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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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Las mejillas de Blaine estaban sonrojadas, su voz temblaba. Dennis se dio cuenta de que estaba hecho un sandwich entre esos dos hombres, Blaine y Chalmers. No había guardias en los alrededores.

– ¿Es usted un poquito pervertido, señor Henshall? Allí encerrado en esa oficina suya, leyendo todas esas cartas de amor… Eso le provoca una erección, ¿no es cierto? Sin esposa en casa, por eso empieza a olisquear a las esposas ajenas. ¿Qué pensará el director de eso, eh?

A Dennis se le arrugó la cara.

– ¡Bastardo! ¡Ni siquiera puede ver más allá de su nariz! Ella está allá afuera gastando todo su botín, acostándose con su amigo Fred. Yo los he visto. Ahora ha vendido la casa y se marcha. ¡Acaba de tener su última visita conyugal, Blaine, pero es demasiado estúpido para darse cuenta!

– Usted está mintiendo. -La frente de Blaine se había perlado de sudor. Tenía la cara casi morada, y respiraba entrecortadamente, con esfuerzo.

– Lo ha estado engañando desde el momento en que usted entró aquí -le espetó Dennis-. Diciéndole que está en apuros cuando gasta fajos enteros de billetes en todas las tiendas de ropa de la ciudad. Él le lleva las bolsas, se las lleva directamente hasta su casa. Se queda horas enteras allí.

– ¡Embustero!

– Pronto lo sabremos, ¿no es cierto? Puede llamar a su casa, ver si ya han desconectado la línea. O esperar la próxima visita. Créame, ella demorará mucho en llegar.

Las manos de Blaine volaron hacia él, y Dennis se atajó. Pero el hombre se estaba apoyando en él, no atacándolo. De todas maneras, Dennis soltó un grito, justo en el momento en que Blaine caía de rodillas, asiendo todavía con sus manos su uniforme. Chalmers gritaba pidiendo ayuda, mientras se escuchaba el ruido de pies que corrían. Blaine se ahogaba, tomándose el pecho mientras caía de espaldas y sus piernas se agitaban en el aire. Entonces Dennis recordó: “Mi viejo corazón ya no es lo que solía ser…”.

– Creo que es un infarto -dijo cuando llegó el primer guardia.

El director había querido escuchar la versión de Dennis, quien había tenido tiempo suficiente para pensarla. Simplemente pasaba… se detuvo a conversar… y al momento, Blaine se derrumbaba.

– Parece coincidir con la versión de Chalmers -había dicho el director, para gran alivio de Dennis. Por supuesto, Blaine podría tener otras ideas, suponiendo que se salvara.

– ¿Blaine estará bien, señor?

– Muy pronto nos avisarán desde el hospital.

Lo habían llevado de urgencia al Western General, dejando a Chalmers en el umbral de la celda, con aspecto atontado. Sus únicas palabras habían sido: “Tal vez no vuelva a verlo nunca más…”.

Dennis se refugió en su oficina, ignorando los llamados a su puerta: otros guardias que querían escuchar su historia. Extrajo la foto de Selina con su bikini rosado. Tal vez ahora ella se saliera con la suya, tendría todo lo que había deseado. Y Dennis la había ayudado.

Y ella nunca se enteraría.

Era casi la hora de irse a casa cuando volvieron a llamarlo al despacho del director. Dennis sabía que le darían malas noticias, pero cuando su jefe abrió la boca, se llevó la sorpresa de su vida.

– Blaine escapó.

– ¿Cómo dice, señor?

– Huyó del hospital. Parece que estaba armado. Un hombre y una mujer lo esperaban, ella vestida de enfermera, él de camillero. Un miembro del equipo de escolta recibió un golpe fuerte, otro perdió un par de dientes. -El director miró a Dennis-: Lo engañó, Henshall; nos engañó a todos. El bastardo no tenía un infarto. Hoy lo visitó su esposa junto con otro hombre. Probablemente para convenir los últimos detalles.

– Pero yo…

– Usted entró en la escena en el momento equivocado, Henshall. Como en ese momento había un oficial presente, tomamos la cosa en serio. -El director volvió a sus papeles.- Un mal momento para usted, simplemente… pero un terrible dolor de cabeza para todos los demás.

Dennis se tambaleó hasta su oficina. No podía ser… no era posible. ¿Qué demonios…? Se quedó allí sentado, atontado, hasta mucho después de su hora de salida. Condujo hasta su casa como por control remoto. Se desmoronó en el sillón. La historia ya estaba en las noticias de la noche: dramático escape de una ambulancia. Entonces ese había sido siempre el plan… vender la casa y huir limpiamente, ya sea como una pareja o con Fred. Fred: cómplice y no amante. Conspirando con Selina para liberar a su marido. Buscó la correspondencia de Selina con Blaine y leyó cada carta con atención, buscando algo que se le hubiera pasado por alto.

No, por supuesto que no había nada. Ellos podían haber hecho sus planes cada vez que se veían. Siempre con el riesgo de que lo escucharan, de que les leyeran los labios. Pero así debía haber sido. Ni más ni menos… Dennis no soportaba quedarse allí un minuto más, rodeado por sus cartas, sus fotos, sus sentidos inundados de recuerdos de ella: el paseo de compras, su casa, su ropa…

Fue a pie hasta el bar local y pidió un whisky y una pinta de cerveza. Bebió el whisky de un solo trago y pasó el resto al vaso de cerveza.

– ¿Un mal día, Dennis? -le preguntó uno de los parroquianos habituales.

Dennis lo conocía, o al menos sabía cómo se llamaba: Tommy. Hacía muchos años que venía a beber aquí, tantos años como el propio Dennis. Pero todo lo que Dennis sabía de él era su nombre y el hecho de que trabajaba como plomero. Era sorprendente lo poco que uno podía saber de alguien.

Aunque había otra cosa: a Tommy le gustaban los rompecabezas y los juegos de palabras. Era capitán del equipo del bar, y detrás del mostrador había trofeos que testimoniaban su habilidad. En ese preciso momento estaba dedicado a eso, con el periódico abierto en la página de entretenimientos. Ya había hecho los dos crucigramas y trabajaba ahora en otro. Selina y sus palabras cruzadas.

Crucigramas… ¿y cómo era esa otra cosa que había mencionado Blaine? ¿Acrobáticos?

– Tommy -dijo Dennis-, ¿hay algún tipo de crucigrama llamado acrobático?

– No que yo sepa -respondió Tommy, sin tomarse la molestia de levantar los ojos de su periódico.

– Una palabra semejante, entonces.

– Acrósticos, tal vez.

– ¿Y qué es un acróstico?

– Es cuando uno tiene una cantidad de palabras y hay que usar la primera letra de cada una de ellas. Los criptógrafos usan mucho ese método.

– ¿La primera letra de…?

Tommy parecía dispuesto a darle más explicaciones, pero Dennis ya estaba en camino hacia la puerta.

¡Extraño tanto tus habilidades! Oh, sabes, Paul, innegablemente te amo con locura…

Y encastrada allí, la palabra “hospital”. Dennis miró su trabajo, el trabajo que le había llevado varias horas. Muchas de las cartas no contenían mensajes ocultos. Algunas los escondían en los pasajes más escabrosos, presumiblemente para que nadie los descubriera porque -como Dennis- todos se concentrarían en leer y releer las partes más ardientes.

Igual no le fallé a Rose: temí olvidarme.

Mientras Dennis se la había pasado preguntándose quién sería Rose, especulando qué relación tendría con Selina, ella se las había arreglado para enviar otro mensaje: “infarto”. Lo había engañado por completo. Nunca había sospechado nada.

Hoy amaneció lluvioso. Aborrecible día oscuro. Grace reunió a cuatro íntimas amigas y saldremos de compras.

“Hallado. Gracias”.

¿Hallado qué? El dinero, por supuesto: otro buen fajo del dinero de Blaine. Él se lo había ido dando de a poco, su manera de asegurarse de que ella no desapareciera, o de que no lo gastara de inmediato. Las cartas que él le enviaba contenían mensajes para informarle en dónde estaba escondido el dinero. Fragmentos pequeños repartidos por toda la carta. Blaine era más torpe que Selina. Tal vez Dennis hubiera podido advertirlo, si no hubiera estado mucho más interesado en ella.

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