El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Y un cuerno, pensó Barbara. De entre sus blancos y bonitos dientes de bebé no salían más que mentiras.
– ¿Cómo se conocieron? ¿Estudia usted derecho?
– No. Nos conocimos en el trabajo.
– ¿En MKR Financial? -Vi asintió-. ¿Qué hace en la empresa?
– Nada. Yo también la dejé en abril. -Lo que había hecho, explicó, era trabajar como ayudante personal de Tricia Reeve-. No me caía bien. Es un poco… peculiar. Renuncié en marzo y esperé a que encontraran una sustituta.
– ¿Y ahora? -preguntó Barbara.
– ¿Ahora? -se extrañó Vi.
– ¿Qué hace ahora? -aclaró Nkata-. ¿Dónde trabaja?
Trabajaba de modelo, les dijo. Había sido su sueño de toda la vida, y Nikki la había animado a probar suerte. Mostró un álbum de fotografías profesionales que la plasmaban en diversas indumentarias. En la mayoría de instantáneas parecía una niña hambrienta: delgada, de grandes ojos, con la expresión vacía que era de rigor en las revistas de modas.
Barbara asintió mientras veía las fotos, como si le gustaran, pero se preguntó cuándo volverían a estar de moda las figuras tipo Rubens, como la de ella, para ser sincera.
– Debe de irle bien. Un dúplex como este… No creo que sea barato, ¿verdad? ¿Es de su propiedad?
– Es de alquiler.
Vi recogió sus fotos.
– ¿A quién lo alquila? -Nkata hizo la pregunta sin alzar la vista de su libreta, en la que iba anotando todo.
– ¿Es importante?
– Cuando nos lo diga, tomaremos una decisión -dijo Barbara.
– A Douglas y Gordon.
– ¿Dos conocidos suyos?
– Es una agencia inmobiliaria.
Barbara vio que Vi devolvía el álbum a su sitio, en un estante que había bajo la televisión. Esperó a que la joven se volviera hacia ellos para formular la siguiente pregunta.
– El señor Reeve nos dijo que Nicola Maiden tenía un problema con tener la boca cerrada acerca de las finanzas de sus clientes. Dijo que iba a despedirla cuando ella se marchó.
– Eso no es verdad. -Vi se mantuvo inmóvil, con los brazos cruzados bajo sus diminutos pechos-. Si iba a despedirla, cosa que no hizo, debió de ser por culpa de su mujer.
– ¿Por qué?
– Celos. Tricia quiere eliminar a todas las mujeres que él mira.
– ¿Y miraba a Nicola?
– Yo no he dicho eso.
– Escuche, sabemos que tenía un amante -dijo Barbara-. En Londres. ¿Podría ser el señor Reeve?
– Nicola no le hacía ni caso. Nikki salía con alguien, es verdad. Pero no de aquí, sino de Derbyshire.
Vi fue a la cocina y volvió con un puñado de postales. Eran de diversos lugares del distrito de los Picos: Arbor Low, Peveril Castle, Thor's Cave, las piedras colocadas para cruzar Dovedale, Chatsworth House, Magpie Mine, Little John's Grave, Nine Sisters Henge. Todas estaban dirigidas a Vi Nevin, y todas contenían idéntico mensaje: «Oooh-la-la», seguido de la inicial «N». Eso era todo.
Barbara pasó las postales a Nkata.
– De acuerdo -dijo a Vi-. Le seguiré la corriente. Explíqueme qué quiere decir.
– Son los lugares en que mantuvo relaciones sexuales con él. Cada vez que lo hacían en un sitio diferente, compraba una postal y me la enviaba. Una broma.
– Muy ocurrente, sin duda -dijo Barbara-. ¿Quién es ese hombre?
– Nunca lo dijo, pero supongo que está casado.
– ¿Por qué?
– Porque aparte de las postales, Nicola nunca lo mencionaba, supongo que porque su relación era secreta.
– Se lo tomó como una costumbre, ¿verdad? -Nkata dejó las postales sobre la mesita auxiliar y escribió algo en su libreta-. ¿Se acostaba con otros hombres casados?
– Yo no he dicho eso. Solo creo que este estaba casado. Y no vivía en Londres.
Pero alguien sí, pensó Barbara. Tenía que haber alguien. Si la intención de Nicola Maiden era regresar a la ciudad a finales de verano, habría vuelto con medios de subsistencia. Después de ver aquel dúplex ultramoderno recién decorado, con la palabra «picadero» inscrita sobre todo él, ¿era absurdo suponer que alguien bien provisto de dinero la había instalado para tenerla a su disposición día y noche?
Eso llevaba a la pregunta de qué coño estaba haciendo allí Vi Nevin, pero tal vez eso había formado parte del trato. Una compañera de piso con la cual la amante podía pasar las horas de aburrimiento, a la espera de que apareciera su dueño y señor.
Era una suposición arriesgada, pero faltaba muy poco para imaginar a Nicola Maiden como una especie de sir Richard Burton moderno, que recorría los páramos a la busca de lugares nuevos y excitantes donde revolcarse con su amante casado.
¿Qué demonios hago trabajando en la policía, cuando todo el mundo se lo pasa en grande?, se preguntó Barbara.
Tendrían que echar un vistazo a la habitación y las pertenencias de Nicola Maiden, dijo a Vi Nevin. En algún lugar tenía que haber una prueba concreta de las intenciones de Nicola, y estaba decidida a encontrarla.
12
– Se echó a temblar. El maldito cabrón se echó a temblar.
Hanken se reclinó en su silla y saboreó el momento, con las manos enlazadas detrás de la cabeza. Un cigarrillo encendido colgaba de su boca, y hablaba entre dientes con la destreza de un hombre ejercitado en ese arte. Lynley estaba de pie ante unos archivadores sobre los cuales había puesto las fotografías tomadas de los dos cadáveres. Las examinaba mientras se esforzaba por mantenerse alejado del humo del tabaco. Como había sido una víctima del vicio, se alegraba de encontrar irritante el humo, cuando meses antes habría hecho cola para lamer el cenicero de Hanken. De hecho, este no utilizaba el cenicero. Cuando el tabaco quemado deseaba desprenderse, volvía la cabeza y dejaba que la ceniza cayera al suelo. Era un gesto inusitado en el, por lo demás, pulcrísimo inspector detective y denotaba a las claras su nivel de entusiasmo.
Hanken estaba contando su entrevista con Will Upman. El placer que experimentaba fue aumentando a medida que llegaba al clímax. Desde un punto de vista metafórico, al parecer. Porque, según Hanken, el abogado no había estado a la altura de las circunstancias.
– Pero dijo que dar un gatillazo no le importa cuando está con una mujer -resopló Hanken-. Dijo que lo único que importa es divertirse.
– Me intriga -dijo Lynley-. ¿Cómo conseguiste que lo admitiera?
– ¿Que se la tiró, o que no se le levantó?
– Me da igual. Ambas cosas. -Lynley eligió la foto más clara de la cara de Terry Cole y la dejó junto a la foto más clara de sus heridas-. Confío en que no utilizaras las empulgueras, Peter.
Hanken rió.
– No hizo falta. Solo dije que sus vecinos se habían chivado, y enseguida agitó la bandera blanca.
– ¿Por qué había mentido?
– Afirma que no lo hizo. Afirma que lo hubiera confesado si se lo hubiéramos preguntado sin ambages.
– Eso es hilar muy fino.
– Abogados.
La palabra lo decía todo.
Will Upman, había informado Hanken, admitía un único polvo con Nicola Maiden, acontecido la última noche de su empleo. Había experimentado una fuerte atracción hacia ella durante todo el verano, pero su posición de patrón le había impedido insinuarse.
– ¿Su relación con otra persona no se lo impedía? -preguntó Lynley.
En absoluto. Porque ¿cómo era posible que estuviera profundamente enamorado de Joyce, y en consecuencia, «enredado» de una forma legítima con ella, si experimentaba una atracción tan poderosa hacia Nicola? Y si se sentía tan atraído por Nicola, ¿no era justo que averiguara el alcance de dicha atracción? Joyce le exigió que se comprometiera (su idea era vivir juntos), pero Upman no podía hacerlo hasta aclarar lo de Nicola.
– Así pues, ¿reaccionó al instante y se declaró a Joyce en cuanto tuvo claro el asunto con Nicola? -preguntó Lynley.
Hanken gruñó en señal de afirmación. Upman había ablandado a la muchacha con copas, cena y vino, informó. Se la llevó a casa. Más copas. Un poco de música. Había colocado velas alrededor de la bañera…