Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
– ¿Mañana? -repitió Spencer con la voz preñada del mismo desaliento que inundaba a Catherine.
– Sí. Pero no me iré hasta la tarde, de modo que tendremos tiempo de sobra para nuestras lecciones matinales.
– ¿Cuándo volverá? -preguntó Spencer.
La mirada de Andrew se posó en Catherine y a continuación sonrió a Spencer, una sonrisa, según pudo apreciar Catherine, que pareció en cierto modo forzada.
– Tu madre y yo hablaremos de eso para ver si podemos ponernos de acuerdo en una fecha.
– ¡Pero si es usted siempre bienvenido! -dijo Spencer-. ¿No es así, mamá?
Catherine se quedó sin aliento ante la pregunta y su mirada voló hacia Andrew, quien a su vez la miraba con una expresión insondable. Se negaba desesperadamente a dar a Spencer falsas esperanzas de que el señor Stanton regresaría, pero no se veía capaz de obligarse a decir que Andrew no era bienvenido.
Un pesado silencio se instaló durante varios segundos hasta que por fin dijo alegremente:
– No te preocupes. El señor Stanton y yo discutiremos la cuestión.
– ¿Cuándo? -insistió Spencer.
– Esta noche -dijo Catherine. «Después de que Andrew y yo hayamos hecho el amor en las aguas. Después de que hayamos hecho el amor por última vez…»
– ¿Estás con ánimos de tomar hoy una lección, Spencer? -preguntó Andrew.
Catherine dejó a un lado sus inquietantes pensamientos y vio iluminarse los ojos de su hijo.
– Sí.
– Excelente. Pero primero tengo una sorpresa para ti. -Se volvió a mirar a Catherine-. Y también para usted, lady Catherine.
A Catherine se le aceleró el pulso. Hasta entonces no le hacían gracia las sorpresas. En aquel momento, sin embargo, parecían gustarle mucho. Demasiado. Y antes de poder contenerse, preguntó:
– ¿De qué se trata?
Andrew negó con la cabeza con tristeza y luego se sacudió con gesto exagerado la chaqueta.
– Vaya, ¿dónde habré dejado ese diccionario? -Miró a Spencer, quien intentaba, sin éxito, no sonreír-. ¿Te puedes creer que tu madre todavía desconoce el significado de la palabra «sorpresa»?
– Resulta de lo más chocante -dijo Spencer.
– Cierto. Por lo tanto, sugiero que vayamos a los establos lo antes posible para enseñarle a tu madre el significado de la palabra «sorpresa».
Sin embargo, antes de que dieran un solo paso, alguien llamó a la puerta. Milton entrecerró los ojos.
– Espero que no sean más pretendientes -masculló. Abrió la puerta, dejando a la vista a un joven criado.
– Traigo una nota para lady Catherine -anunció el lacayo con gesto importante-. De parte de lord Greybourne.
Catherine se adelantó y el joven le hizo entrega de la misiva con un florido gesto. Con el corazón latiéndole en el pecho, Catherine rompió rápidamente el sello y leyó atentamente el breve contenido de la nota. Levantó los ojos para mirar los rostros ansiosos que la rodeaban y sonrió.
– Ha llegado al mundo el heredero Greybourne, un niño sano al que han llamado William. Tanto la madre como el hijo están espléndidamente, aunque Philip asegura que no volverá a ser el mismo. Jura que todo el proceso ha sido para él una prueba tan dura como lo ha sido para Meredith. -Catherine miró al techo-. Qué hombre más idiota.
Después de que fueran expresadas las felicitaciones, Catherine se excusó brevemente para escribirle una rápida nota a Philip y enviársela de regreso con el lacayo. Luego el grupo se dirigió a los establos. Cuando llegaron, Fritzborne les saludó al tiempo que una sonrisa de oreja a oreja le dilató la boca.
– Todo está perfectamente, señor Stanton.
– Excelente.
Andrew guió al grupo al interior del edificio, deteniéndose delante del tercer establo, que, como Catherine sabía ya, en raras ocasiones se utilizaba.
– Antes de regresar hoy, he pasado por el pueblo a hacer unas compras. Mientras estaba allí, he visto algo a lo que no he podido resistirme.
– Creía que eran las mujeres las que supuestamente son compradoras compulsivas. Aun así, parece usted poseer muy poco autocontrol en cuanto se las ve con cualquier clase de tienda -se burló Catherine.
La mirada de Andrew, ávida y cálida, se posó en la de ella.
– Al contrario. Poseo un exceso de autocontrol. -Guardó silencio durante unos segundos… el tiempo suficiente para encender el fuego en las mejillas de ella, dejándole claro que no solamente se refería a las compras. Luego prosiguió-. Aunque admito que me gusta comprar cosas a la gente a la que… quiero. Sin embargo, en este caso, me he comprado algo para mí en un acto de total egoísmo. ¿Qué les parece? -preguntó, abriendo la puerta del establo.
En el rincón, y acurrucado sobre un lecho de heno fresco, dormía un cachorro de perro de pelo negro.
– Es un perro -dijo Spencer con la voz colmada de silencioso asombro.
– Cierto -concedió Andrew, entrando en el establo. Con suavidad cogió al pequeño cachorro en brazos y fue recompensado con un satisfecho suspiro perruno.
– Llevo queriendo tener uno desde que tu tío Philip adquirió a Prince, un perro precioso, sin duda. ¿Te gustaría cogerlo?
Spencer, con los ojos como platos, asintió.
– Oh, sí, por favor.
Con sumo cuidado, Andrew le hizo entrega del perro adormecido. Segundos más tarde, el cachorro levantó la cabeza y soltó un tremendo bostezo, dejando a la vista su lengua rosada. En cuanto vio a Spencer, de inmediato se transformó en una alborotada masa de júbilo canino y movimientos de cola, lamiendo cada centímetro de la barbilla de Spencer que pudo alcanzar, para absoluto deleite del niño, quien no podía parar de reír.
Andrew se acercó un poco a Catherine y dijo sotto voce:
– Me parece que a mi perro le gusta su hijo.
– Humm. Y es evidente que a mi hijo le gusta su perro. Aunque tengo la ligera sospecha de que usted sabía…
– ¿Qué se enamorarían en cuanto se vieran? -Sintió que Andrew se volvía a mirarla, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantener la mirada fija en Spencer-. Sí, admito que lo sospeché.
– Es fantástico, señor Stanton -dijo Spencer, aceptando los extáticos lametones del cachorro en las mejillas-. ¿Dónde lo ha comprado?
– En el pueblo, al herrero. Me he detenido a hacer unas compras y me ha enseñado toda la camada que su perra había parido hace apenas dos meses. Seis adorables diablillos. Me ha sido muy difícil decidirme. Este pequeñín me ha elegido y el sentimiento ha sido mutuo.
– No me cabe duda -murmuró Spencer, hundiendo la cara en el pelo rizado del perro.
Incapaz de resistirse por más tiempo, Catherine tendió la mano y rascó al perro detrás de las orejas. Una mirada de absoluta devoción asomó a los ojos negros del cachorro.
– Oh, eres un encanto, ¿verdad? -dijo, echándose a reír.
– ¿Cómo se llama? -preguntó Spencer.
– El herrero le llamaba Sombra, y lo cierto es que el nombre parece irle de perlas, pues el pequeñín no paraba de seguirme por todas partes. ¿Qué te parece?
Spencer tendió los brazos y sostuvo al cachorro en el aire, inclinando primero la cabeza hacia la derecha y luego a la izquierda. Con la lengua rosada asomándole entre los dientes y las diminutas orejas erguidas, el cachorro imitó sus acciones, inclinando su pequeña cabeza. Todos se rieron y Catherine dijo:
– Al parecer, Sombra es sin duda el nombre perfecto.
– Pues sea. Y ahora, salgamos y vayamos detrás de los establos. Spencer, ¿te importaría llevar a Sombra por mí?