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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Tonia arqueó las cejas.

– ¿Advertirte? ¡Querida, conoces la costa de Oregon tan bien como yo! Si no viste que venía una ola sorpresa es porque no estabas prestando atención, tenías la cabeza en otra parte. Y yo no estaba en tu camino. La playa es suficientemente amplia para todas nosotras.

– ¡Tú la viste a tiempo para salir corriendo! -la acusó Kate, con la furia aún claramente impresa en su rostro-. ¡Yo te hubiera advertido!

Algo parecido a una sonrisa cruzó por los labios de Tonia.

– ¿Lo hubieras hecho? -preguntó-. ¿De veras, Kate?

– ¿Qué clase de pregunta es esa? -le gritó Kate-. ¡Por supuesto que lo hubiera hecho!

– Tengo mis dudas -dijo Tonia, y le volvió la espalda.

Susannah esperó que Kate replicara, luego vio que se había quedado inmóvil, con la falda mojada colgando alrededor de sus piernas, helada en medio del viento. Estaba observando a Tonia que se alejaba, y su expresión revelaba un poco de vergüenza y hasta un atisbo de algo parecido al miedo.

Susannah contuvo el aliento y sintió que su corazón latía con fuerza. Con tanta claridad como si hubiera escuchado las palabras, supo lo que ocupaba la mente de Kate, el horror y la vergüenza. Y sin embargo, había seguido haciéndolo, como si no pudiera detenerse. Ralph había sido el esposo de Tonia, encantador, ingenioso, ambicioso, destinado al Senado estatal, y tal vez a la mansión del gobernador algún día no demasiado lejano.

Ahora estaba aterrada de que Tonia supiera, o que por lo menos sospechara. ¿Era así? ¿Cuál era el sentido que se ocultaba tras sus palabras? ¿O era tan sólo la pérdida que Tonia había sufrido, su soledad y su orgullo herido porque Ralph había caído tan bajo? Y en Kate ¿era simplemente la culpa, porque el gusto de su propia traición no se le iba nunca de la boca?

Tonia se agachó y recogió una conchilla. Debía ser una buena, porque se la guardó en el bolsillo, y después se dio vuelta para mirar a Kate. No parecía advertir la presencia de Susannah, como si fuera una gaviota o alguna otra cosa natural en ese lugar, sin ninguna importancia.

Susannah no se sintió ofendida una vez que pasó el primer sentimiento, el de haber sido excluida. Después de todo, era un alivio. Si Tonia verdaderamente sospechaba algo, era en Kate en quien pensaba. Que Kate la hubiera traicionado era algo malo a ojos de cualquiera. Pero era comprensible… ¡tan fácilmente comprensible! El recuerdo de Ralph la inundó y la rodeó como la brisa de aire salado que la envolvía, colmando sus sentidos y ardiendo en su boca, en sus pulmones, hasta en su mente. El aire, en cambio, era limpio y dulce, y era ilimitado, alcanzaba para todos los seres vivientes. Que uno lo tomara no implicaba robarles algo a los demás. Sí, ella podía entender a Kate, cualquier mujer la entendería, por más que la condenaran.

¿Condenarían también a Susannah? ¿Verían su gesto como el acto de una mujer desdeñada, usada y dejada de lado, como un mezquino acto de celos y de venganza?

No había sido así. Sin embargo la heriría profundamente, hasta la médula, si alguien creyera que había sido eso. De poco serviría que los desconocidos supieran que le había resultado tan desesperadamente difícil, un acto de decisión terrible, con el que había luchado y luchado, la elección entre traicionar a otros o a sí misma y a todo lo que consideraba correcto. Necesitaba que todos los que le importaban lo entendieran así.

En el fondo de su corazón sabía que al menos Tonia nunca lo entendería. Había amado a Ralph con una devoción arrolladora. Tal vez en parte había sido por ambición, por haber visto las posibilidades de él, y su ansia de concretarlas, y tal vez en parte había sido por el orgullo de poseerlo. El hombre más encantador, inteligente y refinado de Astoria había sido suyo. De todas las jóvenes elegantes y bien educadas que lo habían perseguido, ella había sido la elegida. También había habido una buena dosis de comunes pasiones humanas, la risa, la calidez, el dolor de amar y ser amada, el acelerado latido del corazón al escuchar sus pasos, la felicidad cuando él sonreía, el sonido de su voz incluso cuando él no estaba allí, el recuerdo perfecto de su sonrisa. No, Tonia no entendería ni perdonaría nada de lo que Susannah había hecho. Gracias a Dios que no lo sabía.

Y ahora que lo pensaba, Kate tampoco la perdonaría. Eso era tan seguro como que caería la noche. Su furia sería absoluta, a pesar de que ella misma había traicionado. No lo consideraría una pasión, y por lo tanto equivocada y absolutamente perdonable. Lo consideraría una venganza despiadada… ¡y no era eso! Al final, había sido la única alternativa que tenía.

Gracias a Dios Kate tampoco lo sabía. Esta era la primera vez que estaban juntas, solas, desde la muerte de Ralph, y las tres iban a pasar cinco días ahí, cada una guardando sus secretos. Sonreirían y hablarían como si no tuvieran que fingir, como si no hubiera mentiras, odio oculto ni dolor. Sería la prueba final.

Estaban recorriendo el camino de regreso hacia la casa, con el viento ahora a sus espaldas, más frío a medida que el sol bajaba sobre el horizonte, derramando un brillante sendero sobre el agua y coronando las grandes cabezas rizadas de las olas con un fuego pálido. El estrépito de la rompiente jamás cesaba, y sin embargo era un sonido extrañamente pacífico, como la respiración de la tierra. Esta vez no caminaron tan cerca de la orilla como para que las atrapara una ola sorpresa.

Susannah no se pudo sacar la historia de la cabeza mientras miraba a Kate luchar contra la tela mojada que la envolvía y la obstaculizaba. Debía sentirla horriblemente fría contra las piernas, pero no volvió a mencionar el asunto.

La mañana siguiente fue cálida y despejada. En esa época del año no se podía suponer que ese tiempo duraría, así que cuando Tonia sugirió que fueran en auto hacia el sur por la ruta de la costa, y que caminaran rodeando el cabo bajo los pinos, tanto Kate como Susannah aceptaron la idea.

Partieron después del desayuno, Tonia conduciendo el auto, como era usual. Era un viaje de media hora. Mantuvieron una conversación trivial acerca de amigos comunes, el estado del camino, incluso sobre temas políticos tales como la situación en Europa y el intento de reconstrucción después de la devastación que había durado más de cuatro años, de esa guerra que había segado las vidas de más de diez millones de hombres, y herido o mutilado a Dios sabía cuántos más. Resultaba sombrío pensar en eso, pero era un tema seguro. No había en ello nada personal, nada que las hiciera escarbar en sus propias heridas, que aún sangraban.

Dejaron el auto y caminaron bajo el sol siguiendo el empinado sendero que ascendía alejándose del mar. Oyeron el canto agudo y claro de un mirlo de alas rojas, y un momento más tarde lo vieron posado en una rama, con los brillantes parches escarlata claramente discernibles. La madreselva silvestre estaba en flor, y el aroma de las gujas de los pinos confería al aire una mordacidad que parecía disipar todos los pensamientos o recuerdos amargos, así como la visión del mar vaciaba la mente.

Observaron desde lejos en busca de indicios de ballenas, el blanco chorro de agua contra el azul que pudiera delatar su posición. A sus pies, las blancas filas de olas rompían interminablemente sobre la arena, deslumbrando los ojos mientras el viento del mar hacía volar la espuma de sus crestas, como si fuera humo.

– Esto es perfecto -dijo Kate, con una sonrisa-. No se me ocurre nada que pueda ser más bello.

– Eso parece -coincidió Tonia-. Especialmente desde aquí arriba. Pero las apariencias engañan, no es cierto, Kate. Tú deberías saberlo.

Kate se sobresaltó.

– ¿Y qué se supone que significa eso? ¡Sólo porque ayer a la tarde una ola sorpresa me pescó desprevenida! A cualquiera de nosotras que estuviera caminando tan cerca del agua le podría haber ocurrido lo mismo. Simplemente me tocó a mí.

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