El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Barbara vio que Nkata se resistía a asumir los dudosos honores de anunciar una vez más la muerte a alguien que no se lo esperaba. Le compadeció.
– ¿Podemos hablar dentro? -preguntó.
Vi Nevin captó algo más que esa sencilla pregunta, como indicaron sus ojos.
– ¿Por qué? ¿Traen una orden judicial o algo por el estilo? Conozco mis derechos.
Barbara suspiró. Cuánto daño habían hecho las últimas revelaciones sobre abusos policiales a la confianza de la gente.
– Estoy segura -contestó-, pero no hemos venido a hacer un registro. Nos gustaría hablar con usted sobre Nicola Maiden.
– ¿Por qué? ¿Dónde está? ¿Qué ha hecho?
– ¿Podemos entrar?
– Si me dice qué quieren.
Barbara intercambió una mirada con Nkata. Pues bueno, le dijo su mirada. No había otra alternativa que dar la triste noticia en aquel portal.
– Ha muerto -le informó Barbara-. Murió en el distrito de los Picos hace tres noches. Bien, ¿podemos entrar, o seguimos hablando en la calle?
Vi Nevin la miró fijamente. Daba la impresión de no entender nada.
– ¿Muerta? -repitió-. ¿Nikki ha muerto? Eso es imposible. Hablé con ella el martes por la mañana. Se iba de excursión. No está muerta. Es imposible. -Escrutó sus rostros, como buscando la prueba de que era una mentira o una broma. Pero no la encontró-. Entren, por favor -cedió finalmente con voz ronca.
Les condujo por un tramo de escaleras hasta una puerta en el primer piso. Daba a una sala de estar en forma de L, con puertas vidrieras que se abrían a un balcón. Abajo, el agua canturreaba en una fuente de jardín, y un carpe proyectaba las sombras del atardecer sobre las baldosas.
A un lado de la sala, un carrito de cromo y cristal albergaba una docena de botellas de licores. Vi Nevin eligió un Glenlivet aún sin abrir y se sirvió tres dedos en un vaso. Lo tomó sin hielo, y cualquier duda que todavía albergara Barbara sobre su edad desapareció al verla zamparse el whisky.
Mientras la joven se serenaba, Barbara examinó la casa, al menos lo que podía ver. La primera planta del dúplex comprendía la sala de estar, la cocina y un retrete. Las habitaciones estarían arriba, y se accedía a ellas mediante una escalera pegada a una pared. Desde donde estaba, nada más cruzada la puerta, veía el pie de la escalera y el interior de la cocina, provista de todas las comodidades modernas: nevera con expendedor de hielo, microondas, cafetera exprés, relucientes ollas y sartenes con base de cobre. Las encimeras eran de granito, y los armarios y el suelo de roble blanqueado. Bonito, pensó Barbara. Se preguntó quién pagaba todo.
Miró a Nkata. Estaba examinando los sofás de color crema, con profusión de almohadones verdes y dorados. Su mirada se desvió hacia los abundantes helechos que había junto a la ventana, y de ahí al enorme óleo abstracto que coronaba la chimenea. Estamos a mil años de la propiedad de Loughborough, decía su expresión. Miró a Barbara, que formó con los labios la expresión «La-di-da». Nkata sonrió.
Una vez terminado su whisky, Vi Nevin no pareció hacer otra cosa que respirar. Por fin, se volvió hacia ellos. Se alisó el cabello, rubio y largo hasta los pechos, y lo ciñó con una diadema que le dio aspecto de Alicia en el país de las maravillas.
– Lo siento -dijo-. Nadie telefoneó. No he puesto la televisión. No tenía ni idea. Hablé con ella el martes por la mañana… ¿Qué pasó, por el amor de Dios?
Le proporcionaron dos detalles: Nicola tenía el cráneo fracturado y no había sido un accidente.
La chica no dijo nada. Les miró, inmóvil, pero un temblor recorrió su cuerpo.
– Nicola fue asesinada -dijo Barbara por fin-. Alguien le golpeó la cabeza con una piedra.
La mano derecha de Vi aferró el borde de su mini- vestido.
– Siéntense -dijo, e indicó los sofás con un gesto.
Ella se sentó muy rígida en el borde de una mullida butaca situada frente a ellos, con las rodillas y los tobillos muy juntos, como una colegiala bien educada. No hizo preguntas. Estaba estupefacta, pero también estaba esperando.
¿Qué?, se preguntó Barbara. ¿Qué estaba pasando?
– Estamos trabajando en la conexión londinense del caso -dijo a Vi-. Nuestro colega, el inspector Lynley, está en Derbyshire.
– ¿La conexión londinense? -murmuró Vi.
– Encontraron a un chico muerto con Nicola. -Nkata sacó el cuaderno de piel de la chaqueta y extrajo la punta del lápiz mecánico-. Se llamaba Terry Cole. Tenía un piso en Battersea. ¿Lo conocía?
– ¿Terry Cole? -Vi meneó la cabeza-. No. No lo conozco.
– Era un artista. Trabajaba en esculturas. Tenía un estudio en una arcada de ferrocarril de Portslade Road. Lo compartía con una chica llamada Cilla Thompson -añadió Barbara.
– Cilla Thompson -repitió Vi. Volvió a negar con la cabeza.
– ¿Habló Nicola alguna vez de ellos? ¿Terry Cole? ¿Cilla Thompson? -preguntó Nkata.
– ¿Terry o Cilla? No.
Barbara tuvo ganas de indicar que no había ningún Narciso presente, de modo que podía abjurar de su papel en el drama, pero pensó que la alusión tal vez no sería comprendida.
– Señorita Nevin -dijo-, a Nicola Maiden le partieron la cabeza. Tal vez eso no la conmueva demasiado, pero si pudiera colaborar con nosotros…
– Por favor -dijo ella, como si no pudiera soportar escuchar la noticia de nuevo-. No he visto a Nikki desde principios de junio. Se fue al norte para trabajar durante el verano, y debía volver a la ciudad el próximo miércoles, como ya he dicho.
– ¿Para hacer qué? -preguntó Barbara.
– ¿Qué?
– ¿Qué iba a hacer cuando regresara a la ciudad?
Vi les miró como si escudriñara las aguas en busca de pirañas ocultas.
– ¿Para trabajar? ¿Para iniciar una vida desahogada? ¿Para hacer qué? -propuso Barbara-. Si iba a volver aquí, debía de tener la intención de hacer algo.
Como compañera de piso, imagino que usted sabe lo que era.
La chica tenía ojos inteligentes, grises y con pestañas negras. Estudiaban y analizaban mientras su cerebro sopesaba las posibles implicaciones de cada respuesta. Ella sabía algo de lo sucedido a Nicola. De eso no cabía duda.
Si Barbara no había aprendido demasiado trabajando con Lynley casi cuatro años, sí había aprendido que había momentos en los que jugar fuerte y momentos en los que ceder. Jugar fuerte provocaba intimidación. Ceder ofrecía un intercambio de información. Como no tenía nada con qué intimidar a la chica, había llegado el momento de ceder.
– Sabemos que dejó la facultad de derecho alrededor del primero de mayo, y dijo que había encontrado un empleo a jornada completa en MKR Financial Management. Pero el señor Reeve, su jefe, nos informó que abandonó la empresa para volver a Derbyshire. No obstante, cuando se trasladó, dio esta dirección, en lugar de una de Derbyshire, a su casera de Islington. A juzgar por lo que hemos averiguado, nadie en Derbyshire tenía idea de que había ido para algo más que una visita de verano. ¿Qué le sugiere eso, señorita Nevin?
– Confusión -dijo ella-. Aún no había tomado una decisión sobre su vida. A Nikki le gustaba tener las opciones abiertas.
– ¿Dejar la facultad? ¿Dejar su trabajo? ¿Contar historias que los hechos contradicen? Sus opciones no estaban abiertas. Eran invenciones. Todas las personas con las que hemos hablado sostienen una teoría diferente sobre lo que iba a hacer con su vida.
– No puedo explicarlo. Lo siento. No sé qué quiere que diga.
– ¿Tenía algún trabajo en perspectiva? -preguntó Nkata.
– No lo sé.
– ¿Tenía una fuente de ingresos fija? -preguntó Barbara.
– Tampoco lo sé. Pagó su parte de los gastos del piso antes de irse y…
– ¿Por qué se fue?
– Y lo hizo en metálico -continuó Vi-. No tenía motivos para preguntarle sobre su fuente de ingresos. Lo siento, pero es lo único que puedo decirles.