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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Ignacio esta vez no había llegado allí cruzando por debajo del agua la valla que acotaba la zona de pago. Había llegado por el paseo del Mar, con americana, pantalones y zapatos. Sintióse tan ridículo vestido de aquella manera bajo el sol abrasador, que le dijo a la muchacha: "Perdona. Voy a desvestirme y vuelvo". Alquiló una caseta y a poco reapareció enfundado también en el albornoz reglamentario, albornoz rojo, largo hasta los pies, que tampoco lo favorecía demasiado.

– ¿Dónde está tu padre?

– Se ha ido a pescar al rompeolas.

– ¿Y tu madre?

– Se fue con él.

A Ignacio lo alegró indeciblemente que Ana María se encontrase sola. Se sentó a su lado en la arena, bajo un techo de cañas. Al sentarse le asomaron las piernas, blanquísimas, y se sintió ridículo de nuevo. Pero se olvidó de ellas. Vio a su lado el balón azul, lo acarició… y los dos muchachos se pusieron a charlar.

Ana María, siguiendo su costumbre, se interesó al momento por la familia de Ignacio. "¿Qué tal en tu casa? ¿Están bien? ¿No hay novedades? ¿Qué hace Pilar?". Ignacio le dio los detalles precisos.

– Todos bien… ¡En fin! Aparte lo de César, no podemos quejarnos.

Ana María asintió.

– ¿Sigue tu padre en Telégrafos?

– Sí. Con su bata gris… -Ignacio añadió, sonriendo-: Pero al salir se pone el sombrero.

Ana María trazaba con los pies nombres imaginarios en la arena. De vez en cuando se volvía hacia Ignacio y lo miraba con fijeza a los ojos.

– ¿Y Pilar? Cuéntame detalles…

– Pues Pilar está hecha un bombón. Un bombón falangista, claro…

Ana María formó una O con los dedos pulgar e índice, como si fuera a decir: Okey. Luego comentó:

– ¿Sigue con tu amigo, con Mateo?

Ignacio se sorprendió de que Ana María se acordase del nombre de éste, y contestó:

– ¡Ah, claro! Eso es cosa hecha.

Ignacio estimó entonces indispensable corresponder con Ana María y la preguntó por los suyos. Le dijo que ya sabía de ellos por Gaspar Ley, pero en realidad la conversación con éste había sido breve.

– ¿No se resentirá tu padre de su estancia en la cárcel? ¿No estará enfermo o algo así?

Ana María protestó con energía, confirmando con ello los informes de Gaspar.

– ¿Enfermo él? ¡No! En plena forma… -La muchacha añadió-: ¡Hasta qué punto! -Y miró el rompeolas, como si desde el lugar en que se encontraban pudiera reconocer la silueta de don Rosendo.

Ignacio, simulando la mayor naturalidad, preguntó:

– ¿A qué se dedica ahora tu padre?

Ana María arrugó el entrecejo. Sin duda el tema le desagradaba.

– No sé. ¡Negocios! Nunca explica nada en casa.

– Inesperadamente, añadió-: Pero se marcha a Madrid lo menos una vez a la semana.

Ignacio no quiso insistir. Y repentinamente sintió calor y le propuso a Ana María meterse en el agua. Ella aceptó y se puso un gorrito blanco. Miraron a los guardias -sentados sobre una roca, fumando- y se quitaron el albornoz justo en la orilla. Y entraron en el mar…

¡Cuántos recuerdos! Ana María, con su gorrito, se fue para adentro. Ignacio la siguió, avanzando tan lindamente que le pareció que esquiaba. Y de repente se zambulló y, como antaño, simuló asir a la muchacha de las piernas y tirar de ellas como si quisiera convertirla en sirena. Y Ana María se rió. Y su risa sonó como si 'El Niño de Jaén' tocara las castañuelas.

Fueron diez minutos de embriaguez, pues el agua, si se convierte en memoria, puede subirse a la cabeza. Flotaba allí cerca una balsa saturada de gente, pero ellos descubrieron un hueco por donde meterse, y desde arriba se lanzaron al mar una y otra vez, ensayando toda clase de figuras. A Ignacio le dio por hacer el payaso, y a Ana María por aplaudir. Y de pronto, por desaparecer. "¡Adiós!", decía. Y se sumergía, se sumergía hasta el fondo, fondo verde y claro, como lo eran sus ojos.

Terminado el baño, regresaron a la arena y se tumbaron boca abajo, un tanto distanciados, pues a Ignacio, viendo fumar a los guardias, le apeteció también hacerlo. Y reanudaron el diálogo, esta vez en tono más íntimo.

– ¿Y tú, Ana María, cómo estás? Háblame de ti… ¿Qué haces?

– ¡Huy! Muchas cosas… Quiero terminar el Bachillerato. Hago el Servicio Social. ¡Y acompaño a mi madre al cine, claro!

– Ya… -Ignacio prosiguió-: ¿Te gusta el Servicio Social?

– Nada. Es un tostón. Pero quiero aprender, ¿comprendes? -Ana María jugaba a quitarse el esmalte de las uñas-. Algún día habré de gobernar una casa… -De pronto añadió-: ¡Ah, y quiero perfeccionar mi inglés!

¿Inglés…? Ignacio se extrañó. Todo el mundo estudiaba alemán. Ana María no dio explicaciones y siguió contándole. A veces se iba sola al puerto porque le gustaba ver los barcos. "Espero que pronto lleguen otra vez transatlánticos. Creo que el único que ha venido es el que trajo al conde Ciano". También le gustaba visitar el barrio de la Catedral. Los claustros eran una delicia. Invitaban a pensar.

– Me gusta pensar, ¿sabes? Aunque también lo hago en la cama.

– ¿Y en qué piensas?

– ¡Oh! Soy muy poco original. Muchas veces pienso en lo agradable que es que la guerra haya terminado.

– En otro de sus impulsos, añadió-: ¿No sientes tú, algunas veces, como unas ganas enormes de recuperar el tiempo perdido?

Ignacio había ya hundido en la arena la colilla del cigarrillo. Él y Ana María continuaban tumbados boca abajo y sus rostros se encontraban ahora muy cerca. Milagrosamente, a la muchacha se le había quedado intacta una gota de agua en la punta de la nariz. Ignacio, con el índice, la aplastó. Entonces ella le preguntó:

– ¿Y tú, Ignacio? ¿Cuándo sabré algo de ti? ¿Qué haces?

Ignacio volvió a sonreír. Se expansionó con Ana María, a quien, inesperadamente, todo lo referente a Perpiñán y a los exiliados pareció interesarle. Aunque ello duró muy poco tiempo. De súbito la muchacha cortó diciendo: "Claro que ¡eran tan canallas!".

Ignacio cambió entonces de tema y dijo:

– Pero lo que quiero es que me licencien y terminar pronto la carrera.

– ¿Terminarla?

– ¡Claro! Cada noche estudio hasta las tantas… En septiembre me examino. El veintiséis.

– De tercero, ¿no es eso?

– Sí… -Ignacio volvió a mirar a la muchacha sorprendido, como cuando le oyó pronunciar el nombre de Mateo-. ¿Cómo es posible que te acuerdes?

– ¡Ah, ja!

Él, complacido, siguió explicando:

– Tercero, en septiembre. Ello significa que en junio del año próximo puedo tener el título en el bolsillo.

Ana María se acercó un poco más a Ignacio. "Abogado…", murmuró. Se había llevado un granito de arena a la boca y su sabor salado le agradaba. Sus ojos tenían ahora el color de la felicidad, de las mañanas claras.

Volvió a la realidad y preguntó:

– Y luego… ¿piensas ejercer?

– Por supuesto -respondió Ignacio-. Hay que defender a la gente ¿no crees?

Ana María apuntó:

– Los abogados a veces tienen que acusar…

– ¡No, no, de ningún modo! En la placa de mi puerta pondré: "Si quiere usted acusar a alguien, llame a otro despacho".

Ana María se rió y al hacerlo se tragó sin querer el granito de arena salada que paladeaba con tanta fruición.

A continuación preguntó:

– Pero ¿cómo vas a ejercer de abogado… a tu edad?

Ignacio se mostraba muy seguro.

– No pienso ejercer en seguida. Antes tendré que pasarme dos años lo menos haciendo prácticas.

– ¿Dónde?

– Lo normal. En el bufete de otro abogado que tenga prestigio y me pueda enseñar.

Ana María asintió:

– Claro, claro…

La muchacha parecía tan interesada por todo aquello, que Ignacio añadió:

– Luego, cuando mi cara inspire ya confianza… ¡adiós, muy buenas! A trabajar por mi cuenta.

– Marcó una pausa y concluyó-: Y a ganar dinero.

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