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READ-E-BOOK » Научная фантастика » Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]
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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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—No. No.

—Arruinaste tu carrera por nada. Perdiste la vida por nada.

—No —dice Ehrenreich aturdido. No puede ser, no lo puedo creer.

—Averígualo.

—No —dice— Quiero que tú me salves, Sadrac. Quiero que me des el antídoto.

—Ya te dije… —Sabías lo que te iba a pedir y te atajaste de antemano.

—Por favor, Jim…

Tú puedes conseguir el remedio. Seguramente llevas cientos de ampollas en tu valijita negra. ¡Pero, hombre, eres el médico de Genghis Mao! Puedes hacer cualquier cosa. No es lo mismo que tener un cargo encumbrado en el Comité regional. Oye, estábamos en el mismo equipo, ganamos, trofeos juntos, publicaron nuestras fotografías en los diarios…

—Sería inútil, Jim.

—Tienes miedo de ayudarme.

—Tendría que tener miedo, después de lo que me contaste. Dices que te echaron por distribución ilegal del antídoto y ahora me pides a mí que haga lo mismo.

—Es distinto. Tú eres el médico de…

—Aun así. No tiene sentido darte el antídoto por las razones que acabo de explicarte. Y aunque tuviera sentido, no podría dártelo. Sería mi perdición.

—No quieres arríes arriesgar tu pellejo, ni por un viejo amigo.

—No, no quiero. Y no quiero que me hagan sentir culpable por algo que no tiene ningún sentido —la voz de Sadrac no es en absoluto amable—. El antídoto no te servirá de nada ahora. De nada. Entiéndelo de una vez por todas… —¿Ni siguiera lo intentarías? ¿Tan sólo para probar?

—Es inútil. Inútil.

Después de una larga pausa, Ehrenreich dice:

—¿Sabes lo que te deseo, viejo? Que alguna vez te veas en apuros, que estés a punto de caerte a un precipicio, que estés colgado del acantilado, y que pase un viejo camarada y le pidas a gritos que te salve, y que el te pise las manos, que son tu único sostén y que siga caminando. Eso es lo que deseo, así te das cuenta de lo que se siente. Eso es lo que deseo.

Sadrac se encoge de hombros. No puede indignarse con un hombre que está al borde de la muerte, ni tampoco tiene interés de hablar de sus propios problemas. Simplemente dice:

—Si pudiera curarte, lo haría, pero no puedo.

—Ni siquiera eres capaz de intentarlo.

—No puedo hacer nada. ¿No me crees?

—Yo estaba seguro de que tú serías mi salvación. Ni siquiera te acordabas de mí. No harás nada por ayudarme. —¿Has hecho carpintería alguna vez, Jim? —pregunta Sadrac.

—¿Te refieres a las capillas? Nunca me interesó.

—Podría ayudarte. No te curará, pero te ayudará a superar tu enfermedad anímicamente. La carpintería te muestra pautas que no puedes llegar a ver solo. Te ayuda a diferenciar lo realmente importante de lo insignificante.

—¿Entonces eres un adicto fanático?

—Voy de tanto en tanto, cuando los problemas se complican demasiado. Hay algunas capillas en Fisherman's Wharf. No tendría inconveniente en ir ahora. ¿Qué te parece si vienes conmigo? Te haría bien.

—Hay un bar en Washington y Stockton. Siempre voy. ¿Qué te parece si vamos allí? ¿Qué te parece si pagas unos tragos con tu tarjeta del CRP? Eso me haría mucho mejor todavía.

—¿Primero al bar, después a la capilla?

—Vamos a ver —dice Ehrenreich.

El bar es un lugar triste, oscuro, abandonado. Sadrac coloca la tarjeta en la ranura de la máquina de servicio automático, oprime la placa de identificación y pide dos martinis. Después del segundo trago, la ferocidad de Ehrenreich parece disiparse para dar lugar a la nostalgia y al sentimentaismo. Con voz mas calmada, murmura:

—Perdóname por lo que te dije hoy.

—No es nada.

—Realmente pensé que tú serías mi salvación.

—Ojalá pudiera.

—No quiero que tengas problemas.

—Ya los tengo —dice Sadrac— Estoy a punto de caer a un precipicio —echa a reír. Otra vuelta de martinis. Levanta la copa—. No importa. Salud, amigo.

—Salud, viejo.

—Después de esta vamos a la capilla, ¿eh?

Ehrenreich niega con la cabeza:

—Yo no. Esas cosas no son para mí, ¿sabes? Ahora no, en este momento no. Ve solo. No insistas. Ve sin mí.

—Está bien —dice Sadrac.

Sadrac termina el martini y toca ligeramente el brazo de su ex camarada a modo de despedida. Ehrenreich tiene la mirada perdida, está tan abatido que ni siquiera tiene fuerzas para hablar. Sadrac sale y toma un taxi que lo lleva al Wharf, pero esta vez, no logra tranquilizarse en la capilla de carpintería: las manos le tiemblan, no puede centrar la mirada se siente incapaz de alcanzar la etapa de meditación. Después de media hora se va de la capilla. Al salir ve un automóvil lleno de policías. Todavía lo siguen vigilando. Entre los policías alcanza a distinguir a un hombre de barba vestido de civil, ¿Ehrenreich? ¿Es posible? A esa distancia no puede divisar las caras, pero la espalda corpulenta y el cabello ralo le resultan familiar. Sadrac frunce el ceño, llama un taxi, vuelve al hotel, empaca y se va al aeropuerto. Tres horas más tarde está en el avión, camino a Pekín.

CAPÍTULO 23

En Pekín, Sadrac se aloja en el hotel Hundred Gates, en el viejo distrito de las embajadas junto a la Ciudad Prohibida, donde habían reinado Kublai Khan y Ch'ien-lung. Sadrac vuelve a detectar otra vez la corriente de información de Genghis Mao. Todavía está a unos mil doscientos o mil trescientos kilómetros de Ulan Bator, calcula Sadrac, más allá del alcance máximo de la telemedición; por lo tanto las ondas que recibe son borrosas y tenues. Después de estas dos semanas de separación, Sadrac ya no se adata a la transmisión del cuerpo de Genghis Mao como lo hacia antes, pero cuando permanece sentado sin moverse, y logra sintonizar su atención en la tarea, no tiene ninguna dificultad en leer la bioinformación del viejo líder con una claridad que se acentúa gradualmente.

Las funciones generales son las que percibe con más nitidez, desde luego: los latidos del corazón, la presión sanguínea, la respiración, la temperatura. Los sistemas principales del Khan retumban, como siempre, con una irreprimible vitalidad. Las funciones hepática y renal funcionan normalmente. El sistema metabólico basal, normal. Las respuestas neuromusculares, normales. Sadrac se maravilla, como de costumbre, por la buena salud, por la fortaleza del anciano, y siente al mismo tiempo una especie de orgullo vicario por la heroica resistencia y longevidad de Genghis Mao.

A medida que se acerca a Ulan Bator, Sadrac comienza a captar información más sutil y detallada, y percibe algunas anormalidades que no esperaba. Realmente es confuso, ya que estas percepciones se contradicen con las indicaciones generales. La descomposición de fosfato no es normal, la actividad enzímica es reducida. El nivel de viscosidad sanguínea es menor al normal y el potencial de hidrógeno de la sangre tiende a alcalinizarse. También se observan disminuciones en el nivel de absorción intestinal y en el nivel de transpiración.

En realidad todas estas indicaciones no son motivo de alarma en un hombre de la edad del presidente, que acaba de ser sometido a intervenciones quirúrgicas de envergadura — es apenas razonable esperar que goce de un perfecto estado de salud—, pero lo extraño es la combinación de los factores. Sadrac supone que tal vez estas lecturas sean sólo producto de la distancia de los ruidos que interfieren la línea: se está forzando para captar la información que recibe del Khan, y es probable que no la interprete correctamente. Sin embargo, las anormalidades, si es que son anormalidades, son notablemente uniformes. Las lecturas de todos los sensores coinciden.

Poco a poco; Sadrac comienza a elaborar una hipótesis.

Determinar un diagnóstico a más de mil kilómetros de distancia es bastante complicado. Sadrac echa de menos su bibliografía médica y sus computadoras, pero tiene una idea de qué tipo de problema puede llegara ser, y sabe qué información necesita para confirmar su teoría. Lo que Sadrac no sabe es si el sistema ideado por Buckmaster es lo suficientemente eficaz como para transmitir a tanta distancia los análogos de fenómenos de tan pequeña escala.

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