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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Catherine no pudo contener la risa.

– Eso es como preguntar a un ratón si le importaría comer un poco más de queso.

Salieron juntos de los establos y Andrew les condujo hasta una gran manta extendida en el césped a la sombra de un olmo. Catherine miró con curiosidad la lona que estaba a un lado de la manta.

– ¿Qué hay ahí debajo?

Andrew sonrió.

– Vamos a hacer un poco de magia. Aunque me temo que es trabajo de dos hombres. Necesito la ayuda de alguien fuerte. -Miró a su alrededor con exagerada teatralidad.

– Yo le ayudaré -dijo Spencer entusiasmado.

– Un voluntario. Excelente. Lady Catherine, ¿sería tan amable de vigilar a Sombra para que Spencer y yo podamos proceder?

Catherine accedió, tomando al cachorro de brazos de Spencer.

– Usted limítese a ponerse cómoda en la manta -dijo Andrew- mientras yo doy instrucciones a mi ayudante sobre sus deberes.

Catherine tomó asiento en la manta y se rió de las piruetas de Sombra, que intentaba atrapar su propia cola, de soslayo, vio hablar en voz baja a Andrew y a Spencer y reparó en el arrebol de satisfacción que tiñó las mejillas de su hijo. Regresaron varios minutos después, y, con un florido ademán, Andrew retiró la lona dejando ver lo que ocultaba.

Catherine estiró el cuello y se quedó mirando los cinco cubos de diversos tamaños que Andrew había dejado al descubierto.

– ¿Qué hay ahí?

– Hielo, sal, nata, azúcar y fresas -dijo, señalando cada cubo por orden. Luego indicó con una inclinación de barbilla una bolsa de tela-. Cuencos y cucharas.

– ¡Vamos a hacer helado de fresa, mamá! -dijo Spencer.

– ¿En serio? -Tomó a Sombra en brazos y se acercó para ver mejor-. ¿Y cómo vamos a hacerlo?

– Usted mire -dijo Andrew-. No ha probado nada más delicioso en su vida, se lo aseguro.

– Tomé helado de fresa en Londres el año pasado -dijo Catherine-. Era delicioso.

– Pues éste será extraordinariamente delicioso -prometió con una sonrisa.

Casi una hora más tarde, después de que Andrew agitara hasta el agotamiento un cubo lleno de trozos de hielo y de sal mientras Spencer removía vigorosamente un cubo lleno de nata, azúcar y fresas, Andrew por fin anunció:

– Listo.

Spencer, con la cara roja por el esfuerzo, soltó un fuerte jadeo.

– Gracias a Dios. Tengo los brazos a punto de saltárseme de los hombros.

– Como los míos -concedió Andrew-. Pero, créeme, en cuanto pruebes esto, el dolor desaparecerá.

– Me siento terriblemente culpable -dijo Catherine-. Mientras vosotros agitabais y removíais, yo simplemente me he quedado aquí sentada disfrutando de este tiempo maravilloso.

– Estaba vigilando a Sombra -le recordó Andrew, sirviendo enormes cucharadas de sustancia rosada en los cuencos de porcelana.

– No es una labor difícil, sobre todo teniendo en cuenta que el diablillo ha estado durmiendo durante el último cuarto de hora. -Bajó los ojos para mirar al amasijo de pelo negro repantigado en sus rodillas e intentó, sin el menor éxito, ocultar el afecto que la embargaba-. Creo que he aburrido tanto a Sombra que se ha quedado dormido.

– Bueno, quien aburre al perro hasta hacerle dormir sirve a la causa tanto como los que agitan y remueven -dijo Andrew, dándole un cuenco y una cuchara-. Pruébelo.

Catherine hundió la cuchara en el cremoso preparado y se la llevó a los labios. Se le abrieron los ojos como platos de puro placer al sentir el suave y dulce escalofrío con sabor a fresa deslizarse por su garganta.

– Oh, Dios.

Andrew se rió. Tras servirle a Spencer una generosa porción, y hacer lo propio consigo mismo, se sentaron los tres en la manta y disfrutaron del festín.

– Tiene razón, señor Stanton -dijo Spencer-. Es el manjar más delicioso que he probado en mi vida.

– Apuesto a que te cura todos los males.

– Todos -concedió Spencer.

– ¿Dónde ha aprendido a hacer esto? -preguntó Catherine, saboreando otra deliciosa cucharada.

– En Norteamérica. La familia dueña de los establos donde yo trabajaba solía servirlo a sus invitados. -Un fantasma de cierta emoción que Catherine no alcanzó a leer destelló en los ojos de Andrew-. Siempre que lo hacían, su hija me guardaba una ración. Un día le pregunté a la cocinera cómo se preparaba.

Una oleada sospechosamente semejante a los celos recorrió a Catherine al pensar en Andrew sentado en una manta con la hija de su jefe, disfrutando de una delicia helada que ella le había llevado.

– La joven que le llevaba el helado… ¿Cómo se llamaba? -preguntó Spencer, dando voz a la pregunta que Catherine no había tenido el valor de formular.

– Emily -dijo Andrew con voz queda y bajando los ojos al cuenco.

– ¿Era agradable?

– Mucho. -Andrew levantó la mirada y dedicó a Spencer una pequeña sonrisa que a Catherine le resultó más triste que feliz-. De hecho, me recuerdas mucho a ella, Spencer.

– ¿Que le recuerdo a una chica?

Andrew se rió entre dientes al ver su expresión horrorizada.

– No por el hecho de que fuera una chica, sino porque… se esforzaba por encontrar su lugar. No se sentía muy cómoda con la gente. De hecho, exceptuándome a mí, tenía muy pocos amigos.

El ceño de Spencer se frunció mientras ponderaba las palabras de Andrew. Luego preguntó:

– ¿Sigue siendo amigo de ella? ¿Se escriben todavía?

El dolor que veló los ojos de Andrew no dejó lugar a dudas.

– No. Murió.

– Oh. Lo siento.

– También yo.

– ¿Cuándo murió?

Andrew tragó saliva y dijo:

– Hará unos once años. Justo antes de que me fuera de Norteamérica. Apuesto a que estaría encantada de vernos disfrutar de este banquete. Y deseaba especialmente prepararlo de fresa porque sé que es el favorito de ambos. ¿Un poco más de helado?

– Yo sí, muchas gracias -dijo Spencer, tendiéndole el cuenco.

El diestro cambio de tema no pasó desapercibido a Catherine, quien se preguntó si habría tras él algo más que simplemente la falta de ganas de hablar de un tema triste. El dolor que había embargado a Andrew al hablar de la tal Emily era palpable, y eso la había llenado de compasión por él. La conversación también había espoleado su curiosidad.

Entre muchos murmullos apreciativos, cada uno disfrutó de otro cuenco de helado mientras se reían de Sombra, que acababa de despertarse y mostraba un gran interés en lo que ocurría a su alrededor.

– Sólo queda helado para una ración más -dijo Andrew-. Dado que sé por experiencia que este es un manjar preferido por los mozos de establos, apuesto a que a Fritzborne le encantará.

– Yo se lo llevaré -se ofreció Spencer.

Mientras Catherine veía alejarse a su hijo hacia los establos al tiempo que el andar de Spencer formaba el familiar nudo de amor en su garganta, también se sintió aguda y dolorosamente consciente de que Andrew y ella estaban a solas.

Se volvió a mirarle y se quedó paralizada al ver la mirada seria e irresistible que asomaba a sus ojos oscuros.

– Te he echado de menos -dijo él con suavidad.

Cinco sencillas palabras. ¿Cómo podía abrirse camino entre su férrea determinación con cinco sencillas palabras? Sintió que se le deshacían las entrañas y dio gracias a Dios por estar sentada, pues sintió extrañamente débiles las rodillas. Por mucho que odiara reconocerlo, también ella le había echado de menos. Más de lo que creía posible echar de menos a nadie. Mucho más de lo que le habría gustado. Y, sin duda, mucho más de lo aconsejable. Y ahora, con esas sencillas cinco palabras, temía que todos sus intentos por mantener el corazón libre de cualquier carga estaban condenados al fracaso.

Andrew tendió la mano y, despacio, acarició con los dedos el dorso de la mano de Catherine adelante y atrás, provocándole deliciosos hormigueos en el brazo.

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