Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Lo extraño de esta historia viene ahora: nosotros no éramos padres ni participantes, sino simples observadores fortuitos que habían ido al parque para disfrutar de su día Ubre. Sin embargo, yo ya había llamado a los Servicios de Emergencia antes de que a cualquier persona de las gradas se le hubiera ocurrido llevarse la mano al bolsillo, mientras que Ashlee, que tenía conocimientos de primeros auxilios, llegó al montículo antes que el entrenador.
La lesión no era grave, así que Ash mantuvo estable al muchacho e intentó tranquilizar a su aterrada madre hasta que llegó la ambulancia. Lo único insólito que hubo en aquel incidente fue la rapidez con la que reaccionamos Ashlee y yo.
—Lo recuerdo —respondí.
—Aquel día aprendí algo. Aprendí que los dos estamos preparados para lo peor. Siempre. En cierto modo, puede que incluso lo estemos esperando. Supongo que, en mi caso, se debe a mi padre.
Su padre era alcohólico, circunstancia que suele obligar a un niño a madurar de forma prematura, y había muerto de cáncer de hígado cuando Ashlee tenía quince años.
—Y tú, por tu madre —continuó.
Siempre esperábamos lo peor… bueno, sí, por supuesto. (En aquel instante, la voz de mi madre sonó brevemente en mi cabeza: ¡Scotty, deja de mirarme de esa forma.)
—Y eso me dice —añadió, sin mirarme a los ojos y escogiendo sus palabras con cuidado— que somos dos personas bastante fuertes. Hemos tenido que enfrentamos a ciertas cosas muy difíciles.
¿Tan difícil como un hijo asesino, resucitado de la muerte?
—Así que no te preocupes, Scott. Confío en ti. Tienes que hacer lo que consideres correcto. No es necesario que intentes decírmelo con suavidad. ¿Vas a irte con ellos, verdad?
—Sólo durante una breve temporada —respondí.
Veintidós
Cruzamos la frontera del estado de Wyoming el día que el gobernador dimitió.
Una de las supuestas milicias Omega había ocupado el parlamento durante casi una semana, tomando como rehenes a sesenta personas, entre las que se incluía el gobernador Atherton. La Guardia Nacional había despejado el edificio y Atherton había renunciado a su cargo en el mismo instante en que fue liberado, aludiendo a razones de salud (y el motivo era bueno: había recibido un disparo en la ingle y la herida se había infectado).
En otras palabras, las emociones estaban a flor de piel en este país montañoso; sin embargo, toda esta agitación política era invisible desde la carretera. Avanzamos por una autopista llena de baches, flanqueada por inmensos ranchos que habían quedado desérticos debido a la crisis del Acuífero de Oglalla. Pudimos ver diversas bandadas de estorninos descansando sobre las oxidadas varillas de los sistemas de irrigación.
—Parte del problema —estaba diciendo Sue— es que la gente considera que un Cronolito es algo mágico, pero eso no es cierto. Es tecnología y, por lo tanto, se comporta como la tecnología.
Sue, que llevaba cinco horas habiéndonos sobre los Cronolitos, había insistido en conducir la última furgoneta del convoy (que contenía nuestros efectos personales y sus proyectos), así que Hitch, Eay y yo nos íbamos turnando en el asiento del pasajero. Sue había añadido una especie de locuacidad nerviosa a su acostumbrada conducta obsesiva. Incluso teníamos que recordarle que comiera.
—La magia es ilimitada —explicó—, o, por lo menos, sólo está limitada por el talento de quien la practica o los caprichos del mundo sobrenatural. Sin embargo, los límites de los Cronolitos están impuestos por la naturaleza, de modo que son muy estrictos y perfectamente calculables. Kuin envía sus monumentos veinte años al pasado porque ése es el punto en el que las barreras prácticas se hacen infranqueables. Si retrocediera más, los requisitos de energía pasarían a ser logarítmicos… incluso para una masa minúscula se dispararían hasta el infinito.
Nuestro convoy estaba formado por ocho camiones de carga militares y el doble de furgonetas y vehículos para transporte de personal. Durante todos estos años, Sue había ido reuniendo un pequeño ejército de personas con una forma de pensar similar, entre las que se incluían los académicos y licenciados que habían creado el equipo de intervención tau. Como esta expedición contaba con la protección de las fuerzas armadas, todos nuestros vehículos habían sido pintados del color azul de Unifuerzas para que pareciera un convoy militar normal y corriente, como los que solían verse incluso por estas carreteras occidentales despobladas.
Tras recorrer algunos kilómetros, nos detuvimos en el arcén de la carretera formando una línea recta desde el camión que nos dirigía y esperamos a que nos llegara el turno de rellenar nuestro depósito de gasolina en la solitaria estación de servicio de Sunshine Volátiles. Sue desconectó el aire acondicionado y yo bajé la ventanilla. El cielo era inmensurablemente azul, aunque había alguna nube alta, y el sol estaba a punto de alcanzar su cénit. Había más gorriones revoloteando sobre una antigua torre de perforación de petróleo oxidada que se alzaba en un árido campo. El aire olía a calor y a polvo.
—Existe todo tipo de límites en los Cronolitos —la voz de Sue era un canturreo adormecido—. Por ejemplo, su masa… o, para ser más concreta, su equivalencia de masa, puesto que la sustancia con la que han sido creados no es convencional. ¿Sabéis que ninguno de los Cronolitos ha tenido una equivalencia de masa mayor a doscientas toneladas métricas? Y seguro que no se debe a una falta de ambición por parte de Kuin, puesto que si fuera, posible, haría que llegaran hasta la luna. Como os iba diciendo, la energía necesaria se dispara de forma exponencial cuando se rebasa cierto punto. Además, la estabilidad se resiente y los efectos secundarios se hacen más notables. Scotty, ¿sabes qué le ocurriría a un Cronolito si rebasara mínimamente el límite teórico de masa?
Le dije que lo ignoraba.
—Se haría inestable y se destruiría… probablemente, de forma espectacular. Su geometría Calabi-Yau se desdoblaría. En términos prácticos, las consecuencias serían catastróficas.
Sin embargo, Kuin no había sido tan necio como para dejar que eso sucediera. Entonces me di cuenta de lo astuto que era… y de que eso no presagiaba nada bueno para nuestra quijotesca expedición a estas tierras occidentales devastadas por el sol.
—Me apetece una coca-cola —dijo de repente Sue—. Estoy tan seca como un hueso. ¿Puedes ir a la gasolinera y traerme una… si hay?
Asentí y, tras abandonar la furgoneta, avancé por el pedregoso margen de la carretera hasta que dejé atrás la larga hilera de camiones. La estación de servicio era un lugar solitario, una vieja cúpula geodésica que daba sombra a la tienda y a una hilera de depósitos moteados de óxido. En la puerta había un anciano que contemplaba la larga cola de vehículos protegiéndose los ojos con la mano. Aunque, en conjunto, debíamos ser más clientes que los que habían pasado por allí durante las últimas dos semanas, aquel tipo no parecía estar demasiado contento.
Observé que los módulos automatizados de servicio se movían bajo el primer camión del convoy, rellenando su depósito y limpiándolo. Los litros y el precio se mostraban en el gran panel superior, cuya pantalla había dejado de ser transparente debido al sol y ¡a arena.
—Hola. Parece que no ha llovido mucho por aquí últimamente.
El encargado de la estación de servicio apartó la mano de sus ojos y me miró de soslayo.
—No llueve desde mayo —respondió.
—¿Tiene bebidas frías?
Se encogió de hombros.
—Refrescos. Algunos.
—¿Puedo echar un vistazo?
Se movió hacía un lado de la puerta.
—Es su dinero.
Después do haber caminado bajo aquel sol abrasador, sentí frío en el oscuro interior de la tienda. En las estanterías no había demasiados productos y en el refrigerador sólo había coca-cola, cerveza y refrescos de naranja. Cogí tres latas al azar.