Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
El segundo acto importante de la jornada lo constituyó el marcial desfile que tuvo lugar a mediodía, bajo un sol de plomo, delante de la Tribuna Presidencial, instalada en la Rambla. Para levantar dicha Tribuna fueron utilizados los maderos y las sillas que antaño habían servido para tocar sardanas.
El desfile fue un éxito: todo reluciente y sincronizado. Brotaron "vivas" al Ejército, incluso del balcón de los Alvear, y las chicas de la Sección Femenina anduvieron clavando banderitas como en su día las hijas del Responsable. Nota emotiva fue el paso de todos los Caballeros Mutilados de la provincia, entre los que destacó, con su manga flotante, Agustín Lago, quien vestido de uniforme parecía más vulgar. El general habló a la multitud. Y esta vez fue el obispo quien, escuchándolo, se dio cuenta de que carecía totalmente de educación militar. Hubiera sido incapaz de distinguir entre un fusil y un mosquetón. "Tal vez nos conviniera.-pensó, mirando al general- darnos clase mutuamente".
Terminado el desfile, le tocó a doña Cecilia protagonizar la mañana gloriosa. Al final de la Rambla se había instalado una mesa petitoria al objeto de recaudar fondos para luchar contra la tuberculosis. El doctor Chaos tenía muchas dudas sobre el resultado de la operación; pero doña Cecilia creía firmemente "que el pueblo gerundense respondería a la llamada", y acertó. Las damas que figuraban en la presidencia, además de la esposa del general, eran María del Mar; la madre de Marta; Esther; la viuda de don Pedro Oriol y la esposa del notario Noguer. Había otra mujer en Gerona que a gusto hubiera formado parte de la Comisión, pero que no fue admitida: la "guapetona Adela", la esposa de Marcos. Sí, Adela se había ofrecido para sentarse a la mesa, pero se llevó el gran chasco. "¿Esposa de un depurado? ¡Ni hablar!", fue la reacción unánime. Adela, que tenía sus ahorrillos y que ambicionaba introducirse en la buena sociedad, se llevó el gran berrinche. "Por tu culpa -increpó a su marido- no puedo ir a ninguna parte. ¿Por qué te metiste en política, di?". Marcos, acomplejado más que nunca, contestó: "Jugué y perdí. ¡Qué le vamos a hacer!".
Doña Cecilia, que se había preparado convenientemente para presidir la mesa petitoria -la víspera, y según costumbre, había mandado a Nebulosa, el asistente del general, a que le guardara turno en la peluquería de señoras-, fue objeto de constantes halagos. "¡Está usted preciosa, doña Cecilia! -le dijeron las damas acompañantes-. ¿Cómo se las arregla para que todo le luzca tanto?". Doña Cecilia rechazó de plano tales halagos. "Por favor, mis queridas amigas -dijo, sin quitarse los guantes blancos-, aquí lo importante es conseguir una buena recaudación".
La consiguió… El pueblo respondió a la llamada. La compasión gerundense por la tuberculosis adquirió dimensiones evangélicas. Incluso el comisario Diéguez, ¡y el barbero Raimundo!, se acercaron a la mesa petitoria a depositar su óbolo. Los gerundenses distinguidos lo entregaban dentro de un sobre. Otros lo depositaban con la mano cerrada hasta el último momento, por discreción. Una excepción fue Gaspar Ley. Gaspar Ley quiso dar también fe de vida y dejó caer sobre la bandeja, ostentosamente, un billete de cien pesetas.
En los ratos de afluencia escasa, las damas de la mesa charlaban entre sí y Carmen Elgazu, que las veía desde el balcón, hubiera dado no sé qué para oír el diálogo. María del Mar se lamentó de que no podrían ir a veranear, como el Gobernador le había prometido. "Menos mal que he podido inscribir a Pablito y Cristina para los Campamentos de Verano". La viuda Oriol, que llevaba un traje muy escotado, viendo pasar al coronel Romero, afirmó que no le importaría volver a casarse. Esther anunció a sus amigas, provocando con ello el mayor asombro, "que Manolo había decidido licenciarse y quedarse en Gerona, donde abriría un bufete particular". Al propio tiempo habló de la conveniencia de fundar en la ciudad un Club de tenis y un Club de bridge. Según Esther, el tenis era un deporte completísimo y el bridge un juego estimulante, muy eficaz para el intelecto. "¡Deberíamos organizar un campeonato!". Doña Cecilia, que le había oído decir a su marido que el bridge era juego inglés, miró a Esther con recelo. "Ay, no sé, Esther, no sé… -comentó-. ¿Por qué vamos a implantar juegos raros? ¿Es que no tenemos juegos bonitos en España?".
La esposa del notario Noguer era la más callada. Se limitaba a escuchar y a observar a sus amigas. Doña Cecilia le pareció muy ignorante, pero graciosa. María del Mar la encantó por su dulzura y Esther por su picardía y vitalidad. La esposa del notario Noguer estaba convencida de que Esther traería a la población aire fresco. Interpretaba su intención: hacer algo, hacer algo en la dormida Gerona… Además, la encontraba muy atractiva, con su peinado cola de caballo. "¿Cuántos hijos tienes, Esther?". "Tengo dos, una pareja…" "¿Dos hijos y quieres jugar al tenis?", inquirió, azorada, doña Cecilia. "¿Por qué no? Y pienso ir a bañarme a la piscina".
La madre de Marta daba un poco de pena, enlutada como siempre. De pronto se ausentaba con el pensamiento. Carmen Elgazu, futura "consuegra", desde el balcón se daba cuenta de ello y pensaba: "Es terrible no poder olvidar…"
Todo el mundo desfiló ante la mesa petitoria. De vez en cuando Esther proponía: "Deberíamos ir guardando el dinero en alguna bolsa". Doña Cecilia se oponía: "¡De ningún modo!
Que se vea, que se vea el montón". En un balcón cercano había un hombre paralítico, vejete, que lo contemplaba todo desde su sillón de ruedas y que también en sus años mozos había desfilado marcialmente.
Momentos antes de cerrar la mesa se produjo la sorpresa: llegaron las esposas de los hermanos Costa y entregaron a doña Cecilia, en nombre de sus maridos, un sobre más misterioso que los demás, que contenía un cheque doblado.
Doña Cecilia lo desdobló y al leer la cantidad casi se santiguó.
– ¡Pero…!
Las esposas de los hermanos Costa inclinaron la cabeza y se retiraron.
Doña Cecilia tuvo un acceso de tos. ¡Diez mil pesetas! Volvióse hacia sus amigas blandiendo el papel.
– ¡Pero…! -repitió-. ¿Creen ustedes que debemos admitirlo?
María del Mar, que había leído también la cantidad, exclamó:
– ¡No faltaría más!
La viuda de don Pedro Oriol corroboró:
– A caballo regalado, no le mires el diente.
Doña Cecilia dejó caer, en ademán dubitativo, el cheque sobre la bandeja, coronando el montón de billetes. Y tocándose el sombrero comentó:
– Esos hermanos Costa… ¿qué pretenderán?
Celebráronse las "Comidas de Hermandad", durante las cuales las autoridades hicieron una admirable demostración del alto espíritu de convivencia que las animaba. 'La Voz de Alerta' -haciendo caso omiso de los sarcasmos del doctor Chaos- almorzó con sus grandes protegidos: los ancianos del Asilo, los cuales, al verlo entrar en el comedor, y obedeciendo instrucciones de las monjas, se pusieron en pie y extendiendo tímidamente el brazo, gritaron: "¡Viva el señor Alcalde!". 'La Voz de Alerta' compartió con ellos el pan y la sal y escuchó por centésima vez las aventuras de aquellos "que habían visto nacer la electricidad", o habían sido marinos, o habían estado en la guerra de Cuba.
El notario Noguer, presidente de la Diputación, accedió al ruego de su gran amigo el profesor Civil y presidió el almuerzo en los comedores de Auxilio Social. Aquel día las muchachas de la Sección Femenina habían puesto una flor en el plato de cada niña. Los manteles relucían y había guirnaldas en el techo. Los chicos parecían estar contentos, tal vez porque el notario Noguer los obsequió con caramelos. Sin embargo, el aspecto de la mayoría de ellos daba grima. Al notario le dieron pena especial los niños bizcos. Había muchos, ignorándose la causa. Cuando levantaban la cabeza era imposible saber adonde miraban, sí a la calle, al ilustre huésped o a letrero que había detrás de la mesa presidencial y que decía: "Ni un hogar sin hambre, ni un español sin pan".