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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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– Ustedes los americanos son tan puritanos -dijo-. Todo ese escándalo tan sólo porque su presidente se consiguió una mamada.

– No tiene nada que ver con el sexo -dijo Alex, consciente de que el rubor le había coloreado las mejillas-. Es un ataque de la derecha.

Había querido que sus palabras sonaran indiferentes y llenas de hastío. Pero de alguna manera lo había dicho con tono defensivo.

– Todo tiene que ver con el sexo -dijo ella, mirándolo a los ojos.

Ante esa provocación, mientras el Veuve Clicquot cosquilleaba en sus venas como un isótopo brillante, Alex rozó con la mano la cara interna del muslo de ella, deteniéndose tan sólo al borde de su estrecha falda corta. Sosteniéndole la mirada, ella abrió la boca y se humedeció los labios con la lengua.

– Esto es una mierda -dijo Frederic.

Aunque Alex estaba seguro de que el otro hombre no alcanzaba a ver su propia mano, la afirmación de Frederic resultaba preocupante, dado que era imposible saber a qué se refería.

– Tú piensas que todo es una mierda.

– Porque lo es.

– Eres un experto en mierda.

– Ya no hay más arte. Solo mierda.

– Ahora que ya sabemos eso… -dijo Tasha.

Comenzó un debate acerca de la cena: Frederic quería ir al bar Buddha, Tasha quería quedarse donde estaban. Llegaron a un acuerdo, y pidieron caviar y otra botella de champán. Cuando llegó la cuenta, Alex recordó a último momento que no debía pagar con su tarjeta de crédito. Decidió, como primer paso hacia la elucidación del misterio de su nueva identidad, que era la clase de tipo que pagaba las cuentas en efectivo. Mientras Alex contaba los billetes, Frederic clavó deliberadamente sus ojos a la distancia con el aire de un hombre habituado a ignorar las cuentas. Alex tuvo brevemente la intuición, un poco irritante, de que lo estaban usando. Tal vez fuera la rutina de ellos fingir que reconocían a un desconocido que tenía una buena mesa. Antes de que pudiera desarrollar la idea, Tasha ya lo había tomado del brazo y lo conducía afuera, a la noche. La presión de su brazo, el aroma de su piel, eran estimulantes. Decidió ver adonde iría a parar todo eso. No tenía otra cosa que hacer.

El automóvil de Frederic, estacionado a unas manzanas de distancia, no parecía en condiciones de funcionar. La parrilla frontal estaba abollada, y uno de los faros apuntaba hacia arriba en un ángulo de cuarenta y cinco grados.

– No te preocupes -dijo Tasha-. Frederic es un excelente conductor. Sólo choca cuando siente que lo necesita.

– ¿Cómo te sientes esta noche? -le preguntó Alex.

– Siento que estoy con ganas de bailar -dijo Frederic. Empezó a cantar el tema de Bowie, “Let's Dance”, siguiendo el ritmo con los dedos sobre el volante mientras Alex subía atrás.

Le Bain Douche estaba semivacío. La única persona que reconocieron era Bernard Henri Levy. O bien habían llegado demasiado temprano, o un par de años demasiado tarde. La conversación había pasado al francés y Alex no podía seguirla del todo. Tasha se dedicaba a él, acariciándole el brazo e, intermitentemente, su propio seno izquierdo, y Alex estaba un poco nervioso por la posible reacción de Frederic En un momento hubo entre ambos una áspera discusión que Alex no entendió. Frederic se puso de pie y se marchó.

– Mira -dijo Alex-, no quiero causar ningún problema.

– No hay problema -dijo ella.

– ¿Es tu novio?

– Solíamos salir. Ahora solo somos amigos.

Le tiró de un brazo y lo besó, explorando lentamente el interior de su boca con la lengua. De pronto se alejó de él y observó a una mujer de chaqueta de cuero blanco que bailaba junto a una mesa vecina.

– Creo que las tetas grandes son hermosas -dijo antes de volver a besarlo con renovado ardor.

– Yo creo que tus tetas son hermosas -dijo él.

– Lo son, en realidad -dijo ella-, pero no son grandes.

Cuando Frederic volvió parecía estar de buen humor. Dejó varios billetes sobre la mesa.

– Vamos -dijo.

Alex no iba a bailar desde hacía varios años. Cuando Lydia y él se habían ido a vivir juntos, los clubes habían perdido su atractivo. Ahora sentía el retorno de la vieja emoción, la anticipación de la cacería… la sensación de que la noche guardaba secretos que serían revelados antes del amanecer. Tasha hablaba de alguien de Nueva York que supuestamente Alex conocía.

– La última vez que lo vi no paraba de golpearse la cabeza contra la pared, y le dije, Michael, tienes que parar con esas drogas. Eso fue hace quince años.

La primera escala fue en un salón de baile de Montmartre. Había una banda en el escenario, tocando una versión casi creíble de “Smells Like Teen Spirit”. Mientras esperaban en la barra, Frederic tocó vigorosamente una guitarra invisible en el aire y cantó a los gritos el estribillo: “Aquí estamos, ahora diviértenos”. Después de sorber sus cosmopolitans, derivaron hacia la pista de baile. El estrépito era apenas suficiente para obviar la conversación.

La banda atacó “Goddamn the Queers”. Tasha dividió la atención entre ellos dos, incrustando su pelvis contra Alex durante una versión particularmente mala de “Champagne SuperNova”. Cerrando los ojos y envolviéndola con sus brazos, él perdió registro de sus coordenadas espaciales. ¿Estaban verdaderamente en sus manos esos pechos, esas nalgas? Ella le metió la lengua en la oreja; él se imaginó a una cobra que se erguía en su canasto de mimbre.

Cuando abrió los ojos vio a Frederic hablando con otro hombre y mirándolo desde el borde de la pista de baile.

Alex se fue a buscar el baño de hombres y otra cerveza. Cuando volvió, Tasha y Frederic bailaban una lenta balada francesa mientras se besaban. Decidió irse como un buen perdedor. Fuere cual fuese el juego, de repente se sentía demasiado cansado para jugarlo. En ese momento Tasha levantó la vista y lo saludó con la mano desde la pista de baile. Se acercó zigzagueando entre los bailarines, con Frederic a la zaga.

– Vamos -gritó.

En la acera, Frederic se volvió obsequioso.

– Hombre, debes pensar que París es una absoluta mierda.

– La estoy pasando bien -dijo Alex-. No te preocupes.

– Me preocupo, hombre. Es una cuestión de honor.

– Estoy muy bien.

– Al menos podríamos conseguir un poco de droga -dijo Tasha.

– No necesito drogas -dijo Alex.

– No quiero drogarme -cantó Frederic-. Pero no quiero no drogarme.

Empezaron a discutir sobre la próxima escala. Tasha defendía la idea de ir a un lugar llamado, aparentemente, Faster Pussycat, Kill Kill. Frederic insistía en que no estaba abierto. Él estaba a favor de ir a L'Enfer. El debate siguió en el auto. Finalmente cruzaron el río y un poco más tarde hicieron alto bajo la torre de Montparnasse.

Los dos porteros saludaron con calidez a sus compañeros. Bajaron la escalera hasta un espacio que parecía arder bajo una luz violeta, cuya fuente Alex no pudo distinguir. Los bailarines estaban envueltos en un riff de bajo y percusión. Aferrándolo de la punta del cinturón, Tasha lo condujo a una zona elevada sobre la pista de baile, que parecía ser la sección vip.

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