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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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CAPÍTULO XVIII

Pocos días después del Pacto de No-Agresión germano-soviético, firmóse en Gerona otro pacto, de características similares, entre la familia Alvear de Gerona y la familia Alvear de Burgos.

Todo había ido más de prisa de lo que Matías, cuando su viaje a la capital castellana, pudo sospechar. Paz se trasladó efectivamente a Madrid, a probar suerte. Y en Madrid le ocurrió lo que su tío se había temido: desamparo, hostilidad.

La primera decepción la tuvo Paz al conectar con las familias de Burgos que la habían precedido en su traslado y cuyas señas había obtenido. En cuatro meses que llevaban allí, no habían podido todavía encontrar vivienda y vivían amontonadas en fonduchas de mala muerte. Tampoco habían conseguido un trabajo estable, debido a los "dichosos avales" y a la competencia. Madrid era un hervidero de fugitivos de todas partes, y la policía lo sabía y les andaba a la zaga. Total, jornales esporádicos aquí y allá, menesteres humillantes, dificultades de traslado. Colas interminables en las paradas de los autobuses. ¡Y cuánta miseria en los suburbios! "No es fácil -le dijeron- que aquí encuentres la solución. A menos que vengas dispuesta a poner en venta tu palmito".

Paz no se amilanó. Con el poco dinero que le había dado tío Matías se instaló a su vez en una fonda de la calle del Arenal. Pasóse dos semanas allí, leyendo los anuncios de los periódicos y preguntando por los cafés. No recibía más que respuestas ambiguas o propuestas inaceptables. A veces se detenía en la Gran Vía, miraba alrededor y se repetía: "¡He de encontrar algo! ¡Con lo grande que es esto! ¡Con los automóviles que pasan y la vida que hay aquí!".

Pero a medida que se le acababa el dinero, iba muñéndosele el ánimo. La patrona de la fonda le dijo: "Como no te acerques por los cuarteles…" Una vez pasó delante de la casa en que habían vivido tío Santiago y José Alvear. El edificio se había venido abajo con los bombardeos y estaban construyendo allí un Banco.

A las dos semanas ya no se atrevía siquiera a visitar a las familias burgalesas, cuyos propios problemas los absorbían demasiado. La soledad. Finalmente, desistió. Regresó a Burgos y entró en su casa llorando de rabia. Conchi, su madre, la escuchó, soltó varias palabrotas y finalmente dijo: "Hay que tomar una decisión".

Paz remoloneó por Burgos otras dos semanas. Hasta que una mañana se apoderó de ella la absoluta desesperanza. Vio el papel matamoscas que colgaba de la lámpara del comedor. Estaba atestado. Las moscas se habían quedado pegadas allí. Ya no había sitio para ninguna otra. Pensó que su situación, y la de su madre y la de Manuel -quien se mataba trabajando por unas perras-, era semejante. Además, habían recibido entretanto un impreso del Ayuntamiento que era preciso rellenar: la hoja de empadronamiento. La hoja lo preguntaba todo: edad, sexo, profesión, ingresos…

– Hay que escribir a Gerona -conminó tía Conchi-. Tu tío Matías habló claro: si fracasáis, decídmelo…

Paz dejó que se le cayera hasta media espalda la rubia cabellera.

– Sí, ya lo sé. Pero ¿qué podrá hacer?

– Escríbele…

Paz obedeció. No escribió la carta con tinta, sino con sangre. Dicha carta provocó en Gerona una convulsión, pese a que Matías estaba seguro de que la recibiría un día u otro.

Ya no podía escamotearla, como había hecho con las anteriores a su viaje. Se la enseñó a Carmen Elgazu y a Ignacio. Les contó con detalle su entrevista en Burgos y les dijo: "Les prometí ayudarles… Y debo hacerlo -Volvióse hacia Ignacio-. Se llaman Alvear".

Fue el nombre clave. Ignacio reaccionó con rapidez fulgurante. Por otra parte, también él había estado en Burgos y recordaba de pe a pa la angustia que había experimentado en aquella casa de la calle de la Piedra.

El muchacho dijo, con sorprendente naturalidad:

– Hay que contestarles que se vengan. Que se vengan los tres.; Creo que no va a ser tan difícil echarles aquí una mano…

Matías miró a su hijo con inmensa gratitud. Sin embargo, Carmen Elgazu, que al oír a Ignacio había sentido otra de sus frecuentes punzadas en la ingle, no decía nada. Por fin habló.

– Por mí, de acuerdo. Pero ¿qué va a decir Pilar? ¡Oh, claro, Pilar sería el hueso duro de roer! Su reacción fue el polo opuesto a la de Ignacio.

– ¿Traerlos aquí? Pero… ¿os dais cuenta?

– ¿De qué? -preguntó Ignacio.

Pilar no se arredró. "Son rojos ¿no es eso?". Se atropellaba hablando. Y no daba con el argumento decisivo, convincente, que hubiera deseado encontrar. "A Mateo no le hará ninguna gracia…" "¡Cuánta complicación!". "No traerán nada bueno…" "¿Dónde los meteremos?". Aludió a los crímenes de la UGT… Ignacio cortó en seco.

– Me parece, hermanita, que en el escudo de tu camisa azul sólo hay flechas; que te has olvidado de las rosas…

Pilar tuvo un exabrupto. Miró a su familia. Carmen Elgazu había bajado los ojos.

– ¡Bien! -dijo-. Ya veo que mi opinión no cuenta… Haced lo que queráis.

Y se fue a su cuarto, donde se encerró sollozando.

Eloy, que había presenciado la escena, no acabó de comprender a Pilar. Y mirando a hurtadillas la carta de Paz, que estaba encima de la mesa, pensó para sí: "Paz… Me gusta ese nombre".

Matías escribió a Burgos comunicándoles la buena nueva. También allí hubo sus más y sus menos. A Paz no le hacía ninguna gracia el papel que indudablemente representarían en Gerona. Pensó en Mateo, Jefe Provincial de Falange; pensó en Marta…

Pero no había opción. Y Conchi remachó:

– Mejor eso que morirnos.

Pleito resuelto. Paz contestó a Matías diciéndole que aceptaban y que enviaba por agencia, por carretera, la mesa del comedor, las sillas y dos colchones, lo único aprovechable. Ellos harían el viaje en tren, llevando consigo unos cuantos bultos con ropa y con los cubiertos. La carta terminaba diciendo: "Llegaremos el día veintiséis".

Así fue. En la fecha indicada, ya a finales de agosto, los "Parientes de Burgos" -tía Conchi, Paz y Manuel-, al término de un viaje agotador en coches de tercera, llegaron a la estación de Gerona.

Al oír los silbidos estridentes de la locomotora, indicio de que el tren iba a detenerse, los tres se asomaron a la ventanilla. Vieron vagones inhabilitados en las vías muertas, un hangar abarrotado de cajas de agua mineral, y adivinaron allá al fondo, un momento, la silueta de un campanario, que dominaba sobre los tejados.

Su desasosiego era grande. Y no obstante, apenas el convoy se detuvo en el andén, todo transcurrió de tal modo que tía Conchi creyó estar soñando. Matías e Ignacio estaban allí, de pie, no sólo dispuestos a darles un abrazo de fervorosa bienvenida y a hacerse cargo del equipaje que llevaban, sino que un cochambroso pero enorme taxi estaba ya esperando fuera, para conducirlos a todos al piso de la Rambla.

¡Y cuántas sorpresas iban a recibir en ese hogar de Gerona, que desde Burgos habían imaginado hosco y cerrado! Todo el mundo los abrazó, y Matías e Ignacio les demostraron en un santiamén que desde que recibieron la carta afirmativa de Paz se habían preocupado de cuanto pudiera hacerles falta. En primer lugar, tenían piso; precisamente el piso que fue del Cojo, a cien metros escasos de la barbería de Raimundo. Piso un poco húmedo, pero barato y sin goteras. En segundo lugar, tenían el permiso de residencia, extendido por el propio Gobernador. "Toma -le dijo Matías a Paz, entregándole los papeles-. Ahí está todo. No falta más que vuestra firma". En tercer lugar, Conchi podría empezar a trabajar cuando quisiera… en el conocido Bar Cocodrilo, cuyo patrón necesitaba una mujer para todo y que supiera espantar a las gitanas. Por último, Paz encontraría también empleo sin dificultad -aunque faltaba saber qué clase de trabajo le apetecía- y Manuel, en cuanto empezara el curso, podría ingresar en el Grupo Escolar San Narciso, en el que también se había matriculado el pequeño Eloy.

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