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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Ana María lo miró con un signo de interrogación. E Ignacio pensó para sí: "¿Por qué soy capaz de ser sincero con Ana María y en cambio disimulo siempre con Marta?".

– No te extrañe que te hable así, Ana María. He dicho lo que siento; estoy decidido a ganar dinero.

– Aupado, prosiguió-: Estoy cansado de vivir con estrecheces, ¿comprendes? En una casa sin calefacción y con muebles anticuados.

Ana María hundió por un segundo la frente en la arena. Luego la levantó:

– Pero tú no acostumbras a quejarte, ¿verdad?

– ¿Quejarme? No… ¿Por qué? Pero estoy dispuesto a no ser una lágrima. Quiero ser eficaz.

– Ignacio reflexionó y añadió-: No quiero que mis hijos lleguen a los dieciséis años como yo, siendo botones de un Banco.

Ana María había mudado la expresión.

– A veces… ganar dinero cuesta caro.

Ignacio la miró.

– Sé a lo que te refieres. Pero no es cuestión de exagerar.

– Se pasó el dorso de la mano por la frente para secarse el sudor-. Se puede triunfar sin lesionar a nadie. Es cuestión de aprovechar las oportunidades.

Era evidente que Ana María había oído muchas veces un lenguaje parecido… Secóse también el sudor de la frente. ¿Cómo conciliar aquello con la placa que Ignacio pensaba poner en la puerta?

– Esta decisión tuya… -apuntó, con cautela-, ¿es producto de la guerra?

Ignacio asintió.

– En parte, sí. Era un crío y me dieron un fusil. Eso cuenta ¿no? -Ana María callaba e Ignacio, notándolo, agregó-: ¡Por favor, no me mires como si proyectara atracar joyerías o abrir cajas de caudales! Simplemente, me he cansado de andar vacilando por ahí y ahora he tomado varias determinaciones; y una de ellas es ganar dinero.

Ana María optó por no dramatizar las cosas.

– ¿Qué otras determinaciones has tomado, si puede saberse?

El muchacho contestó, con la misma seguridad que antes:

– Apartarme de la política.

La muchacha jugueteaba ahora con el gorrito blanco.

– ¿Te sientes defraudado?

– ¡No, no! Nada de eso… Pero he comprendido que yo no he nacido para eso, que a mí no me va.

Ahí Ana María le siguió sin grandes dificultades.

– Eso lo comprendo muy bien. A mí me ocurre lo mismo.

Ignacio experimentó como una penetrante alegría.

– No te gusta marcar el paso, ¿verdad?

– Ni pum… Prefiero pegar saltos yo sola. Y fumar algún pitillo a escondidas…

El clima volvía a ser cordial. Ignacio cogió con ambas manos un puñado de arena y formando un reguero la dejó deslizarse suavemente.

– ¡España, España!… Con perdón, pero estoy un poco harto. Quiero ser Ignacio.

– Cogió otro puñado de arena y repitió la operación-. Hay personas que parecen haber olvidado ya su nombre y llamarse "acto de servicio" o "Alcázar de Toledo".

Ana María supuso que Ignacio se refería a Marta. Pero había decidido no aludir a ella, como si no existiese.

– ¿Puedo preguntarte si te has cansado también de la religión?

Ignacio, inesperadamente, fue incorporándose con lentitud gimnástica y por fin dio media vuelta y se quedó sentado. Y miró a lo lejos.

– Es imposible no creer en Dios mirando el mar.

La respuesta gustó tanto a Ana María, que ésta imitó al muchacho y se sentó a su vez, situándose justamente a su lado.

– Sigues siendo un adorable farsante. ¿Dónde aprendiste lo que acabas de decir?

Ignacio se rió, halagado.

– En ese asunto me ayuda mucho un jesuíta que hay en Gerona: el padre Forteza.

– ¡Ah! ¿Sí? ¿Lo tratas mucho?

– Nunca he hablado con él. Pero lo veo… y es bastante. Tarda tres cuartos de hora en decir la misa. ¡Si te descuidas, te hace santo para toda la vida!

Ana María se volvió hacia Ignacio y lo miró a los labios intensamente, con un ligero temblor.

– No me gustaría que fueras santo… -dijo la muchacha.

Ignacio miró a su vez los labios de Ana María, rojos y húmedos:

– Espero no caer en semejante tentación.

Ana María, que había ido estudiando a Ignacio con mucho detenimiento, llegados a este punto se dijo: "basta". Miró también a lo lejos, al mar. Y tuvo dos intuiciones. La primera, que Ignacio el próximo invierno haría muchos viajes a Barcelona, pues ella se encargaría de rogarle al Cristo de Lepanto que el Servicio de Fronteras lo mandara allí en vez de mandarlo a Perpiñán. La segunda se refería a algo más contundente: Ignacio, cuyo aspecto era noble pese a sus bravatas -y pese a su albornoz-, seria para ella. No sabía cómo y sin duda debería luchar fuerte contra Marta. Pero algo le decía que Ignacio al final, con o sin dinero, sería suyo, y esto era lo principal. Claro que debería obrar con astucia y pedirle algún consejo a su amigo Gaspar Ley y, mejor aún, a la esposa de éste, Charo. Y dejar de escribir simples postalitas y llenar hojas y más hojas, en papel muy femenino, poniendo intención en cada palabra. Pero no la asustaba ese menester. Si hacía gimnasia sueca para conservar la línea, ¿por qué no había de hacer gimnasia española para conquistar a Ignacio?

– Estoy contenta, Ignacio. He sacado la conclusión de que, pese a todo, la guerra te ha mejorado. Eres menos desconcertante. Te has propuesto una meta y a ella vas. Eso inspira una gran confianza.

– ¡Ah, no te quepa la menor duda! ¿Te vienes al agua otra vez?

Permanecieron allí, en el agua y en la arena, hasta que, a eso de las dos y media, Ana María vio llegar por el Paseo, majestuosamente, un coche gris, bastante parecido al que en Gerona usaba doña Cecilia para ir a la peluquería y a las mesas petitorias.

– ¡Mis padres! Ahí vienen…

Ignacio pegó un salto y se puso en pie, enredándose con el cinturón del albornoz.

– Me voy pitando…

– ¡Bueno! No tan de prisa…

– Sí, sí, me voy…

– No te vayas. Quédate por ahí cerca… -Ana María añadió-: Donde pueda verte aún.

Se dieron la mano, un tanto precipitadamente.

– ¿Hasta cuándo estaréis en San Feliu?

– Hasta fin de mes, creo.

– Volveré.

– No quiero crearme ilusiones…

– Escríbeme.

– Descuida…

Ignacio se separó. Se fue hacia las rocas silbando. Acabó sentándose en ellas, cerca de los guardias, a los que saludó.

– Mucho calor, ¿eh?

– Figúrese… -Uno de los guardias se palpó la manga del uniforme y luego, enderezando el índice, señaló su tricornio.

Desde aquel punto exacto Ignacio pudo contemplar a placer cómo los padres de Ana María bajaban del coche gris. Don Rosendo Sarró: el hombre que olía los negocios y que hacía un viaje semanal a Madrid, era alto, deportivo. En efecto, no se le notaba la Cárcel Modelo y tenía sin duda autoridad personal. Sacó del interior del coche una enorme cesta de mimbre. La madre estaba más achacosa y tenía, pese al veraneo, la piel de color de leche.

Ana María no se levantó siquiera para saludarlos. Los recibió con frialdad, mientras hurgaba con el pie derecho la arena.

Ni siquiera pareció alegrarse cuando el padre abrió la cesta, que por lo visto pesaba lo suyo y que debía de contener la pesca de la jornada. En cambio, la madre hacía muchos aspavientos.

Ignacio, sin saber por qué, se sintió a disgusto, como un intruso. Fue a la caseta y se vistió. ¡Qué calor! Consiguió, en el momento de abandonar la playa, hacerle a Ana María una seña de despedida. Y se fue al paseo del Mar, donde un fotógrafo ambulante lo acosó para retratarlo.

– ¡Que no, que no, que no me interesa! -El fotógrafo se sacó del bolsillo un bloc y un lápiz.

– ¿Le hago una caricatura?

– Otro día, amigo…

Ignacio se quedó solo. Le invadió un hambre atroz. Entonces miró hacia la montaña de San Telmo, que se erguía a su derecha, salpicada aquí y allá de manchas pardas entre los árboles. Eran las tiendas de campaña del Campamento de Verano que Mateo dirigía. Su amigo estaría allí, en su puesto, enseñándoles a los críos, a los soldaditos de plomo, a llamarse "acto de servicio" y "Alcázar de Toledo".

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