Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
…y de pronto; vuelve atener seis o siete años, a ser un niño de pantalones azules ceñidos al cuerpo y camisa blanca almidonada. Está de pie entre aquellas dos tías, negras y colosales, vestidas de domingo, y los tres cantan, baten palmas, y Sadrac tararea o inventa las palabras cuando se olvida la letra, ah, sí, sí. ¡Jerusalén, Jerusalén, llévame a Jerusalén, Señor! La tierra prometida, allá lejos, hace tiempo, aquella ciudad de profetas y reyes, Jerusalén ciudad dorada, bendita de miel y de leche. Y aquí está Sadrac, a sus puertas, temblando a la expectativa.
Sadrac toma un taxi. Cuando entra a la ciudad propiamente dicha, atravesando la puerta de San Esteban en dirección a la Vía Dolorosa, el romance y la fantasía de hace un momento comienzan a evaporarse inesperadamente, y Sadrac se pregunta cómo pudo haberse mostrado tan jovial, hablándole a Das de un futuro próspero. Jerusalén es sin duda una ciudad pintoresca, sí —pero decir de una ciudad que es pintoresca es lo mismo que maldecirla—, con sus calles estrechas y empinadas y su antiquísima edificación maciza, sus bazares atestados de gente, colmados de cacharros y vasijas, pescados y frutas, pasteles y corderitos desollados, con sus fragancias de exóticas especies, sus ancianos de mirada penetrante adornados con distintivos beduinos. Pero un viento frío silba a través de las sucias callejuelas, y toda la gente de la ciudad, niños y mendigos, comerciantes y vendedores, mandaderos y albañiles, todos muestran una triste expresión de desesperanza, una mirada quebrantada y hueca, una mirada que no refleja resignación, sino que anticipa el desastre y la derrota: Ya se acercan los asirios, ya se acercan los romanos, ya se acercan los persas, ya se acercan los sarracenos, ya se acercan los turcos, ya se acerca la descomposición orgánica, y con ella la destrucción, y la ruina eterna.
Es imposible escaparse de las garras del siglo XXI, aun bajo o la protección de estas murallas medievales. Sadrac sube la cuesta hacia el Gólgota, y en el trayecto ve por todas partes los clásicos carteles de duelo donde se refleja el rostro joven y manso de Mangú, quien también estaba presente en Nairobi, desde luego, pero en aquella ciudad espaciosa y aireada, las imágenes parecían menos imponentes, disimuladas entre el colorido de las buganvillas y los jacarandaes. Aquí, las compactas murallas de piedras que se elevan sobre pasajes estrechos donde sólo tres personas caben a lo ancho, ofrecen llamativas figuras de Mangú, manchones amarillos imposibles de eludir, y al mirarlos, se siente como si la mano maléfica dé Genghis Mao pasara sobre la ciudad, imponiéndole un dolor que no siente por la muerte del joven virrey. Genghis Mao también está presente: sus característicos rasgos curtidos brillan en las principales bocacalles, en estandartes que flamean con la brisa. Para los nativos del lugar estas imágenes extrañas son, sin duda, tan naturales como lo fueron alguna vez los carteles o estandartes de Nabucodonosor, de Tolomeo de Tito; de Cosroes, de Saladino, de Solimán el Magnífico y de todos los demás intrusos pasajeros. Para Sadrac, en cambio, estos rostros mogoles doblan en su conciencia como un millar de campanas tristes que cuentan una a una las horas de su vida que se consumen poco a poco.
También Jerusalén sufre el azote de la descomposición orgánica, aunque aquí tal vez no se haga tan visible como en Nairobi, donde los individuos que ya estaban en la etapa terminal de la enfermedad tambaleaban por las grandes avenidas de la ciudad, zigzagueando por senderos vacíos que les pertenecían. La vieja Jerusalén es una ciudad demasiado comprimida donde no hay, senderos vacíos para los enfermos, peyó sin embargo las víctimas están: y se las ve temblando, empapadas en sudor, caminando a tientas por la Vía Dolorosa. De tanto en tanto, alguna se detiene, se desploma sobre el muro, y hunde los dedos entre las piedras en busca de sostén. Las Estaciones de la Cruz están indicadas en placas de mármol insertadas en la pared: aquí Jesús recibió la cruz, aquí cayó por primera vez, aquí encontró a su Madre, y ase. Y aquí, por la Vía Dolorosa, van los moribundos, cada uno, cargando su cruz. Como en Nairobi, clavan la mirada en Sadrac, pero no lo ven. Algunos le tienden la mano como implorándole su bendición. En esta ciudad los milagros no fueron una cosa poco común, y este extraño de piel carbón inspira dignidad y prestigio: ¿Quién sabe? Tal vez el nuevo Mesías esté en Jerusalén. Pero no, Sadrac no tiene ningún milagro que ofrecer, sino impotencia, la impotencia de un hombre muerto, tan muerto como los que están a su alrededor, a —pesar de que sigue caminando… como ellos.
Sadrac se siente demasiado conspicuo, demasiado alto, demasiado negro, demasiado ajenos demasiado sano. Los mendigos, la mayoría dé ellos niños, se agrupan a su alrededor cómo moscas de verano.
—Di-ne-ro —imploran—. ¡Di-ne-ro, di-ne-ro! —pero Sadrac no lleva monedas, usa una tarjeta de crédito del gobierno que cubre todos los gastos y, por lo tanto, no sabe cómo deshacerse de ellos. Sadrac levanta en el aire a un niño de unos cinco años, con la intención de subírselo a los hombros para divertirlo en lugar de la limosna, pero la expresión de terror que se refleja en los inmensos ojos del niño inspira tal lástima en Sadrac que lo baja, se arrodilla y trata de consolarlo. El temor del niño desaparece de inmediato.
—Di-ne-ro —repite. Sadrac se encoge de hombros, y el niño lo escupe y sale corriendo. Hay demasiados niños aquí, demasiados niños en todas partes, desatendidos, correteando en bandadas por las ciudades del mundo, huérfanos descarriados que conforman una generación salvaje. En las investigaciones demográficas de Donna Labile, Sadrac ha visto. que los peores impactos de la descomposición orgánica han afectado a los individuos que ahora tendrían entre veinticinco y cuarenta años, contemporáneos de Sadrac, que eran niños durante la época de la Guerra del Virus. Resistieron el ataque del virus hasta llegar a adultos, algunos de ellos llegaron a casarse y atener hijos, luego murieron, habiendo sembrado el mundo con pequeños salvajes. El CRP ha creado asilos para estos niños abandonados, pero no son mucho más atractivos que una cárcel y el sistema no resulta.
Esto es demasiado para Sadrac: los niños salvajes, los enfermos que se tambalean por las calles, la suciedad, la tremenda densidad de habitantes que se agolpa en esta diminuta ciudad amurallada. No hay manera de escapar a la agobiadora tristeza del lugar. No tendría que haber entrado ala ciudad, hubiera sido muchísimo mejor contemplar el panorama desde el balcón del hotel y pensar en románticas fantasías de Salomón y Saladino. Lo empujan, lo tocan, lo patean, lo codean; voces ásperas y toscas le hablan en idiomas que no entiende; lo aturden pidiéndole que venda su ropa, que compre joyas, ofreciéndole excursiones a los lugares religiosos. Sin la ayuda de guías, Sadrac se dirige a la iglesia del Santo Sepulcro, un edificio feo y sin gracia, pero no entra porque en la puerta principal de la iglesia acaba de estallar una batalla campal entre sacerdotes de distintas sectas que se tironean de las barbas y se destrozan las sotanas unos a otros. Sadrac se retira, camina unos pasos y descubre que detrás de la iglesia hay un bullicioso azar, mejor dicho ¡in mercado de "pulgas" donde están a la venta saldos y retazos de la era pasada: radios rotas, antiguos tubos de televisión, motores fuera de borda, una variedad de engranajes, ruedas y cámaras, afeitadoras eléctricas y bombas, giroscopios y aspiradoras, baterías y lasers, manómetros y grabadores, calculadoras y microscopios, fonógrafos y lavarropas, prismas y amplificadores, y todos los escombros del torrentoso siglo XX depositados en esta extraña orilla. Todos los objetos están rotos, aparentemente, o tienen algún desperfecto, pero todo el mundo compra. A Sadrac no se le puede ocurrir qué uso pueden llegar a tener estos fragmentos y restos en la región palestina. Acaba de ver algo que le gustaría incluir en su colección médica, un ultramicrótomo pequeño y brillante que antes se usaba para preparar las secciones de tejido para el microscopio electrónico, pero cuando muestra su tarjeta de crédito sin discutir el precio, el vendedor lo mira con indiferencia y enojo. El CRP decretó que las tarjetas del gobierno deben ser aceptadas como oferta formal de pago en todas partes, pero este anciano atabe, después de examinar la lustrosa planchuela de plástico sin mucho interés, se la devuelve a Sadrac y da media vuelta. A la entrada del mercado hay un policía que aparentemente ha estado observando la transacción frustrada. Sadrac podría recurrir a él y pedirle que le obligue al vendedor a aceptar la tarjeta, pero prefiere no hacerlo: tal vez surjan complicaciones imprevisibles, y aun peligros, y Sadrac no tiene ningún interés en llamar la atención en este lugar. Así pues, deja el micrótomo y se dirige hacia el distrito residencial, al Sur, donde las calles son más tranquilas.