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Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]

Электронная книга - «Sadrac en el horno [Shadrach in the Furnace - es]». Краткое содержание книги:

Siglo XXI. Un mundo en ruinas gobernado por un viejo y astuto tirano, Genghis II Mao IV Khan. La vida del Khan se mantiene gracias a la habilidad de Sadrac Mordecai, un brillante cirujano negro cuya misión es reemplazar los órganos deteriorados del presidente.
Los más modernos aparatos se utilizan para tres proyectos de gran envergadura, uno de ellos, el proyecto Avatar, tiene por objeto lograr la inmortalidad del viejo líder transfiriendo la mente y la personalidad del Khan a un cuerpo más joven.
Sadrac descubre que ha sido elegido para ese macabro proyecto, pero logra idear con increíble serenidad un peligroso plan para cambiar la faz de la Tierra.

Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1976.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1977.
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Si la viscosidad de la sangre es reducida y el potencial de hidrógeno sanguíneo es alcalino, es probable que los niveles de proteínas plasmáticas sean inferiores a los normales, y que la presión osmótica, que lleva los líquidos de los tejidos a los capilares, sea baja. Si la presión sanguínea hidrostática es normal, como lo indica el modulador de las funciones generales, y la presión sanguínea osmótica es reducida, es probable que los tejidos de Genghis Mao estén acumulando un exceso de líquidos. No es un problema serio ni peligroso por ahora, pero la acumulación de tejido puede provocar eventualmente un edema, una hinchazón por exceso de agua, lo cual puede constituir un síntoma de futuras fallasen la función renal, en la función hepática o en el sistema cardíaco. Sadrac se concentra entonces, y recorre el cuerpo de Genghis Mao, tratando de distinguir señales que indiquen exceso de líquido. El nivel del sistema linfático, sin embargo, es normal, según lo indican los puntos de referencia correspondientes. La función del pericardio, la pleura y el peritoneo son normales. La acción renal y hepática, perfectas, tal cómo lo había comprobado antes. Aparentemente todo es normal. Sadrac comienza a abandonar su hipótesis. Es probable que el Khan no tenga dificultades, y que aquellas indicaciones negativas fueran simplemente interferencias en la línea, y entonces…

Sin embargo, Sadrac advierte que algo no anda del todo bien en el cráneo del presidente: la presión intracraneal es más alta que de costumbre.

Los nódulos que le trasmiten datos del cráneo del presidente no incluyen tanta información como aquellos que corresponden a otras partes del cuerpo. Genghis Mao nunca ha tenido ataques cerebrales ni ningún otro problema cerebrovascular. Por lo tanto, nunca hubo necesidad de invadir el cráneo imperial, y dado que la mayor parte del equipo de telemedición implantado en el cuerpo de Genghis Mao ha sido instalado en el transcurso de intervenciones quirúrgicas rutinarias, la información que Sadrac recibe no incluye muchos datos acerca del estado del cerebro del presidente. Pero sí tiene un sensor que le proporciona información acerca de la presión intracraneal, cuyo aumento Sadrac advierte al realizar el examen general del cuerpo de Genghis Mao. Probablemente sea en el cráneo, entonces, donde se esta produciendo la acumulación de líquidos.

Sadrac hace todo lo posible para obtener los datos necesarios basándose en todo tipo de información correlativa que esté a su alcance. ¿Presión osmótica en los capilares craneales? Baja. ¿Presión hidrostática? Normal. ¿Distensión meníngea? Alta. ¿Estado de los ventrículos cerebrales? Congestionados. Es obvio que hay alguna falla en el sistema que transporta el líquido cerebroespinal desde el interior del cerebro de Genghis Mao al espacio subaracnoideo, cerca de la pared craneal, desde donde normalmente pasa a la sangre.

Esto significa, entonces, que probablemente Genghis Mao haya sufrido fuertes dolores de cabeza en estos últimos días, que los dolores aumentarán su intensidad si Sadrac Mordecai no regresa de inmediato a Ulan Bator, y que tal vez surjan complicaciones cerebrales —posiblemente fatales— si no se trata el problema cuanto antes. Significa, además, que las vacaciones de Sadrac han terminado, que no podrá hacer turismo en Pekín, no. No visitará la Ciudad Prohibida, el museo histórico, las tumbas de los Ming, la Gran Muralla, el templo de Confucio, el Palacio de Cultura de los trabajadores. Esas cosas ya no tienen importancia para éclass="underline" llegó el momento que ha estado esperando durante sus viajes de continente a continente. Durante la ausencia del devoto médico del Khan, el sistema inestable que constituye Genghis II Mao IV Khan ha comenzado a decaer, señal de que el doctor Mordecai es indispensable, de que su presencia se requiere de inmediato. Por lo tanto, Sadrac debe cumplir con sus obligaciones hipocráticas: acudir a su paciente y tomar las medidas necesarias.

Además, tiene que pensar en su propia salvación…

Sadrac baja al hall del hotel y reserva un pasaje para el próximo vuelo con destino a Ulan Bator, que saldrá esa noche dentro de dos horas. Luego anuncia en conserjería que dejará la habitación. El conserje, un chino joven y delgado, que, sin poder disimular su admiración por el color de la piel de Sadrac, lo mira y lo mira con ojeadas subrepticias, hace un comentario con respecto a su breve estada en Pekín.

—Cambio de planes —declara Sadrac con voz resonante—. Asuntos urgentes. Debo regresar de inmediato.

Sadrac recorre con la mirada el hall del hotel —un salón perfumado, de poca iluminación, como el vestíbulo de un enorme restaurante chino colmado de biombos de caoba y jarrones de porcelana e inmensos potes de laca sobre pedestales de palo de rosa— y distingue a unos pocos metros la figura robusta y pesada de Avogadro. Se miran y Avogadro sonríe, mueve la cabeza a modo de saludo y agita la mano. Aparentemente acaba de llegar al hotel. Sadrac no se sorprende en absoluto al descubrir la presencia del jefe de seguridad: era inevitable que tarde o temprano apareciera Avogadro para arrestarlo en persona.

Ninguno de los dos hace comentarios acerca de la coincidencia de sus visitas a este exótico lugar. Avogadro pregunta en tono amable:

—¿Cómo le fue en su viaje, doctor?

—Conocí muchísimos lugares del mundo. Muy interesante.

—¿Eso es lo único que se le ocurre decir? Interesante? ¿No fue fantástico, esplendoroso, trascendental?

—Interesante —repite Sadrac deliberadamente—. Un viaje muy. interesante. ¿Y cómo se mantiene Genghis Mao durante mi ausencia?

—No del todo mal.

—Está bien cuidado. A él le gusta pensar que yo soy indispensable, pero el personal auxiliar puede perfectamente encargarse de cualquier tipo de dificultad que surja.

—Es probable.

—Pero tuvo dolores de cabeza en estos últimos días, ¿verdad?

Avogadro parece levemente alarmado.

—Ah, usted sabe eso, ¿no es así?

—Estoy aquí justo en el límite del alcance de la telemedición.

—¿Puede detectar los dolores de cabeza?

—Puedo captar determinados factores que me dan pistas —dice Sadrac—, de las cuales deduzco el dolor de cabeza.

—¡Qué sistema ingenioso! Usted y el Khan están conectados de tal manera que son una sola persona, ¿no es así? Él sufre los dolores y usted los siente en su cuerpo.

—Exactamente —dice Sadrac— En realidad, fue Nikki la primera que lo enfocó desde ese punto de vista. Genghis Mao y yo somos una persona, una sola unidad de procesamiento de datos, comparable al escultor y el mármol y el formón.

Avogadro no interpreta el sentido de la analogía. Continúa sonriendo con esa expresión de amabilidad rígida e impuesta con que lo saludó a Sadrac cuando se encontraron en el hall.

—Pero no es una unión excesivamente estrecha —continúa Sadrac— El vínculo podría ser aún más íntimo. Pienso hablar con los ingenieros para que modifiquen el sistema, cuando vuelva a Ulan Bator.

—¿Y cuándo regresará?

—Esta noche —le dice Sadrac— Reservé un pasaje para el próximo vuelo.

Avogadro levanta las cejas.

—¿Ah sí? Qué oportuno. Me evita el problema de…

—¿Pedirme que regrese?

—Sí.

—Me imaginé que usted había venido para eso.

—La verdad es que Genghis Mao lo echa de menos. Él me mandó hablar con usted.

—Por supuesto.

—Para pedirle que volviera.

—Él lo mandó para pedirme eso. No para traerme, sino para pedirme que volviera. Por mi propia voluntad.

—Para pedirle, sí.

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