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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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Respira hondo y, de manera tal que Mesach Yakov lo escuche, dice:

—Gracias, Señor, por haber hecho este mundo y por haberme dejado vivir en él hasta hoy. —Es mejor agradecer que pedir. Sin embargo no está prohibido pedir—. Y déjame vivir en él un poco más, Señor —pide Sadrac para sus adentros—. Y enséñame cómo puedo ayudar para que el mundo sea lo que tu querías que fuera —esta plegaria le parece tonta, cursi, ingenua. Sin embargo, no es una plegaria despreciable, no es despreciable. Si tuviera la oportunidad de volver a vivir este momento, no la cambiaría, pero tampoco estaría dispuesto a confesarle a nadie lo que ha rezado.

Una vez concluidas las plegarias, Mesach Yakov lo invita a Sadrac a cenar, y Sadrac, que finalmente lamentó haber rechazado la invitación de Bhishma Das, acepta. Yakov vive en la parte moderna de Jerusalén, al Oeste de la ciudad vieja, pasando el edificio del parlamento y la universidad, en la cima de una altísima colina descampada. La casa de departamentos, una de las veinte y tantas que conforman todo un complejo construido, como toda la parte nueva de Jerusalén, a fines del siglo XXI, conserva un aspecto lustroso y cristalino, aunque no deja de mostrar señales de deterioro: ventanas sucias e incluso rotas, puertas desvencijadas, balcones manchados de herrumbre, ascensores que crujen y rechinan. Ya casi no vive nadie aquí, le explica Yakov. A medida que la población disminuye los servicios empeoran, la gente se aleja de estos suburbios, que antes eran los lugares preferidos, para vivir más cerca del centro de la ciudad, pero él ha vivido aquí durante cuarenta años, dice con orgullo, y piensa vivir otros cuarenta, hasta el fin de sus días.

El departamento de Yakov es pequeño. Está muy bien mantenido y decorado con unos pocos muebles antiguos de muy buen gusto.

—Mi hermana Rebeca —dice—. Mis nietos, Joseph y Leah —Yakóv les presenta a Sadrac, y cuando oyen su nombre festejan la coincidencia con alegres carcajadas, la estrecha asociación bíblica. La hermana tiene unos setenta años, Joseph dieciocho aproximadamente, Leah doce o trece. En la pared hay retratos de marcos negros: la esposa de Yakov, supone Sadrac, y tres niños mayorcitos, todos víctimas de la descomposición orgánica probablemente. Yakov no dice nada, Sadrac no pregunta.

—¿Usted es judío? —pregunta Leah.

Sadrac sonríe y niega con la cabeza.

—Hay judíos negros —dice la niña—. Yo lo sé. Incluso hay judíos chinos.

—Genghis Mao es judío —dice Joseph, y echa a reír con ganas. Pero se ríe solo. Yakov lo mira severo; la hermana de Yakov está escandalizada, Leah incómoda. Aun Sadrac se siente aturdido por la súbita intrusión de ese extraño nombre en este hogar tan controlado y sereno.

—No hables tonterías —le dice Yakov a su nieto en tono enérgico.

—No quise decir nada malo —protesta Joseph.

—Cierra la boca entonces —dice Yakov enojado, y luego, dirigiéndose a Sadrac dice—: En esta casa no somos grandes admiradores del presidente, pero preferiría no tocar esos temas. Me disculpó por la pavada que dijo mi nieto.

—No es nada —dice Sadrac.

—¿Por qué tiene un nombre judío? —pregunta Leah.

—Entre mi gente era costumbre tomar nombres de la Biblia —responde Sadrac— Mi padre era pastor, él lo sugirió. Tengo un tío llamado Absalon. Tenía. Y primos llamados Salomón y Saúl.

—Pero su apellido —insiste la niña—. Eso es lo que quiero decir. Es judío también. Una vez hubo un famoso rabino llamado Mordecai en Alemania, hace mucho tiempo. Me lo dijeron en la escuela. ¿Quiere decir que los negros tomaban también los apellidos de la Biblia?

—No, los apellidos nos los dieron nuestros dueños. Tal vez mi familia haya tenido un dueño que se llamaba Mordecai.

—¿Dueño?

—Cuando eran esclavos —murmura Joseph en tono áspero.

—¿Ustedes también fueron esclavos? —pregunta la niña—. No lo sabía. Nosotros fuimos esclavos en Egipto, sabe. Hace miles de años.

Sadrac sonríe.

—Nosotros fuimos esclavos en América y no hace tantos años.

—¿Y tenían un dueño judío? No puedo creer que un judío tuviera esclavos. ¡Nunca!

Sadrac trata de explicar que ese dueño llamado Mordecai, si es que alguna vez existo, no tiene por qué haber sido judío, o que pudo muy bien haberlo sido, ya que ni aun los judíos dejaban de tener esclavos en la época de la colonia. Es evidente que Mesach Yakov no se siente del todo cómodo con esta conversación, porque de pronto interrumpe el diálogo para preguntarle a su hermana cuánto falta para la cena. Cambia de tema tan abruptamente que los niños quedan con las palabras cortadas a flor de labios.

—Faltan quince minutos —responde la hermana, que se dirige e a la cocina.

Como obedeciendo a una tácita advertencia de dejar al huésped en paz, Joseph y Leah se retiran a un sota y se ponen a conversar; da una manera albo rígida y extraña, de cosas de la escuela: Joseph está enojado, porque el día del funeral de Mangú se ha declarado feriado mundial, lo cual lo privará de ir a una excursión al Mar Muerto. Leah hace referencia a un comentario hecho por el presidente del CRP de Jerusalén sobre la importancia de rendir homenaje al difunto virrey. Al oír esto, Rebeca da un gritito burlón y hace una brusca acotación acerca de la inteligencia y la cordura de ese funcionario de gobierno, y pronto todo se degenera en una ruidosa e incomprensible discusión sobre cuestiones políticas locales, que une a los cuatro Yakovs en un combate feroz y bilingüe. AL principio, Mesach trata de explicarle a Sadrac algo acerca del elenco de personajes y ubicarlo en tema, pero a medida que la disputa continua, se enreda tanto en ella que no puede seguir con sus comentarios aclaratorios. Sadrac, desconcertado y entretenido al mismo tiempo, mira cómo discuten estas personas tan expresivas y enérgicas hasta que la llegada de la cena indica el fin del debate. No tiene idea de cuál era el tema de discusión —cree que hablaban del reemplazo de un árabe cristiano por un musulmán en el concejo local, pero le alegra ver este despliegue de energía y de convicciones tan determinantes. En Ulan Bator, tan vigilada y controlada, nunca ha presenciado semejante oposición de opiniones. Pero tal vez la vigilancia no tenga nada que ver, tal vez sea sólo por que ha mudo tanto tiempo fuera del marco familiar que se ha olvidado cómo es una verdadera conversación.

A Sadrac le preocupa la cena: ¿tendrá que usar el solideo para comer? ¿Hay alguna otra costumbre que él no conoce? Pero, afortunadamente, no surge ningún problema. Ni Mesach ni su nieto se cubren la cabeza con el solideo; nadie reza antes de empezar a comer, sólo Mesach y su hermana hacen un momento de silencio; la comida es abundante y suculenta, y Sadrac no observa ningún tipo de costumbre dietética en la mesa de los Yakov. Una vez terminada la cena, Joseph y Leah se retiran a sus habitaciones a estudiar, y Sadrac, abrigado por las bondades de un vino tinto israelí y un brandy fuerte, queda en compañía del viejo Yakov, estudiando mapas de los alrededores, porque durante la cena se han puesto de acuerdo en hacer una excursión mañana a la mañana. Visitarán la ciudad vieja, desde luego, las torres e iglesias y mercado, la supuesta tumba de Absalón en el valle del Cedrón y la tumba de David en el. Monte Sión, y el museo arqueológico el museo nacional y…

—Un momento —dice Sadrac— ¿Todo esto en un día?

—Dos días, entonces —dice Mesach.

—Aun así, ¿cree usted que podremos ver tanto en tan poco tiempo?

—¿Por qué no? Usted es un hombre saludable. Creo que puede seguir mi ritmo —el anciano estalla en carcajadas.

CAPÍTULO 22

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