuestamente segura de Mayfair.
– El responsable de ese crimen ya ha sido apresado… en gran medida gracias a sus esfuerzos, señor Carmichael -le recordó Andrew-. Es cierto que existen criminales en Inglaterra, aunque desgraciadamente están por todas partes. -Dedicó al hombre una semisonrisa-. Hasta en Norteamérica.
– Hecho del que, le aseguro, soy plenamente consciente -dijo el señor Carmichael con voz helada.
– Bandoleros por doquier -intervino lord Kingsly-. Hoy en día no se puede confiar en nadie.
– Estoy completamente de acuerdo -dijo el señor Carmichael sin apartar en ningún momento sus ojos entrecerrados de los de Andrew-. Dígame, señor Stanton, ¿qué garantías tenemos nosotros, o cualquiera del resto de los inversores, de que esto no volverá a ocurrir?
– Cielo santo -dijo la señora Warrenfield-. ¿Otra vez?
– Es ciertamente posible -intervino lord Kingsly antes de que Andrew pudiera responder-, sobre todo teniendo en cuenta que los responsables no han sido apresados. Probablemente para ellos no sea más que un juego. Recuerdo que algo parecido le ocurrió hace años a sir Whitscour durante las obras de restauración de su propiedad en Surrey.
– Lo recuerdo -dijo lord Borthrasher, levantando su prominente barbilla-. En cuanto sir Whitscour terminó de recomponer todos los daños, volvieron a destrozárselo todo. Quizá estemos ante una situación similar.
– Les doy mi palabra de que se tomarán las medidas necesarias para asegurarnos de que el museo no sufra más daños. Contrataremos a guardias adicionales para que patrullen el perímetro de la propiedad -dijo.
– Todo eso está muy bien -dijo el señor Carmichael-, pero, según me ha dicho el magistrado, el museo contaba ya con vigilancia y los vándalos han dejado sin sentido a su hombre. Independientemente de la cantidad de guardias que pueda emplear, no serán impedimento alguno para una potencial banda de maleantes. -Sacudió la cabeza-. Siento decirle, señor Stanton, que lo que he visto aquí, junto con lo que oí anoche, me convence de que invertir en su museo no es un riesgo que esté dispuesto a correr.
– ¿Lo que oyó anoche? -preguntó Andrew-. ¿A qué se refiere?
– Durante la velada a la que asistí me llegaron rumores sobre la seguridad económica, o más bien la falta de ella, de la empresa que gestiona el museo. Como también sobre cuestiones concernientes a la autenticidad de algunas de las antigüedades que lord Greybourne y usted afirman poseer.
Andrew se obligó a conservar los rasgos del rostro perfectamente inmutables mientras era presa de una oleada de rabia.
– No tengo la menor idea de dónde han podido surgir rumores tan malévolos, pero lo cierto es que me sorprende que haya prestado atención a tan ridículos chismes, señor Carmichael. Le aseguro que el museo goza de una perfecta salud financiera. Estaría encantado de mostrarles, a todos ustedes, las cuentas como prueba de ello. En cuanto a las antigüedades, todas han sido debidamente autentificadas por expertos adjuntos al Museo Británico.
La frialdad no desapareció de los ojos del señor Carmichael.
– No tengo deseos de ver esas cuentas, puesto que este proyecto no tiene ya para mí ningún interés ni consecuencia. Simplemente doy gracias por no haber invertido ni una sola libra en esta locura. -Se volvió hacia sus acompañantes e inclinó la cabeza-. Naturalmente, ustedes tres deben tomar sus propias decisiones sobre esta cuestión. Lord Avenbury, lord Ferrymouth y el duque de Kelby esperan ansiosos oír lo que hoy hemos visto aquí, y creo no equivocarme al pensar que el informe no va a parecerles en absoluto favorable.
– Para usted es fácil dar marcha atrás, Carmichael -gruñó lord Borthrasher-. Para mí es demasiado tarde. Ya he dado quinientas libras.
– Inversión que verá sus frutos en cuanto… -empezó Andrew.
– Lamento decir que estoy con Carmichael en esto -dijo lord Kingsly-. Greybourne es un buen hombre, pero está claro que su interés por el museo ha menguado ostensiblemente desde su boda y yo no estoy dispuesto a malgastar mi dinero. Ya se encarga de ello mi esposa.