Los hombres de la guadaña
- Автор: Коннолли Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los hombres de la guadaña». Краткое содержание книги:
Gabriel reflexionó acerca de lo que acababa de oír. Sus facultades mentales seguían afectadas por los fármacos y tenía la mente turbia. Intentó aclararse las ideas desesperadamente, pero la nebulosa narcótica era demasiado densa. En otras circunstancias habría extraído él solo las conclusiones necesarias, pero en ese momento Milton tuvo que guiarlo. Tragó saliva y habló:
– ¿A quién tenía que matar?
– Según mi fuente, a Nicholas Hoyle.
– ¿Por orden de Leehagen?
Milton negó con la cabeza.
– Por alguien de tierras más lejanas. Hoyle tiene intereses en una explotación petrolífera en el mar Caspio. Al parecer, hay quienes preferirían que dejara de tener intereses allí. Según mi fuente, lo sucedido entre Hoyle y Leehagen en el pasado, sea lo que sea, ya se ha olvidado, si es que la enemistad existió de verdad tal como se la ha presentado. Por lo visto, emplearon el rumor acerca de su antagonismo mutuo para beneficio de los dos. «El enemigo de mi enemigo es mi amigo»: unas veces, los rivales de Hoyle han abordado a Leehagen y otras los enemigos de Leehagen han abordado a Hoyle. Cada uno ha aprovechado esas situaciones para averiguar lo que podía en beneficio del otro. Es un juego muy antiguo, y los dos lo han jugado bien. También comparten un interés en mujeres jóvenes, muy jóvenes, o así fue hasta que la enfermedad de Leehagen empezó a pasarle factura. Leehagen aún satisface las necesidades de Hoyle. Las chicas tienen que estar intactas. Vírgenes. Hoyle tiene una fobia con las enfermedades.
– Pero su hija… -dijo Gabriel-. Su hija fue asesinada.
– Si eso es verdad, no fue a instancias de Leehagen. No tuvo nada que ver con él, ni con ninguna enemistad, real o imaginada, con Hoyle.
– Real o imaginada -repitió Gabriel en voz baja. Sentía náuseas, y el dolor parecía haber aumentado. Era una trampa, una treta. Cerró los ojos. ¿Cómo era el dicho? No hay peor tonto que un tonto viejo.
– Ayúdalos -dijo Gabriel. Agarró a Milton de la manga de la chaqueta, indiferente al escozor en el dorso de la mano.
– ¿A quién debo ayudar?
– A Louis. Y al otro. Ángel.
Milton se recostó en la silla y desprendió con delicadeza la tela de la chaqueta de entre los dedos de Gabriel. Era un gesto de separación, de distanciamiento.
– Eso no me es posible -respondió-. Ni siquiera después de lo que te han hecho. No puedo intervenir. No lo haré.
La tensión que Gabriel sintió en su cuerpo era insoportable. Estaba cada vez más débil. Se hundió en las almohadas, ahora con la respiración entrecortada, como la de un corredor al final de una larga carrera. Sabía que se acercaba el fin.
Milton se levantó.
– Lo siento -se disculpó.
– Díselo a Willie -dijo Gabriel. Empezaba a sumirse en la negrura-. Díselo a Willie Brew. Sólo eso. Sólo pido eso.
Y en el momento en que perdió la conciencia, le pareció ver asentir a Milton.
La casa, de tres plantas y trescientos cincuenta metros cuadrados, se alzaba en un terreno de media hectárea. Protegida por tapias altas, tenía en el jardín reflectores activados por el movimiento y una alarma conectada a una empresa de seguridad privada que empleaba a hombres sin el menor reparo a la hora de desenfundar y utilizar sus armas.
En la casa vivían un tal Emmanuel Lowein, su mujer, Celice, y sus dos hijos, David y Julie, de once y doce años, respectivamente. Desde hacía dos días los acompañaban dos hombres que hablaban poco y dormían menos. Obligaban a los Lowein y a sus hijos a permanecer apartados de las ventanas, se aseguraban de que las cortinas estuviesen corridas y vigilaban la finca mediante un sistema de cámaras activadas por control remoto.
Louis nunca había estado en la casa franca, y sólo conocía a Ventura de oídas. Lowein disponía de información acerca de varios políticos centroamericanos que ciertos amigos de Gabriel deseaban adquirir. Lowein, a su vez, quería seguridad para su familia y una nueva vida lejos de selvas y juntas militares. Gabriel actuaba de intermediario, y Louis y Ventura habían sido asignados como medida de seguridad suplementaria mientras se desarrollaban las negociaciones. Lowein estaba en el punto de mira de cierta gente, y había quienes deseaban acallarlo antes de que tuviese ocasión de compartir lo que sabía. Gabriel mantenía desde hacía tiempo la opinión de que, en caso de que uno o más individuos se vieran bajo la amenaza de profesionales, era aconsejable escoger hombres de una mentalidad parecida como parte del destacamento de vigilancia.
Ventura tenía unos diez años más que Louis. A diferencia de Louis, contaba en su haber asesinatos de alto nivel, pero corrían rumores de que ahora quería pasar a segundo plano durante un tiempo. Los hombres que se dedicaban a esa actividad al final acababan acumulando una larga lista de enemigos, sobre todo entre aquellos que se resistían a distinguir entre el asesino y quienes habían ordenado el asesinato. Para los profesionales, los Hombres de la Guadaña, eso era absurdo: uno también podía echar la culpa al propio rifle, o a la bala, o a la bomba. Al igual que éstos, los Hombres de la Guadaña eran meras herramientas aplicadas a la obtención de un fin. No había nada personal en ello. Sin embargo, tal razonamiento no siempre se entendía entre quienes habían padecido una pérdida, ya fuera personal, profesional, política o económica.
Pero Gabriel no quería que Ventura lo dejara, y no acababa de confiar en él ahora que parecía decidido a poner fin a su relación y negarse a seguir obedeciéndole durante mucho más tiempo. Por eso se había asignado a Ventura, junto con Louis, la custodia temporal de la familia Lowein. De momento no habría asesinatos para él, y quizá no los hubiera nunca más.