Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
El pequeño Eloy se alegró de que los fuegos artificiales terminasen, porque su estruendo le recordó, según dijo, el bombardeo de Guernica.
Luego, cuando dicho estruendo cesó y planeó el silencio oscuro y sudoroso en las calles, la gente se dispersó. El Patronato Parroquial de Mujeres se fue a la iglesia del Mercadal a dar las gracias. Las parejas abarrotaron los cafés, habida cuenta de que el olor a pólvora les había secado la garganta. En cuanto a los soldados, en un santiamén invadieron el barrio de la Barca. Sí, la Andaluza, en cuestión de un par de horas, recuperó con creces todo lo perdido la víspera por culpa de la confesión organizada en los cuarteles a petición del señor obispo.
CAPÍTULO XVI
El mes de agosto cayó sobre la ciudad y con él el calor del principio del verano se intensificó de tal suerte que Amanecer lo calificó de tórrido.
Ya no se trataba de que las hermanas Campistol abrieran los balcones para airear el taller y que el Oñar oliera mal; todo el mundo buscaba donde fuere un poco de brisa, y habían aparecido en el río y por todas partes enormes ratas, como aquellas de los almacenes del Collell a las que César no se atrevía a pegar puntapiés.
La vía del tren, por la que solían pasear algunos sacerdotes y algunos veteranos clientes de la Sección de Cupones del Banco Arús, a la hora del sol aparecía desierta, y el asfalto de las calles ardía. La gente joven se aflojaba el nudo de la corbata, mientras las criadas chapoteaban a gusto en el lavadero. En cuanto a los ancianos, los mejores estrategas de la ciudad en estos lances, buscaban como siempre el fresco de los soportales de la Rambla o de la plaza Municipal; o se iban a la Catedral a ocupar durante un rato los sillares de los canónigos; o se iban a la Dehesa. Sí, muchos de ellos se iban a la Dehesa, en compañía de su bastón, y allí se sentaban, en los bancos construidos con piedra milenaria. Parecían esperar la muerte, pero no era así; en realidad observaban, como hacía Dimas en el frente de Aragón, la minúscula vida animal que pululaba a sus pies, y al propio tiempo estaban pendientes de las bandadas de niños que inesperadamente brotaban de los árboles y se les acercaban, simulando amenazarlos con pistolas y con puñales de juguete.
No faltaban quienes buscaban el alivio del Museo Diocesano, por cuyas salas mosén Alberto, pletórico de entusiasmo -aunque su salud no fuese tampoco la de antes-, se pasaba las horas catalogando las piezas que conseguía recuperar. Recientemente, el Servicio de Fronteras le había devuelto algunas arcas antiguas, algunos cuadros y un par de imágenes; y, como adquisición inédita, cabía mencionar que el nuevo comisario de Excavaciones lo había obsequiado con una calavera encontrada en los alrededores de Ampurias.
Por las calles y aceras la gente hubiera ido gustosa ligera de ropa, pero la íntima sensación de que aquello recordaría la época 'roja', la "grosería" de los milicianos, hacía que todo el mundo procurase guardar la compostura. Todo el mundo, excepto un discreto porcentaje de mujeres, que de pronto aparecieron exhibiendo blusas atrevidas, bajo las cuales asomaba la carne temblorosa. De hecho dichas blusas -blancas, rosas, verdiazules, como las estrellas de los fuegos artificiales- fueron multiplicándose y parecieron adueñarse de la ciudad. Ésa era la cuestión.
El señor obispo podía ordenar la separación de sexos en los baños de la piscina y vigilar el tamaño de los slips usados en el Ter; pero el leve temblor de la carne de las mujeres escapaba a las ordenanzas. También escapaban a las ordenanzas el sudor de los enfermos en los pisos sin ventilación y el martirio de los fogoneros que debían alimentar de carbón las máquinas de los trenes.
Podía hacerse una salvedad: las noches refrescaban un poco. De ahí que las mesas de los cafés, sobre todo de los cafés de la Rambla, se llenasen después de cenar de hombres que, al igual que los panaderos, salían a fumarse unos pitillos y a charlar. Se organizaban agradables tertulias, diálogos sin prisa, interrumpidos de vez en cuando por las campanadas del reloj de la Catedral, que a aquella hora sonaban con gótica majestad. Ramón, el camarero del Café Nacional, contemplando, servilleta al hombro, aquel sosiego, recordaba más que nunca a Mallorca y tarareaba táctiles notas de Chopin.
Asiduos de esas tertulias solían ser, en una mesa, siempre la misma, el coronel Triguero, que ahora menudeaba sorprendentemente sus visitas a Gerona, y el capitán Sánchez Bravo, el hijo del general. En otra mesa, los sempiternos jugadores de ajedrez, algunos de los cuales habían soportado impávidos, durante la guerra, la apocalipsis de los bombardeos. Y en dos mesas juntas, ya tradicionalmente reservadas, Matías y sus amigos, que en aquellas semanas habían acordado trasladar sus reuniones a aquella hora, para poder dormir la siesta después de comer.
Los jugadores de ajedrez no veían nada. Pedían un café y, absortos en el tablero, a veces tardaban media hora en deshacer el envoltorio del terrón de azúcar.
El coronel Triguero y el capitán Sánchez Bravo, por el contrario, lo veían todo. Aficionados al alcohol, pedían coñac, estiraban las piernas… y hablaban de negocios. ¿Qué negocios? Nadie lo sabía. Barajaban cifras y nombres raros. Si alguien pasaba cerca, se callaban. En alguna ocasión los camareros y el limpiabotas habían captado palabras sueltas: chatarra, subasta, Sociedad… ¿Qué diablos significaba aquello? El capitán Sánchez Bravo era el presidente del Gerona Club de Fútbol y faltaban pocas semanas para que empezara el campeonato. ¿Por qué no hablaban nunca de fútbol? Los limpiabotas de los cafés hacían muecas de escepticismo: "¡Estaría bueno que el presidente olvidara sus deberes para con la afición…!".
¿Y Matías y sus amigos? ¡Por fin parecían haber olvidado la política! Como si el calor de agosto hubiera arramblado con los discursos patrióticos y con los editoriales de Amanecer. Hablaban de puerilidades, aunque siempre con un poquito de picante. Galindo, el solterón de Obras Públicas, empeñado en subir el sueldo de los peones camineros, aparte de preguntar por qué el Alcalde no organizaba en la Rambla sesiones de cine al aire libre, como según noticias había organizado en sus tiempos Cosme Vila, vivía obsesionado por las mujeres. Matías suponía que los ventiladores de su oficina estarían también averiados, como los de Telégrafos. Galindo negaba con la cabeza. "Compréndame. Soy feo y cobro un sueldo de risa. Las mujeres no me hacen caso. ¡Y están tan buenas! ¿Qué puedo hacer yo? Ustedes están casados; pero un seguro servidor…" Todos se mofaban de Galindo, pues sabían que era un mujeriego obstinado y militante.
Marcos, el gallego de Telégrafos, el hombre que se lamentaba de la falta de urinarios públicos en Gerona, afirmaba que por aquellas fechas era simultáneamente feliz y desgraciado. Feliz porque su calvicie absoluta, que tanto lo hacía sufrir normalmente, en aquella época del año era una bendición. "No sé cómo pueden ustedes soportar tanta pelambrera"; desgraciado, porque el calor le provocaba terribles diarreas, las cuales lo obligaban a continuar comprando sin cesar medicamentos, variando de farmacia para no llamar la atención. Galindo atribuía la dolencia de Marcos al miedo que tenía a que su mujer, la "guapetona Adela", la que quería alternar con las damas de la buena sociedad, le jugara una mala pasada. "Adela le trae a usted frito, Marcos, confiéselo… ¡Yo, en su lugar, no la perdería de vista…!". Eso último era un insulto, pero Marcos no reaccionaba. Era apocado. En casa, mientras Adela se contemplaba en el espejo -a menudo enteramente desnuda-, él se dedicaba a su colección de sellos de Ceilán y Madagascar. Se había especializado en esas dos islas, no sabía por qué. Algunas noches Adela, que se aburría en casa, aparecía de pronto en la Rambla, en la tertulia. ¡Por todos los santos! Cada vez el sombrero de Matías se elevaba varios centímetros sobre su cabeza. Y cada vez Adela, sentándose a su lado, le decía: "¿Sabe usted, Matías, que su Ignacio es un picarón? Ayer me lo encontré y me piropeó como si yo tuviera veinte años…"