Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Al margen de esto, Mateo, sin darse cuenta, prestó especial atención a las fichas correspondientes a los chicos de Gerona, de la capital. Y de ellas, varias lo sorprendieron hasta el punto de hacerle rascarse la negra cabellera. Con Eloy no le ocurrió eso. Su trayectoria estaba clara: el chico quería darle al balón, ser futbolista y no le interesaba sino tener amigos, crecer fuerte como un roble y aprender a caerse sin hacerse daño. Tampoco lo sorprendió la ficha de 'El Niño de Jaén': no había conflicto. El gitanillo, gran triunfador en la Piscina el 18 de julio, quería bailar. Su cintura se cimbreaba por sí sola, su cuerpo adoptaba posturas armónicas, convertía en castañuelas los guijarros y, chascando con los dedos, improvisaba toda suerte de ritmos. 'El Niño de Jaén', con su mechón de pelo en la frente y el color violento de los pañuelos que utilizaba, era un poco el duende del Campamento y se había convertido por derecho propio en la figura más popular.
En cambio, Mateo se llevó una gran sorpresa con Félix, el hijo de Alfonso Reyes, el ex cajero del Banco Arús. El muchacho, que se encontraba en el -Campamento por recomendación de Ignacio, escuchaba con semblante hosco todas las pláticas políticas, lo cual era lógico, dado que su padre sufría cárcel en Alcalá de Henares, donde, para redimir penas, tallaba también, como los demás presos, crucifijos; pero se pasaba el día elaborando figuras de madera y dibujando. Dibujar era sin duda su obsesión. Siempre llevaba en los bolsillos lápices y gomas de borrar. Pero en sus trabajos hacía gala de una inventiva portentosa, como si quisiera evadirse o fundir unos con otros los elementos de la realidad. Cuando dibujaba el mar lo llenaba de bicicletas y no de barcos. Cuando dibujaba las picudas tiendas de campaña colocaba en ellas escudos de rara simbología. Y si alguna vez se atrevía con un rostro humano, lo llenaba de ojos. Ojos en la frente, en las mejillas, y uno muy grande en la barbilla. ¿Qué es lo que Félix quería ver? Tal vez la razón por la cual su madre estaba en la cárcel y su padre tallaba crucifijos.
De todos modos, la sorpresa por antonomasia se la dio a Mateo el hijo del Gobernador, Pablito, quien con sus quince años cumplidos era el chico de mayor edad en la montaña de San Telmo. En el cuestionario había puesto que quería ser "un hombre". La palabra sonaba a reto; pero Pablito no era fanfarrón. Al contrario, siempre se lamentaba de que, por ser hijo de quien era, los demás chicos lo tratasen con deferencia, o no se atrevieran a intimar con él y que algunos incluso lo adulasen. Era alto y rubio -orgullo de María del Mar- pero no se acicalaba, sino todo lo contrario. Llevaba la camisa azul más sucia del Campamento y ya el primer día abolló la cantimplora. Mateo se desvivió por penetrar en los entresijos de su rebeldía pero fue inútil. El propio Pablito ignoraba por qué era así y no de otra manera. Había cursado ya el cuarto año de Bachillerato y sabía muchas cosas, pues de pasada era un memorión. Tenía dotes de mando, pero prescindía de ellas, como si sintiera por lo castrense una alergia casi rabiosa. Nunca hablaba de su padre. Mateo había llegado a la conclusión de que durante mucho tiempo lo había admirado el máximo, considerándolo un héroe; pero que ahora en su interior le censuraba que disfrutara de tanto poder.
– Pablito, ¿qué significa eso de "quiero ser un hombre"?
– Pues eso, un hombre. Como los demás, pero a mi manera.
– ¿No ves ahí una contradicción?
– No.
– ¿Por qué te has retrasado para ir a la playa?
– ¡Sí, he de dar ejemplo, ya sé! Pero estaba allá arriba, haciendo pis.
– Duermes mal, ¿verdad?
– Depende. Tengo la impresión de que ronco y de que molesto a los demás.
– ¿Sabes que eres el campeón del apetito?
– ¡Oh, desde luego! Me comería un buey. Lo siento.
– Si tuvieras que dirigir este Campamento, ¿cómo lo harías?
– Como tú lo haces. Te aprecio mucho y tú lo sabes.
– ¿Te gusta la Historia?
– Me gustaría si su personaje más importante no fuera Caín…
– ¿No crees que a veces es necesario luchar?
– Sí, lo creo, pero me disgusta. Prefiero la literatura.
– No te veo aquí contento, como lo estabas en Gerona. Ni siquiera silbas. ¡Y cuidado que el Campamento se prestaría a hacerlo!
– Pues estoy contento, la verdad. Lo que ocurre es… que prefiero escribir.
– ¿Qué es lo que escribes?
– Nada. Todo lo pienso.
– Se tocó la frente-. Algún día saldrá.
– ¿Versos?
– ¡No, por favor!
– ¿Qué es lo que te preocupa?
– Estupideces. Me pregunto qué hacemos aquí, todos juntos, por qué los bichos pican, por qué yo me llamo Pablito.
– Te gustan las mujeres, ¿verdad?
– ¿Cómo lo sabes?
– También te gusta fumar…
– ¡Bueno! Me gustaría hacerlo en pipa, como el general.
– ¿A qué persona quieres más en este mundo?
– ¡Psé! Hoy, por ejemplo, a mi hermana, a Cristina.
– ¿Qué sientes cuando izamos la bandera?
– Algunas veces, una gran emoción. Pero, por regla general, lo que me gustaría es saber lo que sienten los demás.
– Resumiendo, Pablito, eres un poco lo que precisamente no querrías ser: un juez.
– Es posible. Pero ¿podrías decirme por qué uno es como es?
– No. No puedo resolverte esta papeleta.
¡Ah, maravilloso y abstruso mundo infantil! El Campamento Juvenil de Verano era un impar campo de observación. Cuando Mateo, bien entrada la noche, apagadas ya las hogueras, se retiraba a su tienda a descansar -¡Eloy roncaba, roncaba ya, sobre su montón de paja!-, pasaba revista a las imágenes y a las palabras vistas y oídas a lo largo de la jornada y no conseguía establecer una ilación. Cada chico era una pregunta, una profecía, una infinita probabilidad. Tal vez aquella edad -la de Pablito, la de Félix- fuera la peor… Tal vez la naturaleza se resistiera al deseable "quehacer común", a la programación minuciosa. Se disparaba en todas direcciones, como acaso pudiera hacerlo la escopeta de un tirador epiléptico: hacia el fútbol, hacia el baile flamenco, hacia la masturbación. ¿Y hacia la política? ¿Cuántos, entre aquellos muchachos del CAMPAMENTO ONÉSIMO REDONDO, querrían ser políticos? No se sabía. Félix quería pintar bicicletas en el mar; Ricardito, el benjamín, quería aplastar lagartijas con la punta de la alpargata; Pablito quería comerse un buey. ¿De dónde saldrían los futuros dirigentes, del litoral o del monte? ¿De los que soñaban en voz alta o de los que siempre tenían sed? ¿De los huérfanos de madre?
Mateo se repitió una vez más, ignorando que el profesor Civil lo hubiera dicho antes, que el doctor Chaos era un optimista afirmando que los hombres avanzaban en escuadrilla. Como masa, como colectividad, era cierto; pero en el claustro individual… En aquel Campamento instalado en la ladera de San Telmo, en San Feliu de Guíxols, cien muchachos llevaban camisa azul; pero los cien azules eran diferentes.