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Электронная книга - «Conquista salvaje». Краткое содержание книги:

El único indicio del vasto incendio que asolaba los bosques milenarios lo ofrecía el sangriento resplandor que flotaba detrás de las montañas, coronándolas con una singular claridad. El reflejo, vivo y radiante sobre el cielo inmediato, se amortiguaba luego diluyéndose de nube en nube. Sobre las pampas centrales semejaba todavía un prolongado crepúsculo bermejo. Más allá el fuego se denunciaba apenas en un leve centelleo, igual al indeciso crecer del día. Desde las costas del golfo Grande, podía vislumbrarse el horizonte cortado por los cerros desiguales, en el que resplandecía un aura pálidamente rosada diluida por el gris violento del humo que ascendía pesadamente al cielo. Pero pasando las mesetas del Senguerr las señales del desastre se multiplicaban; lenguas de fuego sobrepasaban las alturas que guardaban el gran lago Escondido y el humo formaba un techo sombrío sobre la región de las pampas, donde el sol, perdido en un cielo de cenizas, fatigaba su curso. Grandes bandadas de avutardas huían al sur y al este, aumentando con sus gritos discordantes el desconcierto del éxodo. Gallardas bandurrias volando sumamente bajo, casi rozando las anchas hojas de la nalca1, las seguían, y en un plano más elevado los solitarios cisnes se unían en el vuelo. Garzas rosadas en inseparables parejas batían con ritmo sus alas incansables. Igual a un guerrero altivo y desdeñoso que desafiara la hecatombe, un águila blanca, deidad sagrada de los indios, planeaba en ceñidos círculos sobre el dilatado incendio, manteniéndose a una gran altura como una atalaya del cielo.
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– ¡Me voy a ahorrar una bala contigo! -pensó buscando con la vista a su alrededor. A pocos pasos encontró lo que buscaba… una pesada piedra. Se apresuró a tomarla porque ya Llanlil parecía volver en sí quejándose ahogadamente. Abrió los ojos aturdido y espantado y vio a Sandoval levantando la piedra sobre su cabeza. El sol iluminaba el rostro alterado por el esfuerzo y el odio.

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Llanlil gritó, pero se lanzó rodando al tiempo que la piedra caía con fuerza donde un segundo antes estaba su cabeza. Trémulo, sudoroso, Sandoval dejó escapar un resoplido de rabia y como Llanlil se incorporara con la cara magullada y sangrante, extrajo su revólver, dispuesto a acabar con él de cualquier modo.

– No te vas a escapar… ¡condenado salvaje!

Llanlil, agazapado y mirándolo fijamente, le gritó:

– Todavía no he muerto… ¡Vení, cristiano maula!

Por la mente de Sandoval desfilaron con rapidez los más encontrados pensamientos. El sabía de la extremada valentía de aquel hombre y cuando intuyó su huida la atribuyó al miedo. Por eso lo persiguió confiado y con ánimo de ajustar cuentas apenas lo tuviera a mano. Sin embargo ahora se asombraba de que un hombre en fuga conservara tanta energía para enfrentarlo; ciertamente no demostraba ningún temor y sí, en cambio, el mismo odio que él sentía. El también era corajudo y habituado a encararse con todo tipo de forajidos y ninguna cara patibularia o amenazadora lo había hecho jamás titubear… Ese singular hijo de las montañas, ese extraño sujeto que había burlado a sus mejores hombres, se erguía, no obstante herido y maltrecho, para desafiarlo. Admitió consternado que a posar de que todas las ventajas estaban de su parte, se sentía confuso y hasta algo asustado. Además en aquella soledad era inútil esperar ayuda de nadie.

Sandoval hizo fuego, pero no era tan fácil acertar a un hombre que saltaba entre las piedras y la excesiva cercanía resultaba casi una desventaja. Disparó de nuevo y la bala silbó sobre la cabeza de Llanlil peligrosamente. Pero el indio tenía su plan y desafiaba a la muerte en una suprema jugada de audacia… Iba hacia adelante con la mano derecha cerrándose hasta endurecerse sobre el mango del cuchillo. Avanzaba con la respiración entrecortada por el dolor que sentía en todo el cuerpo y sin quitar su vista de los ojos de Sandoval, cuyo pulso, tan firme de ordinario, comenzaba a temblar. El arma del administrador era un viejo Colt de seis tiros y Llanlil podía ver, tan próximo se encontraba, los negros agujeros vacíos del tambor.

Su adversario maldecía su falta de tino al no descolgar la carabina de la montura, pero era tarde para remediar su imprudencia, pues el caballo había disparado lejos al primer tiro… Se arrimó al de Llanlil procurando hacerse de la carabina que el otro llevaba trabada en el recado. Resbaló y ahogando una sorda exclamación de rabia y temor disparó de nuevo a aquellos ojos obscuramente azules que le hipnotizaban. Era lo que estaba aguar dando el reche que se enderezó avanzando a su encuentro.

– ¡Ahora! -gritó triunfalmente-. ¡Pelea si sos hombre! A cuchillo, cristiano, o te degüello…

Trastabillando Sandoval le tiró el inútil revólver a la cara y sacó del cinto el cuchillo, pero toda su prepotencia había dejado lugar al instinto primario de defender su vida en peligro.

Llanlil quería acabar pronto, pues sentía una gradual insensibilidad en su brazo que le aflojaba los músculos. Una y otra vez se acometieron en silencio como si presintieran que aun las palabras y los dicterios sobraban en aquel duelo a muerte. Toda la perversidad y la astucia adquirida en largos años de cazador, ponía Llanlil en juego; juego desprovisto en la ocasión de todo vestigio de humanidad, en el que solamente asomaba el primitivo salvajismo que animó a los machos disputándose el dominio de la especie. Como él, con el mismo odio, habían peleado en obscuras cavernas antepasados perdidos con el tiempo. Como él, otros, en remotas edades, disputaron a la mujer más hermosa para crear la raza de los fuertes, los jefes, los nacidos para mandar, los amos en la conquista salvaje de la tierra.

En cambio Sandoval contaba a su favor con el cálculo y la astucia que mide el relámpago de un segundo para lanzarse sobre el contrario; pero en ambos el mismo odio antiguo de los hombres que disputaban su primacía por la fuerza. Y aquel odio los impulsaba lúcidamente, con los ojos bien abiertos hacia la punta de los cuchillos, con el ánimo templado y viril, sobre aquella tierra vieja, pero que renacida del mar, necesitaba todavía el baño de sangre para fertilizarse. En aquel escenario solitario, sin testigos, sobre el que nacía la luz de un día nuevo, al que el viento castigaba con la misma inclemencia con que luchaban los hombres, flotaba un soplo de la tragedia eterna; y la tierra, entretanto, paciente y muda, seguía esperando la hora del amor.

Llanlil perdía terreno; una intensa debilidad lo entorpecía. El agudo dolor de su cabeza se convertía en un zumbido enloquecedor que lo obligaba a cerrar los ojos; el brazo derecho prácticamente estaba endurecido. Resistía aún porque si no daba cuartel tampoco podía esperarlo. Sandoval lo había herido ya varias veces en los brazos y sonreía, con una helada sonrisa mostrando los dientes blancos, como un lobo joven que se apresta a dar el último salto sobre su víctima.

CAPÍTULO XIX

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El capitán Antonio Díaz Moreno era el perfecto caballero que los salones porteños acogían con la simpatía que la posición, el dinero, la juventud, y el don de gentes sabían conquistar en aquella sociedad un poco ingenua de fin du siécle; un sociedad en resumidas cuentas muy cosmopolita, muy gentil, muy superficial y con un santo horror a todo lo que se refiriera a la tierra propia. Todo lo patrio que estuviera más allá de Palermo o de las quintas de San Isidro, era netamente sauvage e indigno de ser considerado y menos discutido.

En esa aristocracia de próceres, ganaderos y comerciantes enriquecidos, un oficial de sólido patrimonio, joven y soltero, tenía por fuerza que conciliar la atención general, y el capitán Díaz Moreno reunía sobre su persona los mejores requisitos para ser un dilecto de su tiempo: sobrino de un ministro, algo pariente de la familia Mansilla, militar por inclinación, rico, veintiséis años y una esmerada tradición de parisiense, todo lo poseía; basta una novia dulce y enamorada que palidecía ante sus entorchados. Y coronando y aun abarcando todas estas galas propias o heredadas, poseía, cosa ya más notable, un espíritu críticamente alerta y un corazón ávido de novedades y de lejanías. Por eso, con gran escándalo de su círculo, cuando se dispuso su traslado al sur, a la Patagonia misteriosa, se murmuró con despectivo tono que no sólo no había rehusado ni menos interpuesto efectivas influencias para una decorosa retirada, sino que él mismo había solicitado en secreto aquel traslado.

Sea lo que fuere, en el año 1908 el excepcional y pundonoroso oficial se encontraba en Comodoro Rivadavia, cuna rispida e incipiente del petróleo, soportando uno de esos cíclicos inviernos especialmente rigurosos en que el anatema de Darwin parece flamear como una bandera. Los salones que ahora frecuentaba el capitán eran mucho más humildes, aunque las rubias hijas de los boers cuyas modestas casitas formaban el corazón del pueblo, podían rivalizar en frescos y saludables colores, amén de otros encantos más recoletos, con las bellezas de cualquier latitud. Forzosamente y a hurtadillas, aquellas muchachas suspiraban por el capitán que, con romántico estoicismo, continuaba siendo fiel a su dama.

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Don Manuel entró una mañana en el despacho del capitán, dando vueltas entre las manos al ajado sobre que un mes antes recibiera de las del padre Bernardo en la población de Lunder.

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