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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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Unos días más tarde, Sadrac está en Estambul. Aquí está solo, sin guía, caminando confundido por esta intrincada ciudad de distintos relieves, deseando encontrar a un Mesach Yakov o a un Bhishma Das, pero no aparece nadie que pueda ayudarlo. El mapa que le dieron en el hotel no le sirve, porque indica el nombre de muy pocas calles, y cada vez que se aleja de un bulevar termina perdido en un laberinto de callejuelas anónimas. El turismo ha muerto en Estambul después de la Guerra del Virus, y los taxistas no hablan otra cosa que turco, y sólo entienden las instrucciones evidentes: "Santa Sofía", "Santa Teodosia", pero cuando Sadrac quiere ir a visitar el antiguo muro bizantino en las afueras de la ciudad, no encuentra manera de hacérselo entender al taxista, y finalmente, como último recurso, le pide que lo lleve a la mezquita de Kariya, en las afueras de la ciudad, y de ahí caminará hasta el primer muro que encuentre. Tendrá que jugar a las adivinanzas, ya que no sabe exactamente en donde queda el muro que busca.

Estambul es una ciudad arenosa, sucia, arcaica, extraña e irritante. Sadrac está fascinado por la mezcla de estilos arquitectónicos, los opulentos palacios otomanos y las gloriosas mezquitas coronadas de alminares y las casas de madera del siglo XVIII y las inmensas avenidas del siglo XX y los deteriorados fragmentos de la vieja Constantinopla que sobresalen de la tierra como dientes rotos, restos de acueductos y cisternas y basílicas y estadios. Este lugar, sin embargo, es demasiado caótico para él. A pesar de su poderosa atracción histórica, de su pasado tan rico y complejo, esta ciudad le resulta deprimente y repulsiva.

Además, Sadrac no puede soportar semejante densidad humana, ya que aún ahora hay mas de un millón de habitantes en este lugar. Como en todas partes, la tragedia de, la descomposición orgánica se hace visible en toda su magnitud, un sin fin de niños vagabundos, algunos no más de tres o cuatro años, se apiñan en las calles como animalitos desesperados, y en todos los rincones se ven policías al acecho, caminando de a dos. Sadrac sabe que lo vigilan a él. No, no es paranoia, lo persiguen a él. Genghis Mao, no muy conforme por haberle dado piedra libre a su médico para que salga a vagar por el mundo, lo mantiene bajo control, de manera que, cuando al Khan se le ocurra, lo pueden llevar de vuelta a Ulan Bator. Sadrac no pensó en desaparecer, en ningún momento —por el contrario, volver a Ulan Bator constituye un factor esencial para llevar a cabo el plan de acción que está preparando, aunque todavía no sabe cuándo será el momento apropiado para regresar—, pero la idea de que lo estén espiando no le atrae en absoluto. Después de dos días en Estambul, un paseo a la ligera que solo le permitió ver las atracciones turísticas más conocidas, vuela a Roma, donde permanece una semana.

Se aloja en un antiguo hotel, suntuoso y decadente, a unas pocas cuadras de las Termas de Diocleciano. También en Roma hay una gran densidad de habitantes y el ritmo urbano es enérgico y frenético, pero por alguna razón esta ciudad no soporta muchas heridas de la Guerra del Virus y de toda la pesadilla que siguió a la guerra. Sadrac logra relajarse en este, lugar, y tranquilizarse en un agradable ritmo de vida mediterráneo pasea por las espléndidas calles, saborea aperitivos en los cafés de las aceras, se deleita hasta hastiarse con pastas y vino blanco en trattorias alejadas del centro, y todos los traumas de la Bala de Traumas se vuelven insignificantes. Es cierto que ésta es una Ciudad Eterna capaz de absorber los daños más fuertes de todos los tiempos, y de no abandonar nunca su resistencia. ¿Los monumentos imperiales? Desde luego, cómo iba a dejar de verlos; el Arco de Tito, símbolo de invasión romana a Jerusalén, los templos y palacios del Capitolino y Palatino, la magnífica maraña que es el Foro, la ruina encantada del Coliseo. Visita la basílica de San Pedro, y al mirar hacia el Vaticano recuerda la voz burlona y agitada de Genghis Mao cuando le ofreció elegirlo Papa. Visita la Capilla Sixtina, la colección Etrusca en Villa Giulia, la galería Borghese, y una docena de iglesias más, las mejores iglesias barrocas. A medida que descubre las infinitas antigüedades de Roma, Sadrac siente que sus energías aumentan en lugar de flaquear. Lo curioso es que no responde con intensa alegría a los famosos monumentos clásicos, sino a aquellos viejos edificios de color gris, altos y angostos que ve en Trastevere y en el barrio judío. ¿Son acaso los mismos edificios de la época del Cesar, edificios que una vez fueron mansiones y que ahora son conventillos? ¿Es posible que aún estén habitados, después de dos mil años? ¿Por qué no? Los antiguos romanos sabían construir edificios de seis pisos de alto y aún más altos, y los hacían de material muy resistente. No hubiera sido difícil, a pesar de los saqueos, de los incendios y de las revoluciones. mantener estos edificios intactos, reconstruirlos, volver a revocarlos, enmendar lo viejo y renovarlo, retocarlo y restaurarlo constantemente. Es probable, por lo tanto, que estas torres grises hayan alojado alguna vez a los súbditos de Calígula, y Tiberio, y un agradable escalofrío lo estremece a Sadrac, al pensar que estos edificios han estado continuamente habitados a través de los siglos. Pensándolo bien, sin embargo, es posible que no haya sido así, recapacita Sadrac, porque no hay nada de uso cotidiano que pueda durar tanto tiempo. Lo más probable es que sean edificios del siglo XII, o del XIV, o aun del XVII. Si, son viejos, pero no son tan antiguos, aunque lo serían si se tiene en cuenta el concepto de que todo lo que antedata a la llegada de Genghis Mao, que haya sobrevivido alas penurias de la Guerra del Virus, al mundo prediluviano, es antiguo.

Desearía quedarse en Roma para siempre. Es una lástima, piensa Sadrac, que lo de nombrarlo Papa fuera una broma. Después de una semana, sin embargo, decide seguir viaje: es demasiado agradable este lugar, demasiado tranquilo. Además, la otra noche, una noche cálida y húmeda, mientras saboreaba un Strega en su café favorito, advirtió a dos policías sentados en una mesa del café de enfrente, que lo único que hacían era mirarlo, no conversaban ni bebían. ¿Acaso lo están cercando, están ajustando las redes? ¿Acaso lo atraparán mañana o pasado y le dirán que debe volver a Ulan Bator,? Compra un pasaje a Londres, lo cancela a último momento, y sube a bordo de un avión que lo llevará a California, en el otro extremo del mundo.

En un abrir y cerrar de ojos está en San Francisco, una ciudad de juguete, blanca y delicada, elevada sobre formidables colmas y ceñida por una bahía rutílame. Sadrac nunca había estado aquí antes, y se sorprende al descubrir que San Francisco, como Jerusalén, es una ciudad pequeña. ¿Por qué siempre espera que las ciudades famosas sean gigantescas? Tan pequeña es San Francisco, que si se la trasladara a Roma, a Nairobi, o a la despareja y frenética Estambul, se esfumaría por completo. También el clima frío es sorprendente. Sadrac siempre pensó que California era un lugar de piscinas y palmeras, de partidos de fútbol bajo el cálido sol de espléndidas tardes de enero, pero la California de sus sueños probablemente este en otra parte, más al sur, en Los Ángeles: en el mes de junio, la ciudad de San Francisco tiene esa atmósfera triste de fines de invierno, cargada de neblinas grises y espesas, y vientos intensos y penetrantes. Aun al atardecer, cuando la niebla se consume y la ciudad se ilumina de luz brillante bajo un cielo límpido y claro, el aire conserva todavía el frío de la brisa marina, y Sadrac se acurruca en su chaqueta de verano, muy poco apropiada para este clima.

Aquí no hay palacios antiguos, ni gacelas y avestruces salvajes, ni muros medievales ni iglesias barrocas. Pero sí hay, en cambio, calles elegantes de casas victorianas, desde inmensas mansiones hasta bungalows de madera, todas ellas decoradas con adornos de voluta y cornisas y frisos y capiteles y aun con vidrios de colores. Casi todos los edificios están perfectamente conservados, todos han sobrevivido a los incendios, terremotos, rebeliones, a la guerra bioquímica, y a la decadencia de toda esta nación americana. Hay árboles y arbustos por todas partes, casi todos florecidos: esta ciudad, fría o no, se parece mucho a Nairobi en el colorido de sus flores. Sadrac se deleita mirando los árboles que arden con retoños colorados, y los gigantescos pinos y los cipreses que el aire ondula y modela con el viento, y las laderas de las colinas ocultas bajo fragantes arboledas de eucaliptos. Un día de sol generoso, Sadrac sale a caminar, atraviesa la ciudad desde la bahía hasta el mar, y, alejándose de esa exuberante vegetación de ensueño, se retira a la playa. De pie a orillas del Pacifico, contempla absorto el horizonte. A miles de kilómetros al Noroeste, en la lejana Mongolia, Genghis Mao acaba de despertarse y se dispone a cumplir con su gimnasia matutina. Sadrac piensa en las funciones renales del Khan, en el ritmo del pulso, en los niveles de fosfato y calcio, en el equilibrio endocrino, y en los miles y millones de datos que estaba tan acostumbrado a recibir. Advierte que ha comenzado a echar de menos la transmisión que le enviaba el cuerpo de. Genghis Mao. Extraña ese desafío cotidiano de mantener en funcionamiento los mecanismos internos de Genghis Mao, indómitos pero cada vez más vulnerables. Y aun es probable que eche de menos al mismo Genghis Mao. ¡Qué extraño, qué sombrío, qué misterioso! ¡Ah, las obligaciones hipocráticas!

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