Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Cuando la carne de ambos se entrelazaba, ella hacía todo lo que él le pedía, por extraño, penoso o humillante que fuera. Sin embargo, bajo la luz del día laboral, él fracasaba estrepitosamente en cualquier intento de persuadirla, engatusarla, tentarla.
Pero lo intentaba en cada oportunidad, porque ella no lo llevaba de la nariz.
Ahora, mientras trabajaba, con el recuerdo de aquel primer beso inundando todo su ser, descubrió que también otros recuerdos lo colmaban, recuerdos que él no había buscado pero eran bienvenidos. Mientras envolvía su cuerpo en unas mantas para el viaje a la ladera donde la dejaría, un lugar que ella le había mostrado diciéndole que lo amaba, escuchó su voz, ese entrecortado susurro que se deslizó como hielo por su espalda. El olor a cobre de la sangre se metamorfoseó en los capullos selváticos de su perfume mientras limpiaba la habitación. Nadie la buscaría allí, ni iría hasta allí por ninguna razón, a esa gloriosa casa aislada y ruinosa del otro lado del río. Él era cuidadoso por naturaleza. Lavó las manchas de sangre, dio vuelta el colchón.
No tenían necesidad de escurrirse a ese lugar secreto, salvo por la emoción que eso les causaba a ambos. Ninguno de los dos tenía ataduras, eran adultos, podrían haber mantenido relaciones en pleno mediodía, en la Calle Mayor. Pero ella había encontrado la casa, y cuando se lo dijo mientras comían en un restaurante junto a la carretera, sus pies descalzos rozando los tobillos de él, ambos habían acordado que estaban de acuerdo en que lo mejor sería que solo los vieran juntos como abogado y cliente.
El calor en sus palmas cuando, terminado ya su trabajo, se las secó con una toalla, le hizo pensar en su piel, pálido terciopelo siempre más cálido que la piel de él, como si ella viviera envuelta en una nube febril, en un tórrido trópico privado del que sólo salía por él.
En ese momento había pensado que salía hacia él, hacia él. Pero estaba equivocado.
La semana anterior había venido a su despacho sin anunciarse y, sentándose en la misma silla (esta vez brillante de sudor: el día era húmedo y caluroso), declaró que no estaba satisfecha. ¿No estaba satisfecha? ¿Entonces qué eran esos gemidos, el martilleo de su corazón, esos suaves suspiros?
– Lo despido -dijo-. Ya no requeriré más sus servicios.
– ¿Qué te pasa? -siseó él con ferocidad, cruzando la habitación para cerrar la puerta.
Ella se puso inmediatamente de pie y siguió.
– Me llevaré mis papeles, por favor.
Siguió de pie e hizo un gesto severo indicando la caja fuerte.
– ¿Pero estás…?
– Tengo una cita con el señor Dreyer. De Dreyer y Holt. -De sus palabras caía hielo; él pensó en sus botas, aquella primera mañana. Miró el reloj.- Si no me devuelve mis papeles no tendré otra alternativa que agregar eso a mi denuncia a la policía y a la Comisión de Ética.
Él trató de reponerse.
– ¿Denuncia?
– Sí, y retener mis papeles la agravará. Supongo que hay una distinción, incluso entre los abogados, entre aprovecharse sexual y profesionalmente de una cliente, y un robo directo.
Atónito, él permaneció mudo.
Ella arqueó las cejas.
– ¿Enamorar a una viuda para distraerla de un mal asesoramiento que raya en la malversación? Eso alcanza para una denuncia, ¿no le parece? Algunas de las transacciones que usted manejó en mi nombre me hicieron perder mucho dinero. Lo despido. Haré denuncias profesionales y penales dentro de una semana.
En las noches que pasaron juntos ella le había susurrado obscenidades. Las sucias palabras que le había murmurado al oído, con su cálido aliento, lo habían regocijado, nunca lo habían escandalizado. Pero las frases abstractas que ahora pronunciaba con frialdad lo dejaban atónito por su indecencia.
– Esas transacciones. Fueron idea tuya, todas ellas. Yo objeté cada vez. En mi archivo tengo informes, memorandos, cartas…
– Fechados más tarde, sin duda…
– ¡No! Tú sabes perfectamente…
– Lo que sé es que, independientemente de que lo condenen por algo de esto, ninguna viuda rica volverá a consultarlo cuando yo acabe con usted.
El intercomunicador zumbó: su secretaria le dijo que la persona que había citado a las diez ya había llegado. Perplejo, desorientado, abrió la caja fuerte y le entregó la cartera de cabritilla.
Ella giró y se marchó.
Esa noche durmió mal, y también la noche siguiente. La añoranza, la confusión que sentía y ese nuevo miedo de ella le impedían conciliar el sueño, caer en la inconsciencia. Dos días después todavía estaba en estado de shock.
Pero había tenido la suerte de que ocurriera algo.
Había hecho una cosa inusuaclass="underline" había salido de su despacho a la tarde, temprano -¿en qué habría podido concentrarse?-, para dirigirse a la taberna con paredes revestidas de roble donde se reunían los abogados para negociar, discutir y olvidar.
– No se lo ve nada bien -le dijo Sammy, el barman, como si le hiciera falta que se lo dijeran. Él había meneado la cabeza, sin dar ninguna explicación. Sammy conocía su trabajo: servía un trago y ofrecía consuelo-. Por lo menos no está en el lugar de Bettinger -dijo Sammy, indicando un rincón con un gesto de su barbilla-. Lo están investigando, ¿se enteró? La Comisión de Ética y la policía.
Una larga mirada al poco conmovedor Bettinger, mientras el fuego lento del scotch ardía en su interior proporcionándole claridad. Recogió del mostrador su segundo trago y cruzó la habitación. Le pagó un trago a Bettinger, y después otro, y el taciturno abogado, en oraciones arrastradas e inconclusas, con la vista fija en su gin y mascullando “perra, viuda negra”, arrojó algo de luz sobre su oscuridad.
Ella les había tendido una trampa. Bettinger era el que lo había precedido, pero antes habían estado Cramer, Robbins y Sutton. Cada uno de ellos había sido el héroe que la había salvado de la incompetencia del abogado anterior (las denuncias y acusaciones formales que había presentado contra ellos no se las había mencionado a ninguno). A todos ellos les dio la orden de hacer malas transacciones, de vender a bajo precio y comprar caro. Todas las objeciones habían sido apaciguadas con la generosidad de su cuerpo, en la casa abandonada.
Todos habían sido arruinados.
Bettinger, lleno de sentimentalismo por la situación que los hermanaba, le ofreció su solidaridad, clamó por justicia, fingió enfurecerse y juró venganza. Pero él se daba cuenta -cualquiera podía darse cuenta- de que si ella entrara en la taberna y se acercara a su mesa, Bettinger la seguiría hasta la salida en cuatro patas.
Dejó a Bettinger en su charco de autoconmiseración y salió al crepúsculo a caminar un poco para pensar. El gris del cielo pasó al negro y él reflexionó: cada denuncia había sido presentada, tal como ella le había dicho que ocurriría con la que presentaría en su contra, una semana después de que ella arrojaba su bomba y cambiaba de abogado. Las estrellas calaron el cielo y continuó reflexionando sobre el asunto: en el odio a sí misma que había inundado su voz cuando hablaba de su imposibilidad de sustraerse a la brutalidad de su esposo por medio del suicidio. Las calles de la ciudad se aquietaron a su alrededor, y él la escuchó diciendo que gastar la herencia era su único placer.
Y así advirtió lo que los otros no habían advertido: para quién se había tendido la trampa, quién era la verdadera víctima.
Así que hizo lo que ella quería. La llamó y le preguntó si ya había presentado las demandas y acusaciones en su contra. Le respondió que no. Entonces le pidió que se encontrara con él en la casa, del otro lado del río. “Para hablar de eso”, le dijo. Y percibió el temblor de anticipación en su voz cuando ella accedió.