Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1977
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-116-7
- Переводчик: Claudia Muscat
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
—Creo que no puedo…
—¿Otro compromiso? ¡Ay, qué lamentable! Prepararíamos un exquisito curry en su honor y abriríamos una botella devino bueno. Algunos amigos íntimos, lo mejor de la comunidad hindú, profesionales, profesores, filósofos. Temas de conversación muy interesantes… ¡ah, sí, sí, sería una noche espléndida, si nos honrara con su presencia!
Una tentación: si no acepta la invitación, cenará solo en el hotel, un extraño en esta extraña ciudad, solitario y en peligro. Pero no, imposible. Uno de esos profesionales de la comunidad hindú le preguntará seguramente dónde vive, qué clase de medicina practica, y tendrá que mentir, lo cual le repugna, o bien tendrá que decir la verdad, que es miembro de la privilegiada élite dictatorial, médico del aterrador Genghis Mao, y todo lo demás. Eso afectará su nueva reputación de benefactor humanitario: su verdadera identidad asqueará a los amigos de Bhishma Das y humillará al mismo Das. Sadrac se lamenta no poder aceptar la invitación con excusas que parecen sinceras. Mientras se dirige a la puerta, Bhishma lo sigue, diciendo:
—Por lo menos acepte un obsequio de mi parte, un recuerdo de esta hora tan agradable —el comerciante recorre los estantes con la mirada, buscando entre las lanzas, los collares de cuentas, las estatuitas de madera, todo aparentemente demasiado crudo, demasiado insignificante, demasiado barato, o demasiado grande, para ofrecérselo a tan distinguido huésped, y por un momento parece que Sadrac se irá sin recibir ningún regalo. Pero, finamente, Das arrebata de una de las repisas un pequeño cuerno de antílope en cuyo vértice hay un orificio taponado con cera. Es un cuerno para ventosas, explica Das, que usaba una tribu de la frontera del sur para echar los dolores y los espíritus malos del cuerpo de los enfermos: se apoya la ventosa sobre la piel, se succiona, se crea un vaco y luego se sella con el tapón de cera. Se lo entrega a Sadrac, diciéndole que es un regalo agro fiado para un médico. Al principio, Sadrac se niega a regirlo por puro convencionalismo, pero después lo acepte gustoso: en su colección no tiene utensilios médicos de África Oriental.
Todavía lo usan —le informa Das—. Lo usan mucho ahora, para ahuyentar el espíritu de la descomposición orgánica —se despide de Sadrac con una reverencia, diciéndole una y otra vez lo honrado que se siente por su visita, lo agradable que fue haber escuchado aquellas palabras de esperanza del doctor…
En las siete cuadras que camina para volver al hotel, Sadrac cuenta cuatro cuerpos muertos, y uno a punto de morir.
CAPÍTULO 21
A la mañana siguiente, Sadrac viaja a Jerusalén, el próximo punto de su itinerario. El avión sobrevuela la curva del planeta, la redondez del mundo, y Sadrac lo percibe y se asombra, como ya lo ha hecho otras veces, de su complejidad, su riqueza; un globo que aloja a Atenas y Samarcanda, Lhassa y Rangún, Timbuktu, Benarés, Chartres, Gante, y todas las fascinantes obras de la humanidad que se está extinguiendo, y todas las maravillas naturales, el Gran Cañón, el Amazonas, los Himalaya, el Sahara… tanto, tanto, para una diminuta esfera cósmica, tanta variedad, tanta magnificencia multitudinaria. Y todo a su disposición, hasta que llegue el llamado de Genghis Mao, y deba, entonces, renunciar al mundo y decirle adiós.
Él no es como Bhishma Das, que está preparado para marcharse cuando llegue la orden de partida. Ahora que está libre en medio de toda esta belleza que es el mundo, Sadrac descubre todo lo que le queda por ver, las montañas que no escaló, ríos que no cruzo, vinos que no probó. Él, que se ha salvado del flagelo de la descomposición orgánica, no quiere entregarse a los deseos de inmortalidad de otro hombre. La pasividad que lo caracterizaba a Sadrac lo ha abandonado: ya no acepta el destino que le espera. Bhishma Das le dijo que es optimista, que es un hombre bueno e inteligente cuyo rostro brilla cuando habla del futuro, de un mundo mejor; aunque ése nunca fue el concepto que Sadrac tuvo de sí mismo, la opinión de Das lo hace feliz, como lo hacen feliz las palabras de esperanza que brotaron de sus labios. Lo reconforta el hecho de que lo vean como un hombre de espíritu luminoso, como una fuente de fe y confianza. Se prueba esa imagen y le gusta como le queda. Es algo así como sonreír cuando no se está con ánimo de sonreír, y sentir que la sonrisa se proyecta hacia adentro, desde los músculos faciales hacia el alma: ¿por qué no sonreír, por qué no vivir en la esperanza de una resurrección gloriosa? No cuesta nada y hace más felices a los demás. Y si comprobamos que estamos equivocados, como sin duda lo estaremos, al menos tenemos la recompensa de haber vivido durante un tiempo en una esfera, cálida y pequeña, de luz interior y no en la desesperación húmeda y oscura.
Sin embargo, resulta difícil creer en nuestro optimismo con ciega convicción cuando la amenaza de la muerte cercana ensombrece nuestra vida. Debo hacer algo con el problema del Proyecto Avatar, resuelve Sadrac.
8 de diciembre de 2001.
Así que no tendré que sufrir la descomposición orgánica, después de todo. Hoy recibí la primera dosis de la droga Roncevic. Dicen que si el material genético no muestra rastros del virus en su estado activo antes de la primera inyección, no hay peligro de enfermarse, pero el antídoto no puede hacer nada una vez que el proceso ha entrado en la fase letal. Mi material genético estaba libre de descomposición: estoy fuera de peligro. Siempre supe que me salvaría. Yo no debía morir en a Guerra del Virus, sino resistir, sobrevivir al holocausto general y entraren mi época verdadera y única. Y ésta es mi época. "Vivirá cien años" me dijo Roncevic esta mañana. ¿Qué quiere decir? ¿Cien años más? ¿O cien años en total? Si es así, entonces me quedan veinticinco años solamente. No es suficiente, no es; suficiente.
Pase lo que pase, viviré más años que el pobre Roncevic. A él ya lo atacó la descomposición, que brilla y arde en su vientre. ¡Cómo trabajó para desarrollar su droga, qué deseos de salvarse que tenía! Pero llegó tarde. El virus del su cuerpo entró en actividad demasiado rápido, y ahora Roncevic se va. El se va, yo me quedo: él interpreta el papel de la obra que le corresponde y luego deja el escenario, e tanto que o sigo viviendo, tal vez por cien años más. vitalidad física siempre ha sido extraordinaria. No cabe duda alguna de que mi energía física es superior, porque aquí estoy, tengo más de setenta años, y el vigor de hombre joven. Resistiendo enfermedades, superando fatiga. Dicen que el presidente Mao, cuando ya había pasado los setenta, nadaba en el Yangtzé ocho millas en una hora y cinco minutos. A mí no me interesa nadar, pero sé que si fuera necesario, nadaría diez millas en esos sesenta y cinco minutos. Nadaría veinte.
Se acerca el fin de la primavera en Jerusalén. Es una ciudad fría, más fría de lo que Sadrac esperaba, casi tanto como Ulan Bator, y más pequeña también, demasiado compacta por ser un lugar tan cargado de historia. Sadrac se aloja en el hotel International, un edificio viejo y desvencijado de mediados del siglo XX, extrañamente ubicado en la, cima del monte de los Olivos. Desde su balcón, Sadrac tiene una magnífica vista de la vieja ciudad rodeada de muros. El panorama lo estremece y despierta en él una sensación de temor reverente. Aquellas dos cúpulas grandes y brillantes —según el mapa la dorada es la Cúpula de la Roca, en el asiento del templo de Salomón, y la plateada es la mezquita de el-Aksar— y la formidable muralla almenada, y las antiguas torres de piedra, y la maraña de calles sinuosas, todo le habla de la resignación humana, de la marejada lenta y constante de la historia, del engrandecimiento y la caída de monarcas e imperios. La ciudad de Abraham e Isaac, de David y Salomón, la ciudad qué destruyó Nabucodonosor y reconstruyó Nehemías, la ciudad de los macabeos, de Herodes, la ciudad en que Jesús sufrió y murió y resucitó de entre los muertos, la andad donde Mahoma, en una visión, subió a los cielos, la ciudad de los Cruzados, la ciudad de leyenda, de fantasía, de peregrinos, de conquistas, de ola tras ola de acontecimientos, olas más altas y revueltas que aquellas de Troya, esa pequeña ciudad de bajos edificios de piedra aleonada que se elevan en el profundo valle frente a su balcón, le aseguran que después de la hora apocalíptica llega la resurrección y el resurgimiento, que ningún desastre es eterno. La disposición de animo que logró en compañía de Bhishma Das se prolongó durante todo el viaje, y aún persiste aquí en Jerusalén, una ciudad de luz, una ciudad de alegría verdadera. Sadrac recuerda a sus tías abuelas, Ellie y Hattie, que solían cantar himnos religiosos. al son de las palmas, canciones como…