Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Cuando lo habían atrapado, cuando se había hecho imposible negar su cita con Tracey, le había dicho a Lydia que eso no tenía nada que ver con ella -lo que uno decía siempre-, pero no era cierto. Todo tenía que ver con ella. Aunque había mentido y había intentado ocultar su trasgresión, al final, y ahora se daba cuenta, él necesitaba que ella lo supiera. Todo el asunto era la traición, la transacción más íntima entre dos personas. Ella era parte de la ecuación. Cómo explicarle que mientras se sacudía encima de otra mujer era ella, Lydia, quien le llenaba el corazón. Que era un poco como estrellar el automóvil contra un árbol. Que el momento antes del impacto estaría lleno de amor por la misma cosa que uno estaba a punto de perder.
El último beso – S. J. Rozan
Mientras se lavaba de las manos la sangre de ella (pegajosa, persistente, caliente y resbalosa, hilos rojos que se arremolinaban, nubes rosadas que se diluían), pensó en aquel primer beso. Nunca hasta entonces le había sucedido, y había sido raro: él la había deseado tan ardientemente, y ese beso lo había puesto en llamas. Diferente de todos los demás, por ser nuevo; electrizante no sólo por el calor de ella y su especiado sabor salado, sino por la novedad, por la excitación casi incontenible de lo que vendría.
La suavidad y el escozor de ese beso habían regresado a él ocasionalmente durante los meses pasados, cuando no estaba con ella, aunque también cuando sí estaba; a veces incluso mientras la besaba, ese beso recubría a los otros; podía avocarlo, y con frecuencia lo hacía, pero la emoción era mucho más grande cuando el beso se le aparecía imprevistamente, como ahora. A veces su impacto era tan enorme que él se tambaleaba, tenía que extender la mano y sostenerse de algo para no caer.
“Esta noche no”, había dicho ella aquella primera velada, mientras las yemas de sus dedos, leves como mariposas, inflamaban su piel, sus labios mordisqueando los de él, alejándose luego con ligereza y fundiéndose enseguida en su boca con tal urgencia que llegó a pensar que había cambiado de idea y sí sería esa noche. Pero ella se separó, le sonrió y no le dijo “No”, sino tan solo “Esta noche no”.
Ella creyó que era ella quien se negaba, que tenía el control de la situación. No. Él no había esperado porque ella así lo quería, sino porque esperar tensaba la soga, hacía aumentar la fiebre.
Y debe haber sido la espera la que logró que ocurriera: ese beso -durante unos pocos días, lo único que él tuvo- fluyó por su memoria y por su carne, lo saturó. Y a veces, en momentos que no podía predecir, se concentraba, se alzaba y rompía sobre él como una ola.
Momentos como este.
Pero, por primera vez, ahora llegó acompañado con un dolor. No absolutamente desagradable; un dolor que añadía dulzura, suavizaba el filo. El dolor era arrepentimiento: el recuerdo, todo lo que tenía al principio, era todo lo que le quedaba, ahora que ella ya no estaba.
Como tenía que ser.
Como ella había querido que fuera.
Eso era lo que él había visto, aunque ninguno de los otros lo hubiera visto. Ella lo había declarado con claridad, y si lo había hecho con él, seguramente lo habría hecho también con cada uno de los otros. Pero él había pensado que era una terrible exageración, y sin duda los demás habían pensado lo mismo. Sólo más tarde, cuando ella había tirado del único hilo que dejó caer la red sobre él y se quedó allí sonriendo, él advirtió quién estaba destinado a ser la verdadera presa.
No él, sino ella misma.
Deseó haberse dado cuenta antes, pero no había sido así. Era más listo que los otros, y por cierto más listo que ella, pero era tan solo un hombre. Cuando ella había acudido a él, él la había deseado. Cuando se había acercado a él para aquel primer beso, él había sentido esperanza y orgullo.
Ella había llegado a él como cliente. En la misma calidad, entendió más tarde, que había acudido a todos los demás, solo que en ese momento él no lo sabía.
– Jeffrey Bettinger fue mi abogado hasta ahora -dijo, con voz resuelta, cuando se sentó en la silla de su despacho. Llevaba puesto un suave traje de lana del mismo color caoba que su cabello, una blusa apenas un tono más oscuro que su piel de marfil. Sus mejillas estaban brillantes por el frío. Cuando cruzó las piernas, una gema de hielo que se fundía, se deslizó de su bota a la alfombra. Él revistió sus facciones con una máscara de cortés interés, mientras su atención verdaderamente se concentraba en la lana y la seda, en las sinuosidades y los huecos y en la oscuridad que estaba debajo.
La había visto con Bettinger, por supuesto, había quedado tan sorprendido como cualquiera al ver su riqueza de pintura al óleo compartiendo una copa con la instantánea desteñida que era Bettinger. No había sabido que era su cliente y tampoco había sabido nada de Cramer o de Robbins o de Sutton. No había sabido qué era lo que ella quería, ni qué había hecho. Aunque cuando descubrió la verdad, no podría haber dicho con honestidad que hubiera hecho nada de manera diferente.
En el primer encuentro ella había llevado consigo una cartera de cabritilla con un diminuto cerrojo de plata. Papeles valiosos, le dijo. Como su nuevo abogado, él no tendría que ocuparse de esos papeles, salvo en caso de que ella muriera, y si eso ocurría ella le pedía que rompiera el cerrojo y cumpliera con los deseos que allí encontraría indicados. Por el momento todo lo que tenía que hacer era guardar la cartera en la caja fuerte de su despacho. ¿Tenía una caja fuerte, por supuesto?
Por supuesto. Había tomado la carpeta, permitiendo que sus dedos se demoraran sobre los de ella, aspirando lentamente su rica fragancia estival.
Desde el principio él se había comportado de manera completamente profesional. Lo que ocurría entre ellos -primero en su imaginación, después, muy pronto, de noche y de día- nunca lo distrajo de sus obligaciones, como si le hubiera sucedido a un hombre más débil. Probablemente, se dijo a sí mismo, por eso ella había dejado a Bettinger: el tipo era un pelele. Con seguridad, nunca la había aconsejado, sino que tan sólo había dejado que ella lo llevara de la nariz. Pero él no era así: había puesto objeciones, había ofrecido alternativas cada vez que ella le decía que vendiera una propiedad a un precio ridículamente bajo, o que redactara un codicilo a su testamento para dejar un legado a alguna causa sospechosa. Ella era una mujer rica, le había dicho él, pero la riqueza se terminaba si no se la mantenía bajo control, esposada.
La expresión le suscitó una risa amarga: por la palabra “esposada”, le dijo. Su esposo había sido un abogado, un hombre frío y malvado que le había prohibido tener hijos o amigos, que la había golpeado y esposado, que la había hecho vivir en un infierno sin fin. Más de una vez la amenazó con matarla si lo desafiaba, y ella se despreciaba por la cobardía que le impidió provocarlo para que le diera muerte, o que no le permitió matarse por su propia mano. Había conspirado contra él en oscuras fantasías secretas; pensó -había admitido sin parpadear- que tal vez no hubiera estado en sus cabales durante un tiempo, a causa del aislamiento, el dolor y el miedo.
– ¿Y lo intentó? -preguntó él, sintiendo que su deseo crecía mientras ella hablaba, viendo en su imaginación imágenes de ella temblando, magullada, encogiéndose bajo una sombra enorme y amenazante.
– ¿Qué? ¿Matarlo? Él murió -dijo despectivamente- antes de que yo reuniera el valor necesario para matarlo o matarme.
La súbita muerte de su esposo, dijo, había sido una sorpresa, y la riqueza que él le había dejado era su única fuente de placer. (Cuando escuchó eso el rostro de él se sonrojó, mientras su mente recordaba la noche anterior, el calor de los besos, el crescendo de su balanceo, juntos, juntos.) Ella hizo una pausa deliberada. Con una sonrisa, y sin enmendar ni hacer una sola salvedad a su declaración, prosiguió diciendo que ahora gastaría su dinero cómo y dónde se le antojara. Él no respondió. Atravesó la habitación y cerró la puerta, y la poseyó ahí mismo sobre la alfombra de su despacho.