Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:
– Con su permiso, señor -dijo todo confuso al comprobar que, hiciera lo que hiciera, sus botas enlodadas de greda mojada encharcarían el piso pulcramente alfombrado.
– ¡Adelante, amigo! -lo miró el militar, viendo su honrada indecisión-. ¡Entre no más, que ya sabemos cómo está eso afuera! -eso, era la calle única de Comodoro, convertida en un lecho fangoso de nieve y greda desde la Loma hasta el muelle.
Durante la pausa siguiente el capitán observó que evidentemente la visita llegaba de un largo viaje.
– Pues verá, señor… -empezó el comerciante más animado-; traigo estos papeles del Ensanche para entregárselos en sus propias manos- y extendió el grueso sobre.
El capitán contempló la cubierta, diciendo:
– Sí. En efecto… A mí está dirigido. Vamos a ver…
Leyó largo rato con preocupada atención el extenso pliego y al fin levantando los ojos del papel, exclamó acentuando la intención.
– ¡Uff! Entre la lectura y la puerta abierta, usted me ha metido toda la Patagonia adentro.
Don Manuel se apresuró a cerrar.
– Perdone, señor capitán; pero, usted sabe… nosotros sentimos el viento todo el año y no nos damos cuenta -el capitán Díaz Moreno hizo un gesto indefinido.
– ¿Así que todavía ocurren estas cosas en el sur? -preguntó más para sí mismo que para el otro.
– ¡Bah! Y algunas peores.
– Con lo que comprendo, desafortunadamente, lo poco que conozco la zona… en fin… -y volvió a ojear los papeles-. ¡Estas Compañías!… ¿Cuándo lo dejó usted al señor?… a ver… Lunder… así es, Lunder.
– Cosa de un mes, señor -afirmó don Manuel. -Y creo que necesitan ayuda. En el Paso hay tipos capaces de cualquier herejía.
El capitán se acarició la sedosa barba castaña, y empezó a buscar algo entre los legajos.
– Sí. Tenemos algunas referencias del lugar y se gestiona la instalación de una comisaría… ¡Aquí está!… Bueno, estimado vecino -dijo levantándose y tendiendo su mano a don Manuel-. Le agradezco este servicio y vaya tranquilo, que haré todo lo que esté a mi alcance… Gracias de nuevo.
Don Manuel estrechó la mano del capitán, en cuyos dedos, hasta los nudillos de la primer falange, florecía un vello apenas más claro que el castaño de la barba.
– A sus órdenes, señor capitán… Debo agregarle que el padre Bernardo confía ciegamente en usted y así lo dijo varias veces… y adiós, señor.
– ¡Caramba!… Me hace un honor que no merezco… Buenos días…
El soldado que montaba guardia melancólicamente apoyado en su fusil, se apartó con desgano para dejar pasar a don Manuel que se retiraba.
“¿Qué andará por venderle al capitán? -calculó el soldado-. ¿Pensará hacerlo cliente de su fonda o venderle flechitas?”
Al rato la puerta se abrió de nuevo y esta vez para dar paso al mismo capitán. El soldado se cuadró sosteniendo el fusil con los dedos ateridos.
– Voy a ver al comisionado -advirtió respondiendo al saludo-. ¡Métase adentro, muchacho!… hace un frío de todos los diablos…
– Gracias, mi capitán -dijo el guardia con una leve sonrisa agradecida, pero ya Díaz Moreno se alejaba calle abajo manchando sus lustrosas botas en el fango y luchando con el viento que le cortaba la respiración. Seis cuadras más allá la calle terminaba en el extremo del muelle de hierro que se metía valientemente en el mar. Las casitas de chapas y maderas parecía que en cualquier momento terminarían por desprenderse y planear en el agua, pero sus habitantes iban de un lado a otro chapoteando indiferentes.
Las ropas pesadas, los duros impermeables marineros, las sobrebotas de cordón y los gorros de piel conferían a todos ellos un aspecto agigantado y lerdo, como si el lecho fangoso los retuviera al andar. Mocetones robustos de gestos duros; tehuelches taciturnos y emponchados; chilenos retacones de pómulos salientes y pelo renegrido; dálmatas rubios, de mejillas rosadas y barbas sedosas; algunos argentinos, fácilmente notables por sus gestos vivaces y permanente aire de disgusto, subían y bajaban la empinada vía de barro, saludándose, bromeando o concertando encuentro en alguno de los muchos hoteles que, con la llegada de técnicos y personal de los pozos de petróleo, habían proliferado en el lugar.
3
El capitán llegó casi al extremo de la calle y se metió en una casa algo más sólida que las restantes. A su costado dejó el Chenque 1 que, como un solitario morro de greda y estratos fósiles, coronaba la melancolía de la tierra bajo el azul metalizado pero jamás inmóvil del Atlántico.
Al pie del cerro, sobre la costa, como diciendo un conmovido adiós a las tierras lejanas en cuyas riberas nacían las olas que morían en sus playas, los blancos habían prolongado la tradición del chenque indígena, plantando las primeras cruces a sus muertos, indefinidamente conservados por las sales marinas.
– ¡Qué sorpresa, mi querido capitán! -exclamó el caballero moreno y entrecano que saliera a recibir a Díaz Moreno-. En qué estado vienes, conquistador del barro… ¡Pasa, hombre!
– ¡Puff! -rezongó el capitán-. ¡Y son apenas quinientos metros! ¿Cómo te va, distinguido morocho? ¿Y la señora?
El aludido esbozó un ademán de ignorancia.
– Mira, no lo sé… Andará por la cocina… Pero, ¿supongo que no habrás venido sólo a preguntar por ella?
– No. No temas… Te traigo un lindo asunto. Pasemos a tu escritorio -y tomándolo de un brazo se lo llevó a una habitación donde la estufa inevitable levantaba su caño de hierro agujereando el techo.
– Bueno, tú dirás… -dijo el dueño de casa observando el ceño preocupado de su amigo.
– Pues, estimado Alvarez, ha llegado el momento de que me ayudes desde tu omnímodo cargo de Comisionado del Territorio en el pueblo.
– ¡Bah… bah! Paparruchas, che… Pero no me impacientes y vamos al asunto que te trae.
– Bueno, aquí tienes algo que no es paparrucha -dijo el capitán y agregó-: Dime, ¿tú tienes jurisdicción hasta la cordillera?
– Sí que has venido enigmático, mi capitán… a la verdad no estoy muy seguro… ni siquiera de dónde está la frontera.
– ¡Ignorante!
– No, hijo, sincero… -replicó el Comisionado riendo-. Pero siéntate y habla de una vez o te tiro algo a la cabeza… ¡Tona! -llamó con voz enérgica.
– ¿Señor? -preguntó una mestiza entrada en años, desde una puerta interior.
– Sírvenos un whisky y avisa a la señora que dentro de una hora… ¿te parece bien?… iré con el capitán Díaz Moreno que quiere saludarla.
– Sí, señor -respondió la mujer y desapareció en seguida. Los dos hombres esperaron aún que la vieja Tona les colocase delante unos vasos de whisky, ínterin el capitán extendía sobre el escritorio los documentos que traía.
– Hoy, hace un rato para mayor precisión… ha venido a verme un individuo, uno de esos traficantes que comercian con los pobladores y los indios de las mesetas. Venía de la Colonia, después de estar en el Paso Río Mayo y el Ensanche… ¿me sigues?
– Como si fueras el Baedeker -comentó Alvarez sonriendo-. Pero sí, te sigo atentamente. Continúa, por favor.
– Pues me ha entregado los papeles que aquí ves y que relatan, de mano de un religioso misionero, el conflicto surgido entre el administrador de la Compañía Colonizadora y un poblador boer llamado Lunder, que reside en el Ensanche… hay una muerte, algunas palizas, la amenaza latente de algo más grave… un indio legendario… et encore la femme…
– Dime -interrumpió Alvarez-, si no me equivoco el administrador de la Compañía es un tal Sandoval, ¿no es cierto?
– Así es en efecto -confirmó el capitán.
– Tengo varias quejas sobre ese caballero… que no parece serlo tanto. Pero, de todo esto… ¿Qué esperan que hagas tú?
1 Chenque: cementerio. Altura gredosa a espaldas de Comodoro Rivadavia, punto visible y característico que después de cada lluvia derrama sobre la ciudad su aluvión de fango.