Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
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Infatuado. Esas fotos… todas las partes eróticas… estaban allí para que él no localizara el código.
Y ahora ella se había ido. Verdaderamente. Había terminado el juego, había dejado de jugar con él. Tendría que volver Jean y Tam, y a todos los otros corresponsales, tendría que volver al mundo real.
O tratar de seguirle el rastro. La manera en que ella le había sonreído… casi con complicidad, como si hubiera disfrutado el papel que él desempeñaba en esa farsa. ¿Enviaría alguna otra carta, dirigida a él esta vez? Y si lo hacía, ¿él se dispondría a buscarla, resolviendo todas las claves sobre la marcha? Todo lo que le quedaba ahora era esperar.
La tercera persona – Jay McInerney
Difícil de describir con precisión: el sabor de ese octavo o noveno cigarrillo del día, una mezcla de ozono, tabaco rubio y angustia crepuscular sobre la lengua. Pero él lo reconocía siempre. Era el sabor del amor perdido.
Alex empezaba a fumar cada vez que perdía a una mujer. Cuando volvía a enamorarse, dejaba de fumar. Y cuando el amor moría, volvía. En parte se trataba de una reacción física al estrés; en parte era algo metafórico: la sustitución de una adicción por otra. Y una parte nada desdeñable de este reflejo era mitológica: permitirse una imagen romántica de sí mismo como solitaria figura de pie en un puente de una ciudad extranjera, con el cigarrillo en la mano y la chaqueta de cuero abierta a los elementos.
Imaginaba que los transeúntes especulaban sobre su pena mientras él permanecía allí en el Pont des Art, misterioso, húmedo e inabordable. Su sentimiento de pérdida parecía más real cuando lo imaginaba a través de los ojos de desconocidos. Los peatones con sus baguettes para la cena y sus guías Michelin y sus paraguas, encorvándose bajo la precipitación de marzo, una aleación de llovizna y bruma.
Cuando todo terminó con Lydia, él decidió ir a París. No sólo porque era un buen sitio para fumar, sino porque parecía el telón de fondo apropiado. Su pena era más patética y pintoresca en esa ciudad. Ya era suficientemente malo que Lydia lo hubiera dejado; lo que empeoraba las cosas es que había sido por su propia culpa; sufría entonces tanto el dolor de la víctima como los remordimientos del villano. Sin embargo, su apetito no estaba afectado; su estómago se quejaba como un terrier que pide su paseo nocturno, felizmente inconsciente de que la familia está de duelo. Por ennoblecedor que pareciera sufrir en París, sólo un tonto pasaría hambre allí.
De pie en medio del río, trató de decidir adonde iría. Tras haber cenado la noche anterior en un bistró que, para sus propósitos, tenía una apariencia suficientemente sombría y auténtica, pero que resultó estar repleto de volubles americanos y alemanes vestidos como para el gimnasio o para los trópicos, decidió encaminarse hacia el Hotel Coste, donde, al menos, los americanos tendrían un aspecto de hastío más a la moda, todos vestidos de gris o de negro.
El bar estaba lleno y, por supuesto, no había una sola mesa libre cuando llegó. La anfitriona, una bonita sílfide asiática con acento del oeste de Londres, lo evaluó con una mirada escéptica. La suya no era la tradicional soberbia parisina, el desdén de un maître d'hotel de un restaurante de tres estrellas; ella era más bien el guardián del templo de esa tribu internacional que incluía a estrellas del rock, modelos, diseñadores, actores y directores… y también a todos los que los fotografiaban, escribían sobre ellos y se acostaban con ellos. Como director de arte de una agencia de publicidad, Alex vivía en los suburbios de ese mundo. En Nueva York conocía a muchos porteros y maîtres, pero aquí lo mejor que podía esperar era que su aspecto fuera el adecuado para su papel. La anfitriona parecía estar indecisa respecto de sus condiciones para ser miembro de la tribu; su expresión era levemente esperanzada, como si estuviera a punto de concederle el beneficio de la duda. De repente, su mirada suspicaz dio paso a una sonrisa de reconocimiento.
– Lo siento, no lo reconocí -le dijo-. ¿Cómo está?
Alex sólo había estado allí dos veces, durante una visita que había hecho unos años atrás; parecía improbable que ella lo recordara. Por otra parte, daba propinas generosas y era, razonó, un tipo nada mal parecido.
Ella lo condujo hasta una mesa pequeña pero muy visible, dispuesta para cuatro personas. Él le dijo que esperaba a alguien con la esperanza de aumentar así sus posibilidades de sentarse.
– Enseguida le envío un camarero -dijo ella-. Hágame saber si puedo hacer algo más por usted.
Su sonrisa era tan benévola que él trató de pensar en algo más que pudiera pedirle, sólo para darle alguna gratificación.
Aún de talante expansivo cuando llegó el camarero, pidió una botella de champán. Escrutó la habitación. Aunque reconoció a varios clientes -un robusto novelista estadounidense de la escuela de Montana, el delgadísimo cantante de una banda pop británica-, no vio a nadie que realmente conociera en el sentido anticuado del término. Un poco cohibido por estar solo, estudió el menú y se preguntó por qué nunca había traído a Lydia a París. Ahora lo lamentaba, tanto por ella como por él; los placeres de viajar eran menos reales para él cuando no podían ser verificados por un testigo.
Había dado por sentado que era un relación segura… eso era una parte del problema. ¿Por qué siempre le ocurría lo mismo? Cuando alzó los ojos, una joven pareja estaba de pie en un costado de la habitación, examinando a la clientela. La mujer era impresionante… una belleza alta de raza indeterminada. Parecían desorientados, como si los hubieran invitado a una fiesta brillante que había emigrado a otra parte. La mirada de la mujer se cruzó con la de él… y sonrió. Alex le devolvió la sonrisa. Ella le tironeó la manga a su compañero y le indicó con un gesto la mesa de Alex.
De pronto ambos se acercaron.
– ¿Te molesta si nos sentamos contigo un momento? -le preguntó la mujer-. No encontramos a nuestros amigos.
No esperó la respuesta y ocupó la silla que estaba junto a Alex, exponiendo en el proceso una parte del muslo color topo, despojado de medias.
– Frederic -dijo el hombre, tendiéndole la mano. Parecía un poco más tímido que su compañera-. Y ella es Tasha.
– Por favor, tomen asiento -dijo Alex. Algún instinto le impidió dar su propio nombre.
– ¿Qué estás haciendo tú en París? -le preguntó Tasha.
– Sólo, ya sabes, viajando un poco.
Llegó el camarero con el champán. Alex pidió dos copas más.
– Creo que tenemos algunos amigos en común -dijo Tasha-. Ethan y Frederique.
Alex asintió sin comprometerse a responder.
– Adoro Nueva York -dijo Frederic.
– Ya no es lo que solía ser -le rebatió Tasha.
– Sé lo que quieres decir -dijo Alex, que quería ver adónde iba a parar todo eso.
– Sin embargo -dijo Frederic-, es mejor que París.
– Bueno -dijo Alex-, sí y no.
– Barcelona -dijo Frederic- es la única ciudad de onda en Europa.
– Y Berlín -dijo Tasha.
– Ya no.
– ¿Conoces bien París? -le preguntó Tasha.
– En realidad, no.
– Deberíamos mostrártelo.
– Es una mierda -dijo Frederic.
– Hay algunos sitios nuevos -dijo ella-, que no son demasiado aburridos.
– ¿Y de dónde eres tú? -le preguntó Alex a la muchacha, tratando de analizar su exótica apariencia.
– Vivo en París -dijo ella.
– Cuando no está en Nueva York.
Bebieron la botella de champán y pidieron otra. Alex estaba feliz por la compañía. Más aún, no podía evitar que le encantase encarnar a quien fuera que ellos habían imaginado que era. La idea de que lo habían confundido con otra persona le resultaba tremendamente liberadora. Y estaba fascinado con Tasha, que definitivamente flirteaba con él. Varias veces le había tocado la rodilla para enfatizar algo que decía y en varios momentos se había rascado el seno izquierdo. ¿Un gesto distraído o un gesto deliberadamente provocativo? Alex trató de determinar si su relación con Frederic era romántica. Las señales apuntaban en ambas direcciones. El francés la miraba con atención, y sin embargo no parecía estar resentido por el flirteo. En un momento ella dijo: “Frederic y yo solíamos salir juntos”. Cuanto más la miraba Alex, tanto más se fascinaba. Ella era un perfecto cóctel de rasgos raciales, suficientemente familiar para satisfacer un ideal de aculturación y a la vez suficientemente exótico como para que resultara sorprendente.