Conquista salvaje
- Автор: Gasulla Luis
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:
– Sencillamente… Que me llegue hasta allí con un piquete para prevenir cualquier desgracia… y te advierto que mi informante me merece toda confianza. Es un probo varón, un religioso que conocí en Buenos Aires. ¿Crees tú que podré hacerlo?
– ¡Caray! ¡Menudo lío! -murmuró el Comisionado-. También podríamos mandar una partida volante de gendarmes…
– No creo que baste… Sandoval está rodeado de matones a sueldo. Además…
– Además… confiesa que estás loco por ir tú -dijo Alvarez apuntándole con el dedo.
– No lo niego. Me gustaría recorrer esos parajes. Sabes bien que no he venido aquí a vegetar ni a contemplar el mar sentado en una roca.
– Bueno… te queda el Chenque, o cualquier otro monte.
El capitán se encogió de hombros.
– Son muy monótonos -dijo bebiendo lentamente.
– Pues, ¡podrías hacer un agujerito aquí y otro allá!… ¡a lo mejor descubres petróleo tú también!
– Difícil, querido. Esos agujeritos como los llamas tienen nombres propios y exclusivos: Beghin, Fucks, Simón, Krause, Hermitte, Destloff… ¿Dónde diablos ubico el mío?
Alvarez se levantó, y apoyando la mano sobre los papeles que había dejado el capitán, expresó:
– Mira, viejo… volviendo a lo nuestro. La cosa no es tan fácil. Tú no dependes de mí, sino de tu comando en Rawson. Yo recibo órdenes del Gobernador y el doctor Lezama a su vez no tiene jurisdicción en el terreno militar.
Por otra parte sólo razones de suma gravedad podrían justificar una intromisión militar en una cuestión policial…en fin, un enredo mayúsculo.
– ¿Y entonces? -preguntó algo fríamente Díaz Moreno.
– No sé-. Habrá que discurrir algo distinto. Tú tienes influencias en la Capital y si te empeñas… podríamos alegar inquietud en las reducciones, conflictos por las raciones del gobierno… Tú me entiendes. Algo muy nebuloso y por lo mismo, lleno de peligros en potencia.
– Pero, ¿entretanto? -se allanó el capitán, sólo a medias convencido.
– Entretanto déjame los papeles; los estudiaré y ya veremos… Aguarda; te haré extender un recibo -y salió llevándose los documentos que redactara el padre Bernardo. A poco regresó diciendo:
– En seguida te lo entregarán… ¿Quieres pasar ahora? Mi señora debe estar esperando… Ya sabes que tienes la virtud de alterar los corazones más virtuosos.
– ¡No seas loco! Al final no será necesario que haya expedición alguna, sino que me van a expulsar sencillamente -exclamó el oficial.
– Es una broma… Toda tu ascendencia prócer debe de estar orgullosa de ver reunidas tantas cualidades en un solo varón. Volviendo a tu asunto, tendremos que movernos si deseamos salir adelante con él. Esta noche, en tu despacho, discutiremos todos los detalles, ¿estás conforme?
– De acuerdo -subrayó el capitán, satisfecho.
– ¿Vamos entonces?
– Vamos -contestó él, siguiendo al funcionario.
4
Al día siguiente, después de conferenciar largamente, Díaz Moreno y Alvarez sometieron al pobre telegrafista del pueblo a una tarea abrumadora. Largos mensajes en clave fueron irradiados a Rawson y Buenos Aires. A éstos siguieron pliegos que un mensajero especial llevó a la capital del Territorio, a través de ochenta leguas de viento, nieve, barro, frío y pedregales solitarios. Pero la inteligente labor de Alvarez y la simpatía y linaje de Díaz Moreno empezaron a rendir sus frutos recién muchos días después. El primero recibió una mañana un despacho telegráfico que se apresuró a llevar a su amigo.
– ¡Mira! -le dijo-. ¡Lee!
Díaz Moreno desplegó el telegrama cuyo texto leyó atentamente:
“Comisionado Territorial Comodoro Rivadavia. Instale destacamento policial Paso Río Mayo. Remítase decreto.
– Lezama Gobernador”.
– Veremos qué me contestan a mí -dijo el capitán pensativo.
Recién recobró su optimismo cuando las autoridades militares terminaron por autorizarlo también a él a realizar su “gira de control y estudio”, según rezaban los despachos recibidos.
Desde aquel momento el capitán Díaz Moreno se trasformó en la imagen de la actividad. Bajo su experta dirección el piquete estuvo pronto en condiciones de afrontar cualquier riesgo o sacrificio. Hombres, equipos y caballada, dentro de los recursos disponibles, descollaban en preparación y calidad.
– ¡Pero capitán! -lo regañaba la esposa de Alvarez-. Usted hace preparativos como para no volver más.
– No, señora -replicaba él-. Pero tengo una misión por delante, no un paseo…
– Déjalo… Cuando Díaz Moreno hace algo es lo mejor -intervenía Alvarez, que tenía fe en su amigo.
– Oye -le dijo una mañana-. Tengo al comisario que irá contigo y los gendarmes. ¿Cuándo quieres partir?
– Cuanto antes -respondió él-. A veces pienso que podría ser demasiado tarde.
– Pues por mí no demorarás mucho más… -afirmó el comisionado, y acordaron que partiría dos días después.
Así lo cumplieron, y una mañana el pueblo de Comodoro se asomó curioso a despedir al oficial y su tropa. Díaz Moreno ascendió la primera lomada y contempló a sus pies el pueblo que se desgranaba cada vez más siguiendo los caprichos de la costa y los pozos de petróleo que, con sus extrañas torres de hierros y maderas semejando monolitos geométricos, se erguían desafiando al viento bramador que bajaba por entre los cañadones.
El mar, poderoso y sobrecogedor, se rizaba en surcos de espuma que las olas glaucas llevaban ágilmente sobre sus lomos ondulantes hasta las rompientes de la costa, donde se deshacían en una lluvia de gotas esmeraldas. Las olas cansadas escalaban las restingas cercanas a las playas, cubrían con su salobre tul los bancos de fósiles y se rendían finalmente frente a las piedras pulidas que defendían los acantilados. Gaviotas y gaviotines tejían un incansable y alado arabesco bajo el firmamento, y alto, señorial y libre, el albatros señalaba el punto de una vertical que apuntaba al cielo…
El ademán de despedida del capitán estaba impregnado de melancolía hacia el pueblo de la sed. Miró nostálgico el ancho camino azul al que el sol irisaba suavemente y luego, cuadrando sus hombros, encabezó la columna que aguardaba enfilada hacia el oeste taciturno.
Las cincuenta leguas que se alargaban por mesetas y cañadones, hasta el Paso, fueron cubiertas por la tropa, en marchas metódicas y escalonadas. Durante las largas y monótonas jornadas, el capitán y el futuro comisario del Paso estrecharon un vínculo de camaradería provechosa para los dos: aquél, instruyendo históricamente al comisario sobre el conjunto de una tierra nueva ganada definitivamente para la nación, éste, con una parquedad incisiva y directa, iniciándolo profundamente en el conocimiento esencial del terreno y de los hombres, prolongando la visión de un panorama ciclópeo que huía, como un gigante desmelenado, de las definiciones tan caras a la razón. Así, hablando del petróleo y la lana, las dos riquezas que la Patagonia veía crecer con pujante vigor, solía el capitán discurrir con extraordinaria clarividencia.
– La dirección razonada de una riqueza, estimado comisario, es obra de estadistas, más que de técnicos o realizadores -decía-. El primero abarca el conjunto de la riqueza en sí; el segundo considera sólo un beneficio personal e inmediato y los dos olvidan la unidad virtual de la riqueza como medio y no como fin; su relación en el campo social al que debe integrarse para beneficio de la masa social y no para su explotación, ésa es la misión que los estadistas deben llenar si realmente tienen conciencia de su cometido. Al margen de estas consideraciones es necesario diferenciar las riquezas temporales, cuya fuente es previsiblemente limitada en el tiempo y en el espacio y la que, por el contrario; se proyecta en forma continuada y constituye una base permanente de acercamiento para el país y para los individuos.